miércoles, 6 de abril de 2016

7501. VIERNES PRIMERO.

Por Rafael Ceja Alfaro.
Docente y articulista.
Desde Zamora, Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

Recuerdo (de mi infancia) la promesa que hizo el Corazón de Jesús a Santa Margarita María Alacoque acerca de quien comulgara los nueve Viernes Primeros de mes seguidos no caerían en desgracia y como seguro estoy de haberlos hecho hace muuuuuuuchos años, también estoy seguro que este viernes primero de abril es parte de aquella promesa, ya les contaré al final.

Me dice mi papá, “vístete para que me acompañes a Pátzcuaro, ahorita vamos al colegio para pedir permiso”, le contesto que era muy temprano y me tranquiliza diciéndome que tendrían que salir los padres para la misa primera. Diciendo y haciendo, casi al llegar a Los Dolores nos topamos con el sacerdote y mi papá le explicó la situación y de inmediato me concedió el permiso.

Me acomodé en el asiento de la camioneta, me cubrí con la chamarra de mi papá y antes de llegar a Chaparaco ya iba profundamente dormido. Si mi papá busco copiloto no le resultó del todo bien. Me perdí de ida los bellos paisajes que todavía presumía esa carretera desde Chilchota y Carapán, después de Chupicuaro me despierta y me señala hacia afuera de la camioneta, abro los ojos y estiro el cuello llevándome tremendo susto, por mi corta estatura vi el agua muy cerca, no vi los árboles y de un brinco me paro en el asiento y disfruto del hermoso paisaje del Lago con su bella doncella Janitzio. Les juro que aún tengo en mi mente esa postal. Puse mis codos sobre el tablero y me extasié con el panorama.

Todavía era temprano cuando entramos al pueblo, cruzamos la Plaza Gertrudis Bocanegra y llegamos a la Plaza Don Vasco, ya empezaba a “hervir” de gente y buscamos un lugar apropiado junto a los otros “Marchantes” que ofrecían distintas mercancías además de frutas y verduras. Mi papá bajó la portezuela de su bonita camioneta Chevrolet color roja, todavía armada en los Estados Unidos, bajó la mesa y la báscula, papel “de envoltura”, la cuchilla con más filo que un ser humano con 10 días sin comer y listo el “Stand”.

¡Pásele marchante! La Plaza cobraba vida, todos gritaban sus productos presumiendo precios baratos, mientras que las filas de Josés con morrales y Marías con rebozos se detenían en cada puesto pidiendo la prueba de lo que uno vendía. Cada trozo de prueba iba a parar al morral o al rebozo sin que fueran probados, solamente era una táctica para llevar algo gratis. Pasaron una, dos horas y nada que vendíamos, yo traía la urgencia de comulgar y se lo digo a mi papá, le pregunta a una señora por un templo y nos da señas para llegar a él recalcando que estaban en la última misa; me di prisa, pero en una tienda de una esquina vi una vitrina llena de quesos frescos chiquitos y medianos, corrí a cumplir mi compromiso al templo y apenas alcance.

En cuanto salí del templo llego a la tiendita y le ofrezco nuestros quesos, además de los quesos tipo Cotija, llevábamos frescos “torteados”, de los que ese señor vendía, pero mejores que esos, le pregunto por su precio de venta y luego cuanto le costaban a él, me dijo en cuanto los vendía, pero me sorprende cuando me dice: ¿Tú a cómo los das?  Le contesté que le traería la prueba, al llegar a la camioneta me dice el Jefe “Ya vendí” y le digo “creo que yo también” y poniendo unos quesos medianos y otros chicos en una caja de cartón me explica que seguramente del precio que el señor los vende le gana un 30% así que me sugiere un precio tope a que debo venderle sin bajar un centavo más.

El tendero prueba los quesitos y me pregunta “A cómo me dejas” le di el precio alto y para mi sorpresa me lo acepta, pero me agarra en curva porque los quiere todos incluyendo los medianos, pues que le aplico el 30% y ¡Ya estás! Con el quesito de prueba que llevé me fui a otras tienditas y para las tres de la tarde, más o menos, ya se habían acabado los quesitos y habíamos vendido algo del tipo Cotija. Bajamos las cortinas de nuestro flamante y exitoso Stand y con destino a casa llegamos a Quiroga por unas carnitas.

Ya no dormí, traía gusto porque de no ir a sacar “ni pa la gasolina” nos había ido bien y yo veía a mi papá muy contento, si no fui buen copiloto fui buen vendedor.

De regreso a Zamora entramos a Tangancícuaro a saludar a un amigo que tenía una tienda de abarrotes muy grande y se quedó con el resto de los quesos, desde luego a un precio más bajo que del que vendimos en Pátzcuaro.

Este recuerdo surgió hoy al revisar unos oficios que debíamos ordenar bien por fechas y fue cuando me di cuenta de que era viernes primero.

Pasé el resto del día ocupado en no sé cuántas cosas más. Y justamente también este Viernes Primero de abril del 2016, a eso de las 7 de la tarde me habla don Raymundo para avisarme que ya estaba editado mi libro y podía pasar por los ejemplares; pueden juzgarme de cursi, de inmaduro, de lo que ustedes gusten, les doy permiso si es que lo necesitan, pero les contaré que me sentí emocionado, así, igualmente que cuando se tiene un hijo ¡FELIZ! Tengo dos de carne y hueso que los quiero con todo mi amor, pero este tercero hijo de la madre literatura también tiene su significado y su sentido y merece al igual todo mi amor.

Mi hijo “A lomo de camello” no se parece a otros hijos de literaturas, ni tiene la intención de compararse, tampoco es perfecto ni perfectible, pero es mi hijo, las mejoras posibles se harán en un segundo y tercer hijo si es que hay tiempo.

Por lo pronto les presumo que junto con el Filósofo de Purépiru, Héctor Canales y Juan Carlos Pérez estamos preparando Rueda de Prensa y Presentación, todos los hijos tienen su presentación en sociedad ya bien sea siendo presentados en el templo, bautizados, confirmados y etc. Ya con tiempo les avisaré donde y cuando para quienes gusten acompañarme en esta mi alegría, serán bienvenidos porque me dará mucho gusto saber que lo leyeron, aunque al final pudiera ser que no les guste, pero es algo que pude lograr, que la vida me dio permiso de disfrutar y lo quiero compartir.

Dice el Filósofo de Purépiru que todos tenemos la obligación de dejar constancia de nuestro andar, para que los que nos siguen, no tropiecen tanto o al menos no en las mismas piedras. Así que este hijo oloroso a tinta de imprenta y no a pañales, que no llora, pero si está ansioso de ser acariciado por gentiles manos amigas cambiándolo de página, que no es espejo, pero se sonríe al sentir en los lectores el esbozo de sonrisa arrancada a los recuerdos, que no es cosquilloso. Pero se retuerce de alegría cuando se subraya alguna cita o palabra que nos merece recordarse.

Si hasta don José Rubén Romero le dedicó su grato y muy ameno libro a la “Vida inútil de Pito Pérez, espero que la mía no sea tan inútil que no logre arrebatarles a ustedes una porción de recuerdos y si lo logro… me sentiré muy feliz.

Ya les diré.

Por hoy colmado de emoción les mando mis más afectuosos saludos.

Rafael Ceja Alfaro.

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