lunes, 11 de abril de 2016

7425. NI QUIEN DIGA NADA.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI


LA FERIA

Ni quien diga nada.
Hace tiempo se lo conté: una tía abuela, Elisa, se casó con un señor, Amílcar de nombre, que llegó de Sevilla a Veracruz huyendo de Franco y a Jalisco, de un embarazo ajeno (según él). Al tío Amílcar nadie en la familia se lo tomaba en serio; lo estimaban porque era buen hombre, pero nada más. Al del teclado  siempre le pareció fascinante.

Vivía de diseñar telas (eso, como se lee: diseñar telas, hacer dibujitos con lápices de colores, trazando cada hilo de cada color, que es como antes se daban instrucciones a los de los telares, ahora ha de ser todo con computadora y adolescentes comiendo hamburguesa), y créanme que se requiere de mucha imaginación para hacer 6 diseños distintos diarios, de lunes a sábado, durante 43 años (si hubiera sido escritor hubiera escrito “Mil Años de Soledad”, no Cien, y el Quijote le hubiera salido en 30 tomos). Además, era inventor y eso era lo fascinante.

En el estudio-taller de su casa (era la cochera, pero nunca tuvo coche), desde mi más tierna edad, con cada una de sus invenciones enfrenté la realidad con el absurdo, pero como me caía bien, siempre lo escuché seriecito y acabé siendo su sobrino-nieto consentido. Sabía de todo, poco, pero sabía, y su cerebro era una máquina desbocada.

Algunas de sus creaciones: la bola de boliche con el peso escrito en braille (“algún día, hijito, algún día”; decía sereno); el papel higiénico literario (con novelas impresas, para fomentar la lectura e incrementar el consumo: nada mala idea a la fecha, todo mundo se somete a los mandatos intestinales y ya estando ahí… ); el lápiz caramelo (totalmente comestible, para que los niños hicieran la tarea felices de la vida); la casa anti-telúrica (de hule macizo, vulcanizado… no me diga que no tiene sentido); la ropa interior desechable (que sigo pensando, es una genialidad, nada de andar lavando calzones: se tiran al w.c. y se le jala; higiénico y cómodo; no habían llegado aún al país las toallas femeninas desechables, así que es totalmente su invención); la persiana adhesiva anti-mosquitos (que se debía mantener siempre entornada para permitir el paso del aire, al tiempo que atrapaba los insectos; nomás piense en el sika); la butaca-urinario para teatros sinfónicos (se acabaron las interrupciones), y para estadios (se acabaron las colas en los baños al medio tiempo); y también un perfume repelente (que cambiaba de aroma exquisito a hedor insoportable, con la temperatura corporal personal o al contacto del sudor o la saliva de otro… esto se le ocurrió cuando su hija Libertad salió con su domingo siete, un chamaquito moreno muy simpático que quisieron mucho).

Y también era teórico. Escribió un tratado de “Teología del ateísmo” (no me permitió leerlo); uno de “Filosofía para estreñidos” (decía que esa gente siempre tiene tiempo para pensar, más bien aburrido); un estudio sobre “La Influencia del uso de zapatos y  sandalias en la historia” (probando estadísticamente que su uso ha provocado guerras y tragedias; a mi infantil argumento de que todo mundo los usaba y que ni modo que por eso hubiera matemáticos, curas o pianistas, oponía el argumento de que las peores salvajadas de nuestra especie las comete la gente calzada, que en la prehistoria y entre aborígenes de Australia, lo más que había eran descalabrados); tenía un “Curso de Violín por correspondencia” (muy ingenioso); otro de “Proctología para principiantes” (estremecedor); otro más de “Aeronáutica básica para emergencias en vuelo” (un poco cruel); me interesó mucho (era la edad), el de “Conversación sin palabras con amigos imaginarios”; “Cómo mentir con veracidad”; tenía varios cursos de idiomas para sordomudos; y una “Guía práctica para la generación doméstica de energía nuclear” (que Dios guarde haya desaparecido el manuscrito, ya ve cómo están los tiempos).

Ya más grandecito me dejó leer algunos que en su momento no consideró adecuados, por ejemplo, su “Manual de reproducción humana asistida” (especial para solteronas, ilustrado); otro más sobre “Comercialización de órganos humanos sobrantes” (muy avanzado para la época, pionero de la donación de riñones); tenía un manual que sin ser cómico, al del teclado lo hacía reír mucho: “Mil maneras de explicar un embarazo sin marido” (hubiera sido un hitazo editorial; ahora no se vendería uno). Era un tipazo.

Podría seguirle contando cosas del mundo estrambótico en que vivía ese querido tío, que inventando locuras y escribiendo absurdos, matizaba la espantosa rutina de su vida inventando telas, buscando alguna combinación que no se le hubiera ocurrido ya miles de veces, verdadera tortura (haga la prueba a imaginar una tela… él se echaba 6 a la semana), pero ya no le cuento más porque se puede aburrir (tenía un manual de “Principios de zootecnia aplicados al cuidado de bebés y ancianos”; y otro, un “Curso avanzado de magia para la desaparición de cobradores, suegras y gente indeseable”… era sensacional), mejor le comento porqué recordé a ese mi tío Amílcar:

La revista semanal “Desde la fe” de la arquidiócesis de México, comandada por ese líder natural y gurú nacional de los católicos, don Beto Rivera, en su número de ayer, contiene un editorial titulado “Otra vez a votar”, en el que despotrican contra los partidos políticos y su exorbitante gasto, cosa cierta, pero que no parece ser materia de la catequesis religiosa, aunque, claro, don Beto se da ese y cualquier lujo, como la defensa a ultranza que hacía del fétido Marcial Maciel.

Llamó la atención de este menda que en el último párrafo de ese editorial, mencionen algo que dijo el papa Francisco en su visita a este nuestro risueño país: “México es un gran país…”, frase que acomodan para decir: “(…) merecemos políticos grandes por su oficio, no por la voracidad desmedida de riqueza y poder (…) Bueno, don Beto, si a esas vamos, también merecemos mejores obispos y cardenales, y ya ve, aquí estamos aguantándolo desde hace 31 años (llegó a la arquidiócesis el 21 de diciembre de 1985), y ni quien diga nada.

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