sábado, 26 de marzo de 2016

7463. ENTRE LA TERNURA Y LA TERNURITA.

Enviado por SINEMARGO.
Desde a Cd., de México. Para
Tenepal de CACCINI

Por Alma Delia Murillo.
Marzo 26, 2016 - 00:00 hrs.

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Lo que digo es que de lo que se trata la existencia es precisamente de sentir, de experimentar dolor, amor, gozo, ira, placer. Foto: De la serie Rayos X,
de los fotógrafos Saiko Kanda y Mayuka Hayashi

Hubo un tiempo en el que miré con envidia a los alivianados. Me refiero a esas personas cuya ligereza y desapego parece ser una suerte de superpoder interior que les permite levitar y no sufrir por motivo alguno. Pero ya no, lo cierto es que de unos años para acá me ocurre más bien lo contrario. Ahora me explico, o me enredo.

Entre todas las teorías psicológicas comestibles que han brotado bajo las piedras hay una de la que no dejo de sospechar: esa que promueve que lo mejor que podemos hacer los humanos es desapegarnos, entregarnos a una renuncia estoica para no concebir a nadie ni nada como nuestro y así —aquí viene la parte que me hace desconfiar— sentir menos dolor.

Como si nos hiciera falta otro analgésico ontológico, otro anestésico en tiempos donde hemos construido todo precisamente para no vincular la identidad al sentimiento de vulnerabilidad, para que, de ser posible, la vida no duela.

En esta propuesta que postula al desapego como una especie de nirvana o estado elevado del espíritu, hay quienes incluso refieren como ejemplo a las abejas porque frecuentemente abandonan sus colmenas.

No la chinguen, camaradas.

Las abejas abandonan sus colmenas no por yoguis ni por alivianadas sino precisamente por sobrevivencia, por un instinto vital que las hace moverse. Y permítanme otra insignificante acotación: las abejas son abejas y no seres humanos.

Lo que digo es que de lo que se trata la existencia es precisamente de sentir, de experimentar dolor, amor, gozo, ira, placer. Y la totalidad de las vivencias están vinculadas a una emoción, la de poseer la vida o perderla. Me voy a poner aún más espesa e insolente: creo que las vivencias emocionales están vinculadas en su totalidad a otro ser humano.

Es como si se pusiera de moda la teoría de que los caballos son más felices si no corren, las águilas si no vuelan y los botones de las flores si no abren (ya sé, acabo de escribir tremenda huevada). Algo así.

Entiendo que no todos tenemos que andar por ahí con el corazón desbocado para sentir que estamos vivos y que el temperamento, ese misterio fascinante y único en cada quien, no puede calificarse de mejor o peor para dar cuenta de nuestra humanidad.

Pero también sé que entre lo inanimado y lo fiero siempre elegiré lo segundo, lo que implique sentir porque estoy convencida de que a eso venimos —está bien, le voy a bajar a mi intensidad categórica— estoy convencida de que a eso vine al menos yo: a sentir profundamente, a vincularme.

Con los años no hago más que confirmar que en esta infamia de ser humano la medida de todas las cosas es lo que sentimos y cuánto sentimos.

No me gusta el desapego, encuentro burdo y sinsentido ese insistente dogma de que la felicidad consiste en no querer nada ni a nadie. No me gusta sentir “ternurita” acorde al lenguaje de la cultura pop y neo-hipster, no me gusta decir que amo este vestido o aquella serie.

Yo quiero sentir ternura sin diminutivos, una ternura que me desgarre por dentro, que me vulnere, que me haga cuestionarme sobre la compasión, sobre mi propia fragilidad reflejada frente a la de los demás. Yo quiero amar a otras personas y preservar para ellas las exclusividad del verbo, no usarlo indistintamente para objetos inanimados o contenidos de entretenimiento.

Y quiero sentir empatía, acaso la más acabada capacidad de nuestra especie, esa resonancia que me concede el privilegio de vibrar las emociones del otro. Y quiero querer, quiero desear, quiero pelear por algo y sufrir si no lo consigo. Quiero sentir el peso del mundo y de mi mundo, quiero sentir el peso de la existencia.

Y no insistan conmigo, profetas del desapego, porque nada más no me entra en la sesera la idea que flotar sobre mi humanidad sería genial; si yo quiero masticarla, pelearme a dentelladas con ella, atravesarla y asumirla.

¿Cuántos chances tengo antes de llegar a la tumba para enterarme de qué se trata estar viva?

Y ya que estoy fantaseando con la muerte quiero confesar, perdonen este eructo insoportable de mi ego, que me gustaría que mi epitafio fuera una advertencia para prohibirle a mis restos que descansen en paz. Ojalá que no, ojalá que nunca descansen, ojalá que mi yo en descomposición alimente a los gusanos, a la tierra y a cualquier organismo vivo que derive de ahí, ojalá que esta muda temporal de cuerpo humano se cambie luego por un ser insolente, insoportable, bello o espantoso pero vivo. Y apegado como lapa a lo que sea que haya que apegarse.

Resumo: ¿para qué quiero, siendo humana, renunciar a mi humanidad que es todo lo que tengo para atravesar la vida?

En fin, no me tomen en serio, pero al menos consideren la pregunta.

Que su humanidad y su carnalidad los acompañe en estos días y que sean para ustedes todo, menos santos. O sí, como prefieran.

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