miércoles, 27 de abril de 2016

7491. EL CAPRICHO DE UBER.



Enviado por SINEMBARGO.
Desde la Cd., de México. Para
Tenepal de CACCINI

Por Alma Delia Murillo.
Abril 23, 2016 - 12:05 A.M.



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Cuando las tarifas de Uber se dispararon, nos ofendimos y, ceñudos como niños emberrinchados, externamos nuestras quejas. Yo, como todos, me puse a vociferar hasta que una neurona turulata me recordó aquello de la ley de la oferta y la demanda y me hizo caer en cuenta de que yo soy la demanda, es decir, que la mitad de la chingadera la provoqué yo misma. Foto: Alberto Alcocer / @beco / b3co.com

Viva bonito, reza la frase publicitaria más botarate, banal y mal construida de cuantas existen pero que probablemente resume con la mayor elocuencia nuestra locura contemporánea y nuestra incapacidad para anteponer el razonamiento a los caprichos de clase.

Hasta hace un año y medio, yo vivía sin Uber, iba y venía por toda la ciudad usando el medio de transporte que estuviera más a mano. Pero entonces descargué la aplicación y oiga usted, qué bonito: botellitas de agua, buenas tardes y buenas noches, señorita ¿qué música quiere escuchar? ¿qué ruta desea que tome? ¿le molesta el aire, cierro la ventana? … me volví usuaria recurrente del servicio y miré por encima del hombro a los dinosaurios que se resistían a usarlo.

Sólo dieciocho meses después, la historia es otra.

Mis ínfulas de cosmopolita digital y usuaria recurrente se fueron desinflando cuando el servicio empezó a ser desigual, cuando los conductores empezaron a dejarme plantada por tardar treinta segundos en salir, cuando había que esperar siete o diez minutos por un auto que antes llegaba en dos minutos a la puerta de mi casa, cuando las tarifas dinámicas escalaron hasta más de cuatro veces el costo regular de un traslado. Pero más me desinflé cuando, redoble de tambores para resaltar mi idiotez, reparé en que había gastado cerca de cinco mil pesos por un mes de uso frecuente de Uber.

Carajo, o tengo fundido el foco, como decía mi abuela para referirse a la tontera, o mi pobre foquito de 60 watts es tan insuficiente que me deja en la oscuridad más supina de esta era tan reflejante como ciega.

Sí, podríamos desgañitarnos señalando al Gobierno de la Ciudad de México (Mancera, la porra te saluda) y sus pésimas decisiones, su negligente administración y su corta visión para la estrategia de movilidad que requiere una entidad del tamaño de esta, nuestra ciudad inmensa; pero sería más útil hacer un ejercicio honesto y, con la hache bien puesta al inicio de la palabra y en la punta de nuestras gónadas, reconocer que todos somos parte no sólo del problema, sino también de la estupidez. Sería un buen principio aceptar nuestra responsabilidad colectiva y admitir que, entre todos, estamos provocando el apocalíptico colapso de la Ciudad de México.

Cuando las tarifas de Uber se dispararon, nos ofendimos y, ceñudos como niños emberrinchados, externamos nuestras quejas. Yo, como todos, me puse a vociferar hasta que una neurona turulata me recordó aquello de la ley de la oferta y la demanda y me hizo caer en cuenta de que yo soy la demanda, es decir, que la mitad de la chingadera la provoqué yo misma. Y entonces nos visualicé como a esos niños que, cuando tropiezan, sus padres les dicen que le peguen al suelo por malo; como si la falta de coordinación o de atención del pequeño no hubiese provocado la caída sino el piso por ser un maligno villano.

Pareciera, queridos lectores y compañeros de posmodernidad, que nuestros caprichos se han vuelto sagrados, que si el sistema no funciona para mimarnos y evitarnos la molestia de hacernos adultos responsables, entonces no nos gusta.

Según el INEGI, en la Ciudad de México y Zona Metropolitana el parque vehicular pasó de 3.5 millones a 6.8 millones de automóviles en sólo ocho años, es decir que prácticamente se duplicó y ni siquiera necesitó una década para hacerlo. Y sigue creciendo a ese ritmo.

Escuché a más de uno decir que con el Hoy No Circula, no quedaba más alternativa que comprar otro auto para poder circular diariamente, usando ambos vehículos a conveniencia (¡!). Pero es que son precisamente los automóviles el origen del problema porque, aunque el parque vehicular está haciendo colapsar el 80% de las vialidades de la ciudad, sólo sirve para trasladar al 20% de los habitantes. Tremenda ecuación, extraordinario ejemplo de ineficiencia.

Escuché a otros decir que lo malo de viajar en metro es que resulta muy incómodo pero, hay que decirlo, son los que abordan el metro de París o Nueva York y hasta toman fotos para documentar su conducta cosmopolita. Porque de lo que se trata, les digo, es de vivir bonito.

Así que insisto: hace apenas dos años Uber no era parte de nuestras vidas. Ni Yaxi, Easy Taxi, Cabify y todas las agregadas.

¿Cómo nos movíamos?, ¿cómo es que ahora, sin Uber, nos sentimos en el desamparo?

Cómo es que nuestras mentes civilizadas y ultramodernas no se dan cuenta de que estamos agarrados a un clavo ardiente del que, además, podríamos soltarnos para caer de pie, afianzarnos sobre nuestras dos piernas — esas sí, herramientas inmejorables para el transporte humano— y andar largas caminatas, abordar el metro, pedalear una bicicleta o treparnos al metrobús.

Y sé bien que hay zonas de la ciudad a las que sólo se puede acceder en automóvil pero es justamente aquí donde la serpiente se muerde la cola: el problema es que nosotros, los que exigimos una ciudad con mayor movilidad, no incluimos en nuestras demandas más y mejor transporte público, no. Nosotros, los que aspiramos a vivir bonito, queremos más coches, más rápidos y más furiosos y, desde luego, más unidades de Uber con tarifas reguladas.

Pero qué vamos a hacer si así son los caprichos: ciegos, costosos y banales.


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