miércoles, 6 de abril de 2016

7407. NO TODO SE PUEDE.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

No todo se puede.
Ahora por lo del escandalete de moda, de los “Papeles de Panamá” (nada pasará, al menos en nuestro risueño país), pareciera que a todo mundo le interesa que todo mundo pague sus impuestos y también que nos repugna y parece inaceptable que haya pillos que saben cuidar lo que se roban y los llevan a paraísos fiscales. Es el tema del ratito, nada más.

Sin embargo, da para pensar en unas cuantas cosas:

La primera en que sí, claro, por supuesto que hay que pagar impuestos (y los debe pagar todo el que gane dinero).

La segunda, que en todo el planeta hay gente a la que le molesta pagarlos y procura que le saquen de la cartera lo menos posible; la diferencia en todo caso, es entre países en que la mayoría cumple y países en los que la mayoría evade (y los que pagan completo casi siempre son causantes cautivos, ni las manos meten).

¿Por qué hay estos extremos?... no es muy difícil, ni es asunto de “cultura”: hay países en los que el ciudadano ve claramente a sus impuestos trabajar para él y hay países en los que el ciudadano lo que ve claramente es cómo malversan, desvían, malgastan o de plano se roban los impuestos los integrantes de la cúpula gubernamental (no todos, nada más la élite de los poderosos).

Es obvio que en donde la gente tiene conciencia de que paga para que otro se lo robe y se haga rico, trata de pagar lo menos posible o nada. Y el que gana el dinero a puños… se busca una empresa de gestión de capitales, arma empresas “offshore”, pone de accionistas a su abuelita, su mamá, dos nietos recién nacidos y a su nana de 93 años, quien sea, pero procura esconder el dinero de las ávidas manos de su gobierno.

No hay duda que el evasor de impuestos vive buscando excusas que justifiquen porqué le escamotea a su país su cooperación a los gastos nacionales (lo que frena el desarrollo, entorpece la mejora de los servicios públicos, frena la inversión pública, deteriora los servicios de salud y una larga lista de males sociales); pero al mismo tiempo, no hay duda de que el evasor de impuestos en países que padecen endémicamente gobernantes corruptos, tiene algo de razón para sentirse justificado al evadir su responsabilidad. Es como el tiranicidio: siendo malo matar, no lo es si se escabecha alguien a un tirano que inflige males a su pueblo (todo en moral debe revisarse en su circunstancia, no porque la moral sea relativa, sino porque hay atenuantes, agravantes y dirimentes).

Lo que habitualmente no se plantea el evasor es que normalmente, forma  parte del anillo de corrupción, pagando sobornos, comprando la voluntad de esos que luego le dan asco por corruptotes que son… ¡y ni modo de que les pague impuestos si son así de chuecos! Está bien. Sólo reconozcamos que no hay funcionarios corruptos en sociedades éticas: la corrupción se generaliza en sociedades corruptas (no lo escribo para que me aplauda, pero es cierto. Duele, sí. Pero es cierto. Disculpe).

Es innegable que en cualquier parte del mundo hay y habrá algunos que traten de evadir impuestos haciendo cuanta trampa se les ocurra, pero estamos hablando de cuando es práctica masiva, deporte nacional.

Otra cosa innegable es que se necesita ser ingenuo como bebé de teta para creer que los periodistas, nacionales y extranjeros, son los guardianes de la pureza colectiva. Ellos están en lo suyo: buscar y publicar noticias; nada más. Y esta noticia da para jalar mucho lector, porque se señala a gente que habita en la planta “pent house” de la vida.

Una tercera consideración ya hablando de México, es que si supusiéramos por un momento que todos pagáramos completos nuestros impuestos, sin faltar nadie ni faltar un peso, ya cada quien con su dinero limpiecito en la cartera de cada quien… seguiríamos viendo que muchos, pero muchos, sacan su dinero del país para depositarlo o invertirlo en otras naciones y el país seguiría cojeando como cojea por falta de esos excedentes de capital que deberían reinvertirse en nuestra propia patria (o al revés: con la evasión que padecemos, si nadie sacara su dinero, el país andaría por veredas mucho más andaderas, habría más crédito, mayores posibilidades de progreso, creación de empleo, etc.) En esto tenemos que reflexionar: no confiamos en nuestro país para guardar y conservar lo ganado, con mayor o menor esfuerzo (el Banco de México, en mayo de 2014, reportó  348 mil 372 millones de dólares de mexicanos fuera del país, más que las reservas nacionales).

Tenemos entonces por un lado: una ciudadanía que justificadamente se escuda en que no paga completos sus impuestos porque “el gobierno es ratero”; y por el otro, que sacan su dinero del país por desconfianza: doble cornada al vientre de la patria en un pase.

La justificación para evadir impuestos no es del todo correcta (ni incorrecta, nomás piense que seguimos pagando el Fobaproa, que en sus primeros diez años nos costó a todos 260,344 millones de pesos); y la razón para sacar el dinero del país, es del todo acertada, porque muchas bellaquerías ha hecho el gobierno y a dejado a mucha gente en la calle.

La conclusión no es difícil: alguien tiene que empezar a hacer derechas las cosas y como no va uno a poner a llevar el paso a 120 millones, es al gobierno al que toca abrir brecha. No es tan difícil. Nada más acuérdese que Plutarco Elías Calles llegó al poder y cerró de golpe la robadera que había impuesto la gente de Obregón, su antecesor. Mágicamente ya en su primer año de gobierno, hubo superávit en las finanzas públicas y con eso le alcanzó para crear  el Banco de México, los bancos Ejidal y Agrícola, la Dirección General de Caminos (y empezar a hacer carreteras), la Comisión General de Irrigación; la primera línea aérea mexicana, restaurar la Escuela de Agronomía de Chapingo y fundar la Escuela Médico-Veterinaria, construir presas, sistemas de riego y numerosas escuelas rurales… en su primer año.

Calles puso los cimientos de los 40 años que el mundo llamó “el milagro económico mexicano”… nomás que sin robar.


Ni modo, es que no todo se puede.

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