viernes, 1 de abril de 2016

7487. APOTEOSIS DE LA ESTUPIDEZ.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado, de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Apoteosis de la estupidez.
De no saber que fue involuntario, pensaría este López que el hogar en que lo amaestraron era un laboratorio encubierto de experimentos sociológicos a fin de comparar resultados con hogares reales en los que el ensayo era que los padres razonaran amigablemente con sus hijos, hasta convencerlos de que actividades como tender la cama, bolearse los zapatos, hacer la tarea, colgar la ropa, lavarse los dientes, eran muy divertidas o que prefirieran reprobar el año antes de caer en el “autoengaño” de copiar en los exámenes. Al del teclado se le domesticó con una variante del sistema de reflejos condicionados de Pavlov, y en lugar de darle un premio como al perrito cuando obedecía, hasta que obedecía siempre, a uno le daban palos si no obedecía, hasta que obedecía siempre. Por supuesto había la compensación de que si hacía las cosas bien, no tenía problemas. Punto. Y luego, a capotear la vida, con o sin complejos, con o sin rencores, como mejor pudiera uno y en su propio beneficio. Era tan natural que parecía bien… ¿no estaba bien, verdad?

En el viejo régimen que nos gobernó de por ahí de 1929 a 1970, cada tenochca estaba consciente de que estaba sujeto a una autoridad que no explicaba nada ni tomaba en cuenta nunca la opinión de nadie, y el incentivo era en el mejor caso, no tener problemas.

Era un sistema autoritario en el que nadie soñaba en elegir a sus gobernantes ni en que se aplicaran las leyes respetando las entonces llamadas garantías individuales, no, la ley se imponía a golpes de tolete y la justicia se impartía a tehuacanazos; pero a cambio y por buenos 40 años, la situación general mejoró a ojos vistas (menos de lo que pudo mejorar, dicen unos; más de lo imaginable dicen otros; pero el hecho es que no había punto de comparación con el México de principios del siglo XX).

Dejando de lado la influencia no desdeñable de la memoria atávica que acaba inserta en la genética de todos, que en nuestro caso es el explosivo resultado de sumar a la herencia aborigen, la hispana, a los gobiernos de jefes de tribus y grandes caciques, los de reyes y virreyes, dejando ese coctel de lado, en México nunca tuvimos democracia y la ciudadanía venía a ser algo así como un sinónimo local de “gente”, porque nuestra ciudadanía no se componía de ciudadanos, esos extraños (para nosotros), seres dotados de derechos humanos, civiles y políticos, sometidos únicamente a las leyes que por convicción respetan a rajatabla, capaces de paralizar cada uno de ellos, todo el aparato del Estado si intenta vulnerar uno solo de sus derechos (sí, tome nota: eso es un ciudadano; otro día le cuento más).

Así las cosas, cuando en la década de los años 70 del siglo pasado empezó a hacerse obvio que ya no funcionaba el viejo régimen, ya evaporada la justificación histórica que tuvo al término de la Revolución, se empezaron a hacer cambios que desembocaron en reformas electorales que permitieron el derrumbe del “sistema”, como llamábamos a ese estar de acuerdo en nomás aparentar todos que se respetaban las leyes.

Casi de golpe la gente (que no ciudadanía, todavía no), estrenó el derecho al voto que de a poquitos va dando algo de legitimidad, a veces, a algunos de los que resultan electos, porque si bien es cierto que ya se cuentan los votos, quedan muchas triquiñuelas pendientes de liquidar… calma, que Roma no se construyó en un día. Y luego de no mucho, se sustituyeron las “garantías individuales” que nos concedía el gobierno, por derechos humanos inherentes a la persona, reconocidos por el Estado (no es poco).

Lógicamente (en lógica mexicana), estas reformas en cosas electorales y de derechos, no han sido acompañados por cambios en las instituciones: seguimos con el entramado estructural del viejo régimen, con sus mismos pilares, mañas y deficiencias que propician, entre otras cosas, la robusta corrupción de todos conocida, ahora agravada por la llegada al poder de una clase política falta de clase, en la que muy fácilmente se cuelan improvisados y frívolos cuya única obsesión es el dinero y conservar sus privilegios. Esto confirma la dificultad que tiene pasar de un régimen fundamentado en el control impuesto a cualquier precio y sin escrúpulos si de usar la violencia se trataba, a un régimen de derechos en el que todos saben las reglas y las respetan por convicción.

Por eso vemos los desfiguros que vemos: con ciudadanos que no sabemos ser ciudadanos y gobernantes sin interés en gobernar, es un sueño esperar cambios y resultados. Por supuesto se va avanzando sólo que tan despacito que parece que estamos bailando danzón en un ladrillo.

Muy a la mano para ejemplificar esto son los permanentes escándalos electorales. Dirá usted (y lleva razón), que ya es algo poder protestar y saber quién hizo y hace trampa, pues antes ni eso era posible, sí, pero crece poco en legitimidad y mucho la sofisticación de mañas y esa ruta nos pone en el riesgo en que realmente estamos: regresar a 1929 pero con gobernantes de mucha peor facha.

Viene como anillo al dedo para ejemplificar todo esto lo del estrepitoso fracaso del programa “Hoy no circula” de la CdMx. Es injusto achacar sólo al gobierno este inmenso fiasco, porque es la ciudadanía la que hace trampa, la que le encuentra siempre cómo sacar la vuelta a la norma: ¿Qué no puedo salir el lunes?, pues me compro una carcacha para ese día; ¿Qué no puede circular la carcacha?, pues me amparo; ¿qué no pasa la revisión el coche?... mire usted lo que hacen 500 pesos: ¡eliminan la contaminación!

Esto del no circula en la CdMx es ejemplo preciso de lo que pasa en todo el país y para dónde vamos: sólo fue demagogia y sirvió para hacer dinero, mucho dinero. Así, por un lado, el gobierno mentiroso, ineficaz y corrupto; por el otro la ciudadanía tramposa y corruptora… y todos respirando humo hasta que empiecen a caer muertos todos, corruptos y corruptores, eso sí, sonriendo unos con los bolsillos retacados de billetes y otros sentados en sus coches: apoteosis de la estupidez.

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