lunes, 18 de abril de 2016

7451. LOS BUEYES ATRÁS DE LA CARRETA.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Los bueyes atrás de la carreta.
Tía Jose (Josefina), era hermana de la abuela Virgen (Virginia, la de los siete embarazos), toluqueñas del siglo XIX educadas con el catecismo del padre Astete (Gaspar de Astete S.J., el que escribió “Doctrina cristiana y documentos de crianza”, en 1599), porque el del padre Ripalda, para ellas era una “modernada” (la versión toledana de este catecismo es de 1618… tenían razón, demasiado moderno como para confiar en él). Es el caso que tía Jose, a diferencia de su hermana, tuvo lo que entonces se llamaba “matrimonio blanco”, que requería permiso del señor Obispo, porque los esposos de eso no intercambiaban secreciones corporales (sí, tía Jose murió virgen a los 59 años de edad, dejando viudo a tío Nico, del que el conjunto de los señores de la familia murmuraban cosas… ya se imaginará, como de la porra del futbol al despejar el balón los porteros contrarios). Triste fue que tía Jose murió sufriendo muchos dolores por un cáncer de seno que era operable ya en el pricámbrico clásico de México, pero jamás permitió que la revisara un médico, del sexo que fuera, que eso era un pecado contra el pudor y la modestia, y lo que hacía era mandar notas escritas al doctor diciendo que le dolía el pecho y falleció embarrándose kilos de Vick Vaporub, sin haberse atrevido jamás a escribir palabras obscenas como chichi, chichi podrida. Fue triste.

Está muy claro que México es un país sobrediagnosticado. En Siberia saben qué le pasa a nuestro país. Tenemos muchos problemas, algunos muy serios y todos se decantan en una pobreza que con todos los nombres y grados que se le asignan para matizar la verdad, es creciente. Y en parte por eso ya nadie confía en las instituciones de gobierno ni en los partidos políticos, ni en los políticos.

Sí, todo eso sabemos y a nuestras autoridades federales, aunque usted no lo crea, sí les interesa arreglar las cosas, porque no les beneficia en nada que todo esté patas arriba. Arreglar en algo la situación no les estorba para que se enriquezcan (los que se enriquecen), y a no pocos secretarios de estado y presidentes, los pone en la tesitura de ir pasando al bote de la basura conforme terminan su mandato. No hay expresidente de la república hoy que se atreva a ir sólo por la calle, unos se esconden ya para siempre en sus casas (Luis Echeverría, por ejemplo), otros andan con militares del estado Mayor Presidencial que los acompañan hasta donde el rey va solo y otros mejor se van del país. Caso distinto son los gobernadores de las entidades, entre los que hay de todo, aunque de unos sexenios para acá hay una pandemia de deshonestidad descarada que antes no se veía.

México no era así. Sin que hayan sido santos los del pasado, lo habitual era que pecaran tolerablemente, dentro de lo aceptable aunque no justificable, pero, pasaban el examen cuando menos de panzazo, su balance era que hacían mucho o algo de bien, aunque se hubieran distraído con algo de dinero del erario; pero no como ahora, no como de 34 años para acá, que parece espectáculo de burdel  depravado: todos embarrados en el escenario, haciendo desfiguros. Antes, lo notorio era el alto funcionario corrupto, destacaba; ahora el honesto es visto como jirafa bailando un zapateado jarocho: una verdadera rareza.

No es una situación exclusiva de México. Con diferentes, muy diferentes, grados, es un asunto global este adelgazamiento de la clase gobernante, esta pandemia de corrupción.

Sin consideraciones simplonas acerca de la expulsión de la religión y de Dios de la vida pública y de nuestras vidas individuales; sin achacar al laicismo en boga lo que no propicia que el Estado no sea confesional; aceptemos que esto del batidero de corrupción pública y privada, que no nos gusta y cuando menos en los medios de comunicación se critica un día y otro también, sí tiene que ver con que no reemplazamos la moral religiosa por una ética laica; sí tiene que ver con que el miedo a los infernos no se reemplazó por el miedo a vivir fuera de la ley; y encima, sí tiene mucho que ver con la suave pendiente del hedonismo por la que nos deslizamos todos (unos más, otros menos, pero todos), a resultas de una combinación muy compleja de factores, desde las guerras, que producen comaladas de cínicos morales y pragmáticos, a los avances médicos, pasando por las comodidades tecnológicas, hasta llegar al confundir el respeto a los derechos de las personas  con una alcahuetería masiva en la que todo se vale.

El aparato de Estado, el gobierno, debe respetar la ley y aplicarla, correctísimo… ¿cuántos mexicanos respetamos todas las leyes, empezando por las fiscales?... deje las leyes, los reglamentos, ¿cuántos mexicanos respetamos en serio el de Tránsito?

Nuestra realidad es que nadie, ni gobierno ni nosotros los del peladaje respetamos a cabalidad la ley. Y para acabar de dibujar el cuadro: el gobierno trae extraviada la brújula, porque pareciera que su principal deber es que mejore la economía y eso, respetando las inexistentes leyes del libre mercado.  

El mercado se nos impuso desde las entidades financieras extranjeras, con la plena y dolosa complicidad de nuestros gobernantes. El mercado, se nos dijo que era eficiente, equilibraba precios e igualaba oferta con demanda: mentira; y que para que funcionara bien, el gobierno no debía intervenir: mentira. El mercado solo cuida de sus integrantes, manipula precios, genera crisis a conveniencia y repercute sus pérdidas a la población (acuérdese del Fobaproa, o de la crisis en los EUA y la actual de Europa).

El libre mercado carece de naturaleza ética y debe ser normado, regulado y vigilado por las leyes y los gobiernos. Pruebas sobran.

El problema principal de México es que está mal diagnosticado y se insiste en recetarle remedios económicos cuando nuestro mal es ético. Cuando la economía va a contrapelo del bien común, pasa a segundo plano, porque fíjese qué sabio es este menda: primero es lo bueno, después lo conveniente… y no se ponen los bueyes atrás de la carreta.

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