martes, 12 de abril de 2016

7428. ¡EL JUSTO MEDIO!

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

¡El justo medio!   
De chiquillo, al del teclado no había cosa que le gustara más que ir casa de tía Olga… aquello era el paraíso. Le explico: en el domicilio en que se amaestraba a este menda, había un Reglamento General, de observancia obligatoria para todos sus moradores (redactado, decretado y modificado cuanto hiciera falta, por el pleno de la asamblea familiar integrado sólo por mi coronela mamá); aparte, un Código Especial para este López, en el que de acuerdo a las conductas observadas y registradas (con detalles exactos de tiempo, modo y forma, que jamás olvidaba la dulce dama), se preveían todas las posibles variantes de insubordinación en grado de tentativa, desobediencia activa o pasiva, hasta travesura ordinaria o con agravantes, con sus respectivas sanciones que podían ir de admonición simple (-“Ya estate”), a aviso preventivo (-“Es la última vez que te lo digo”); hasta llegar a las sentencias (irrevocables): inhabilitación (no ver televisión, no salir a la calle, sin sentido alguno de la proporcionalidad, que fue una semana sin tele por haberle pintado bigotes dormida y por el gato remojado en la lata de pintura amarilla, un año, lo que fue una exageración); pasando a reclusión (en el cuarto encerrado toda la tarde), y en caso extremo, la imposición de penas corporales (de chanclazo a pellizco con torsión de dermis, de tracción de oreja a sacudida de glúteos con el palo del trapeador). En cambio, en casa de ti Olga no sólo no había normas sino que todo festejaba y a veces hasta participaba en inocentes juegos como disparar desde su azotea con el rifle de diábolos a los tinacos de asbesto de los vecinos para ver si echaban chorritos de agua. La gloria.

Pasados algunos decenios, platicando con Óscar, su hijo mayor, sorprendió mucho a este su texto servidor, oírlo decir: -¡Cómo me hubiera gustado que mi mamá hubiera sido como la tuya! –lo que me pareció tan estrambótico como si un acapulqueño dijera que le hubiera gustado ser esquimal, y como le dije que no entendía a qué podía referirse, me explicó: -Mira, sí, tú mamá fue un sargento –hombre, pensé, sargento, sargento… coronela, suena menos mal-, pero ustedes todos terminaron carrera, nadie les saca la vuelta y nosotros somos unos gañanes sin oficio ni beneficio, a eso me refiero –me dejó pensando… no, no hacía falta el rigor prusiano… aunque la educación familiar con el Manual de organización del Carnaval de Veracruz, tampoco ayudaba. ¡Ah, el justo medio!

Los nacidos justito a medio siglo pasado, vivimos un México en el que el gobierno era temido, no respetado, pero -de extraña manera-, era respetable, no tanto por sus prendas morales (había de todo), sino porque hacía lo que decía (hablaban poco), y eran tipos serios a los que la popularidad les importaba menos que el clima en Hawaii: tenían el poder, no había quien se los disputara, no tenían pensado soltarlo y se sentían dueños del país (eran), de modo que poner orden y arreglarlo, era como arreglar su casa; a fin de cuentas aquí vivían y ni se les ocurría irse a Miami ni a la Costa Azul al fin de sus mandatos.

El tenochca simplex de la época, por su lado, sin saber gran cosa de leyes, entendía claramente qué cosas lo podían meter en problemas muy desagradables,  particularmente oponerse en serio al régimen, sin la más remota posibilidad de que “faltas al debido proceso” o la violación de sus derechos le granjearan recuperar su libertad, por la sencillísima razón de que no había derechos humanos sino “garantías”, que garantizaban muy poco y sobre las que no raramente se interpretaron danzones, rumbas y zapateados. Pelear contra el gobierno era casi siempre tan buena idea como meterse encuerado embarrado de tocino, a la jaula de los leones embarrado de tocino.

De ninguna manera añora López lo anterior, que tenía defectos muy pero muy graves, uno, tal vez el peor, el haber empollado generaciones de no ciudadanos, comaladas de gente con un sentido cívico anémico, sin conciencia social (no se me enoje, si usted cree en la bonita familia mexicana, en que como México no hay dos, que somos un pueblo generosote que vive con los brazos abiertos para ayudar a cualquiera, o alguna otra variante del estereotipo modelo Televisa de un país idílico que nunca hemos sido, sígale, uno quién es para quitarle la inocencia a un alma pura). Pero algunas ventajas sí tenía lo de antes, pocas, ralas, pero ventajas, una no despreciable es que la rayita entre lo correcto y lo que no se valía, era muy clara.

Tampoco tiene la menor duda este junta palabras de las enormes bondades de lo actual, con derechos, igualdad de géneros (al menos en el papel, pero ya es avance), respeto a la naturaleza, y un gobierno con cada vez menor margen para salirse con la suya, con absoluta impunidad. Pero algunas desventajas tiene, una un poco preocupante, es que parece que hoy no es poca la gente que ya no identifica así, a golpe de vista, la indecencia, y que pareciera que uno de los propios derechos es no respetar los ajenos.

Hay otro contraste con el pasado (no tan lejano). Hasta hace poco más de 30 años, la economía nacional dependía en todo del gobierno, con lo que de ineficiencia y corrupción implicaba. Abrir una miscelánea requería del beneplácito del Olimpo de la Burocracia. Fatal.

Sin embargo parece que se nos hubiera puesto a escoger entre Escila y Caribdis (en caso de necesidad, ya usted lo ‘guglea’, por favor), y de una cosa que estaba muy mal, parece que hemos caído en otra que pinta peor.

El libre mercado tan bien vendido a todos por doña Tratcher y don Reagan, nos sigue envolviendo con paciencia de gusano de seda y la metamorfosis resultante no le va a gustar a ninguno que no pertenezca a una selecta y diminuta élite.

¿No lo cree?... bueno, nomás piense que el otrora poderosísimo gobierno de la Ciudad de México, no puede evitar el abuso de tarifas de unos calzonudos taxistas que sin licencia de taxistas ni controles de nada, cobran lo que quieren y hasta la exageración.

Caramba… ¡el justo medio!

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