viernes, 6 de mayo de 2016

7534. ¡VENGA ESE APLAUSO!

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

¡Venga ese aplauso!
Contaba la abuela Elena, la de Autlán de la Grana, Jalisco, muchas anécdotas de un tal don Margarito, varias veces alcalde del pueblo, afamado en la región -aparte de por su barriga inmensa y su corta talla-, por su infalible memoria, su sentido común y buen criterio, prendas por las cuales ejercía también de juez, cuyas sentencias todos respetaban, sin reparar nadie en su condición de analfabeto o su costumbre de jamás usar calzado. Recordaba un asunto interesante, siendo ella niña, allá por los últimos años del porfiriato, cuando llegado de Guadalajara, se instaló en el pueblo un joven de buena pinta, médico ‘zootecnista general’, a quien nadie recurría, pareciéndoles una mamarrachada la profesión de “doctor de animales”. Al borde de la inanición estaba el novel galeno cuando mandó por él una viuda, muy preocupada por una vaca con un mes de preñada que hacía días estaba echada, casi no comía, no rumiaba, se la sentía fría y tenía temblores de lo más raros. Llegó, la revisó, diagnóstico con gravedad de sabio en latines y griegos -para empezar a hacerse de prestigio-, y con los remedios prescritos sí alivió a la res, pero le provocó un aborto… ardió Troya y el asunto acabó en el ayuntamiento ante don Margarito, la viuda reclamando un ternero en reparación y el médico alegando haber salvado la vida a la vaca y lo desproporcionado de la exigencia, pues la res echó algo del tamaño de un ratón y ahora la dueña quería los 40 kilos de un ternero completo. El alcalde-juez, casi sonriente, dijo al veterinario: -“Pos sí… no matates un ternero, pero si dejas en paz al ratoncito, ternero habría… entonces, ¡a pagar! y como no tienes dinero, trabajas para ella por la pura comida los meses faltantes para un buen parto” –y decía la abuela, era un sabio Margarito, pues arregló el asunto del ternero y de la viuda, ya luego casada con el doctorcito… porque, se tuvo que casar.

El pasado 24 de marzo la Secretaría de Salud publicó en el Diario Oficial de la Federación la modificación de la NOM-046-SSA2-2005, referente a las normas que precisan los criterios de aplicación del Reglamento de la Ley General de Salud, respecto de asuntos relacionados con la “Violencia familiar, sexual y contra las mujeres”, donde se establece la obligación de brindar la anticoncepción de emergencia y de practicar el aborto en caso de violación, en vigor al día siguiente de su publicación.

Caso peliagudo, enfrentado el derecho de la mujer a no llevar en su vientre lo resultante de tamaña afrenta y menos, parirlo; enfrentado, repito, al derecho indefenso y ya legalmente indefendible, de quien es del todo ajeno al drama, el feto, producto, cigoto, como gusten llamar a esa vida humana, pues eso es, sea cual sea su etapa de existencia. Terrible asunto sobre el cual se reserva su opinión personal el del teclado (nada más dos preguntas: ¿sí estamos de acuerdo en que eso, como lo llamen, es vida humana, verdad?; y ¿sí estamos de acuerdo en que abortar es matar?... no, por nada, pero uno suponía en serio la prohibición de la pena de muerte. No se enoje).

La modificación a la norma esa, dice (punto 6.4.2.7.):

“En caso de embarazo por violación, las instituciones públicas prestadoras de servicios de atención médica, deberán prestar servicios de interrupción voluntaria del embarazo  (…) previa solicitud por escrito bajo protesta de decir verdad de la persona afectada de que dicho embarazo es producto de violación; en caso de ser menor de 12 años de edad, a solicitud de su padre y/o su madre, o a falta de éstos, de su tutor o conforme a las disposiciones jurídicas aplicables…” (sigue, pero ya no viene a cuento).

Antes decía que un juez debía autorizar el aborto, pues se verificaba que el embarazo fuera resultado de una violación, ahora no, lo dice la mujer y, es. Y antes decía que tratándose menores de edad, se requería la autorización de los padres o tutores… y ahora, si tiene doce años la mujer, ya no.

Por supuesto no supone este menda, texto servidor de usted, que se va a desatar un nuevo deporte femenino: no habrá competencias de abortos, eso, seguro, pero está de pensarse que un comité, con la autoridad que nadie del peladaje les dimos, se siente y reescriba una norma, permitiendo que en un asunto así de grave, una mujer de doce años lo decida por su cuenta, echando al rincón la patria potestad, sin considerar la falta de criterio suficientemente formado a esa edad, etc. (aparte de que sí habrá casos en que se abuse de la norma, sin duda).

Un menor de 18 años de edad no se puede tatuar sin permiso de los padres o tutores, abortar sí. A un menor de edad no se le puede vender tabaco ni una cerveza, abortar sí. Un menor de edad no puede entrar al cine a una película tipo C, abortar sí. Ya no entiende uno nada.

Pareciera que se trivializan cosas muy gordas y se concede enorme trascendencia a otras no tan severas.

Recuerde usted el escandalazo de hace pocos días, porque a una señorita periodista un patán le alzó las faldas y le bajó los calzones en la colonia Condesa.

No se le olvide que dos mexicanos enfrentaron en Florida la posibilidad de ser sentenciados a 17 años de cárcel (y un millón de dólares de multa), por… haber intentado (intentado), comprar ilegalmente un gorila y un orangután (revista Proceso, 28 mayo, 1994), para el zoológico del estado de México.

Tenga presente la indignación internacional porque un festejo con cohetones provocó el aborto de una llama peruana en el zoológico de Santa Fe, en  Medellín, Colombia.

No pase por alto el problemón que tuvo una tienda de mascotas en Pachuca, Hidalgo, Maskota (+Kota), porque por un video “parecía” que dos empleados maltrataban a los animalitos. Hubo clausura del negocio, despido de empleados, disculpas públicas.

Es… es que ya no entiende uno nada, pero sí queda claro que no se puede pretender inculcar respeto a los derechos humanos así, mangoneados por grupos de presión y con nuestros políticos cosechando popularidad facilona y complaciente. ¡Venga ese aplauso! 

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