lunes, 21 de marzo de 2016

7445. ¡OTRO CLAVO!

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

¡Otro clavo!
A riesgo de que se haga usted una idea acerca de la edad de este López, le cuento que pertenece a la era en que la Semana Santa era una tortura para menores de edad, jovencitos en edad de dar problemas y señoritas en edad de merecer (los problemas)… mire, para que me entienda, con excepción de almas pías y viejas mochas, para todo mundo era una pesadilla. ¿Por qué?: porque se respetaban los días en que se rememora la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Pero, en serio.

Nada remotamente parecido a lo de ahora, que es tiempo de vacaciones, playa, bikinis, trago y estropicios varios.

Entonces para cuando llegaban los días santos, ya venía uno con la cuaresma a cuestas desde el miércoles de ceniza, comiendo tacos a escondidas y recibiendo regañadas al confesarse (-Confiésome padre que el viernes me eché unos tacos de carnitas: cuatro de maciza, de buche nomás dos… -había qué decir cuántos, no sabía por qué el del teclado, entonces infante, pero parece que a menos tacos, menos infierno, lo que no es del todo exacto).

Ya en la mera Semana Mayor, en las casas tapaban con trapos morados los espejos y los cuadros, no se oía radio (los que tenían tele, que eran cuatro gatos, tampoco la veían, con excepción del Viernes de Pasión, que todo mundo veía en el Canal 2, la película “El mártir del calvario”, con Enrique Rambal, en blanco y negro… cada año la misma película, aburridísima y actuada para matar diabéticos, más allá de las fronteras de lo cursi generalmente aceptado). Lo llevaban a uno mucho a la iglesia, se rezaba a destajo, jugar estaba prohibido y chiflar era pescozón seguro.

Por supuesto se lo estoy comentando por el tierno intento del cardenal Beto Rivera de aparentar piedad, ayer, Domingo de Ramos (busque la foto en El Universal), que fue a Iztapalapa con su palma en la mano, aventando bendiciones a discreción rodeado por “cientos de personas”; para luego celebrar misa en el Santuario del Señor del Santo Sepulcro, donde en sencillo pero sentido sermón, le dijo a la gente que escogieran papel en la Pasión del Señor, el que más les gustara, y dio a escoger entre el Cirineo (Simón de Cirene, el que cargó la Cruz, según tres de los cuatro evangelistas), el centurión, las mujeres que enjugaron el rostro de Cristo… y también deslizó que a lo mejor le queda a alguien el rol de Judas (…no sea llevado don Beto); y propuso que también estaban “aquéllos que contemplaban de lejos esperando ver cómo terminaba la tragedia”.

¡Ah, bueno!, si vamos a hablar de los que nomás están viendo cómo termina la tragedia, hablemos de esta pasión, de esta tragedia, la del pueblo tenochca, clavado en la cruz impura del libre mercado; hablemos del reino del capital tan lejano del de los Cielos que vino a predicar Jesús hace ya dos mil años. Sí, don Beto, háblenos de los que no quisieron ayudar con su cruz a las víctimas de esos pocos malos curas que hicieron tanto mal y tanto tiempo no hubo pastor, obispo ni cardenal que les hiciera caso, como usted, señorcito, de todos nuestros irrespetos, que no se explica uno con qué cara sale a predicar, usted que en sus hechos ha preferido a Barrabás, no lo niegue.

Por supuesto es muy de respetarse, en serio, que los fieles de esa religión rememoren como mejor pueda cada quien, el sacrificio de Jesús, por supuesto;  pero al mismo tiempo llama la atención que el viacrucis y crucifixión cotidiana de millones de prójimos, sea indiferente a tantos, especialmente a cuando menos algunos que por trabajar en el gobierno, deberían evitar tanto sufrimiento evitable a tanta gente; y también extraña que sea ave rara el jerarca católico empeñado en cumplirle a lo que para ellos es vocación divina, porque sí hay, pero son raros (aplican restricciones en lo que se refiere a los curas de barrio, que la inmensa mayoría se parten el alma en un trabajo tan duro, tan incomprendido, tan solitario).

Es a los que medran a costa del gobierno desde la alta burocracia, a los que sí les podemos exigir, nos cuestan a todos y las reglas existen y son muy claras. En cambio a los sacerdotes y sus jefazos, no podemos exigirles, porque ellos tendrán que dar cuentas, en todo caso, a sus fieles, que son los que los mantienen. Claro que sería de esperar que cuando menos no dieran mal ejemplo… sería de esperar.

Hoy lunes que usted lee esto, lo católicos recuerdan a Jesús sacando a cuerazos a los mercaderes del templo (¡ya le tengo papel, don Beto!, pero que ni mandado a hacer); mañana martes, se acordarán de Jesús anticipando la traición de Judas y las negaciones de Pedro… y no faltará quien se acuerde del editorial traidor que mandó a publicar don Rivera, apenas el 6 de marzo pasado, en el semanario Desde la Fe, órgano oficial de difusión de don Beto, contradiciendo a su papa, Francisco, después de la regañiza que les puso a los obispos y cardenales, en su mensaje dicho en la catedral de la Ciudad de México el 13 de febrero (cuando les dijo que sean hombrecitos y que se dejen de consorterías, se acordará usted); diciendo que el Papa no tiene motivos para regañarlos y que alguien lo mal aconseja… y si ellos creen que el Papa es el Vicario de Jesucristo en la Tierra, pues lo andan negando, caballeritos de cucurucho, lo andan negando.

En ese editorial de la revista de don Beto, aparte de contradecir a su Papa, se dio el lujo de afirmar que los obispos a diferencia de otras instituciones que han fallado en el cuidado y procuración del bien común: “(…) han acompañado al pueblo, sufriente y apaleado -nosotros, se entiende-, haciendo una vida de entrega al prójimo y devuelven la esperanza en cada diócesis del país”.

O sea, don Beto y jerarcas cuates de él, no sólo no aceptan lo que les reclamó con todas sus letras el papa Francisco (que viven la vida padre y se codean con las élites, alejados de la raza, aparte de vivir haciendo grilla), sino que además, entérese, nos devuelven la esperanza, se han entregado al pueblo mexicano, su vida es de entrega. ¡Fíu!... pobre Jesucristo, ¡otro clavo!

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