jueves, 12 de mayo de 2016

7563. PA’QUE LES DUELA.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Pa’que les duela.
Hace mucho le conté de tía Marcia, la casada con tío Ricardo, relojero de profesión, apasionado del ajedrez, siempre absorto en nadie sabía qué, pero del todo ajeno a lo cotidiano y a lo que pasaba en su casa; alto, flaco, lento tirando a lánguido, era un misterio cómo hizo para tener nueve hijos, bárbaros montaraces, no malos niños, pero sí terribles. Tía Marcia por su lado, era famosa por pasar del metro ochenta y pesar lo que una morsa, por ser vigorosa como res de lidia, cocinar como la Santísima Trinidad y por poner papelitos en las paredes de toda su casa (con chinchetas, tiempos previos a la cinta adhesiva y el ‘Post It’), con recordatorios de sus órdenes, para que sus nueve salvajes hicieran lo que debían hacer y dejaran de hacer lo que no, sin conseguir ni lo uno ni lo otro: esa casa era un despelote y cada día había más papelitos. Por una apendicitis la tía estuvo una semana en el hospital, ausencia que cubrió de mil amores, la coronela madre de su texto servidor. A su regreso, encontró la tía que no había un solo papelito, la casa más ordenada y limpia que un quirófano y a sus nueve brutos, calladitos, en la mesa del comedor, haciendo la tarea. En voz baja y mirándolos con ternura, explicó la dulce domadora de este menda: -Ni órdenes ni papelitos, Marcia: tranca -todo volvió a lo de antes al día siguiente. Ya adultos, me lo contó uno de ellos que dijo: -¡Ah, cuánta razón tenía tu mamá! –y me pareció notar en su voz una como nostalgia rara.

Estamos en el país en pleno cambio de sistema judicial. Ya no habrá juicios como hasta ahora conocemos, los del sistema inquisitivo penal, en que todo es por escrito, sin que el juez esté presente, en que parece que el acusado es el que debe probar su inocencia y que duran eternidades, mientras no raramente se mantiene preso al acusado sin saber si es culpable; aparte y en abono a dejar ese sistema, se aduce que se ha prestado a mucha corrupción, a que la confesión sea casi lo que define todo y que por eso es no tan raro que se amedrente, amenace y hasta torture al inculpado o  indiciado. Todo cierto.

Ahora hay en varios estados -y ya estamos en el filo del plazo para que sea obligatorio en todo el país-, el sistema penal acusatorio, popularizado como “juicio oral”, porque efectivamente así se hace. Tiene características que no hay espacio para detallar aquí, pero algo se parece a los juicios que vemos en las series yanquis de televisión (sin el jurado popular que -¡sorpresa!- en México funcionaron largos años… eso es otro tema, ahí luego): el juez presente y el acusado considerado inocente mientras no le prueben lo contrario, sí, pero respetando sus derechos (lo que incluye que se debe obedecer lo que manda la ley para obtener las pruebas, para detenerlo, para presentarlo ante la autoridad). Los tiempos se acortan enormidades, lo que de entrada es mucho mejor que esperar ocho o diez años a que se termine un proceso y le digan al acusado-preso preventivamente, que “ganó” y que ya se puede ir a su casa: grave realidad aún presente en México. También se ha dicho mucho que esto disminuye si no elimina la corrupción en el sistema judicial.

El asunto va muy en serio, ya está en la Constitución del país (reforma del 18 de junio del 2008), artículo 20: “El proceso penal será acusatorio y oral. Se regirá por los principios de publicidad, contradicción, concentración, continuidad e inmediación” (que ya nos explicarán los que saben, qué es cada una de esas cosas), pero queda muy claro en su fracción IX que: “Cualquier prueba obtenida con violación de derechos fundamentales será nula, y” (sigue).

Bien. Ya están funcionando así algunos juzgados, debería darnos gusto, sí, pero -¡lástima!-, que ni todos los jueces están preparados, ni todos los policías saben de qué va la cosa y nomás no atinan a detener posibles delincuentes respetando las nuevas reglas, lo que está provocando que salgan libres malandrines atrapados en flagrancia (‘in fraganti’, en el mismo momento en que se comete el delito).

Ayer fue escándalo en la prensa nacional el caso de unos de secuestradores detenidos en Michoacán en el momento en que cobraban el rescate, y sus compañeros de banda, en el lugar en que tenían secuestradas a una niña de cuatro años y su mamá embarazada de dos meses. ¿Sabe porque el juez los dejó libres?... porque la ley manda que en cuanto es detenido un posible delincuente (que no es culpable ni si es detenido en flagrancia), debe ser presentado ante la autoridad; de esta manera el juez argumentó: “(…) la Policía no puede rescatar a la víctima antes de presentar al secuestrador ante el Ministerio Público y el Juez de Control”. Precioso: esto no es tomar el rábano por las hojas es comer por el culo y defecar por la boca (con perdón de usted): hay que privilegiar la norma procesal aunque le pueda costar la vida a los secuestrados o que los cambien de lugar y no se les rescate. Precioso.

Ordena la Constitución, en el mismo artículo, parte “A. De los principios generales: I. El proceso penal tendrá por objeto el esclarecimiento de los hechos, proteger al inocente, procurar que el culpable no quede impune y que los daños causados por el delito se reparen; (…). A ver si alguien le explica esto a ese juez y a los que han soltado a otros delincuentes, claramente culpables (entre otros a dos bandas más de secuestradores): la primera disposición es proteger al inocente, procurar que el culpable no se salga con la suya y reparar los daños… eso es primero, no andar buscando aplicar con rigor inaceptable el respeto a los derechos de los delincuentes y ahí luego, si se puede, los de las víctimas.

El viejo sistema judicial bien aplicado funcionaría bien; el nuevo sistema mal aplicado, no va a funcionar bien. Por cambiar de sistema no cambia nuestra realidad y nuestra realidad no cambiará mientras haya impunidad. Los principalísimos responsables del despelote de país que somos  son los muy malos jueces que tenemos, aunque les duela y pa’ que les duela.

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