miércoles, 18 de mayo de 2016

7585. ¡EN CUANTO APENITAS…!

Por Rafael Ceja Alfaro.
Docente y articulista.
Desde Zamora, Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

Espero que no sea así.

Llega uno a los cuarenta ¡Cuánto optimismo! Y se jacta de estar en ¡La plenitud de la vida! “Que la vida empieza al llegar los cuarenta” dice una canción.

Los hijos están en la etapa de formación, tanto en la escuela como en la vida, uno cree que estudian y ellos hacen como que estudian, van a la escuela, al colegio, a la universidad, están en la escuela. El trabajo o los negocios son estables o van creciendo, las relaciones sociales se dan, los compadrazgos, se dan; en cualquier entorno que se frecuente hay amigos y cuates. ¡La salud, Plena! Si acaso alguna cruda mal curada, un resfrío, alguna lesión del deporte o si acaso asoma un achaque de esos “Yo nunca”. Hasta ahí.

Se llega a los 50 y ¡Es la plenitud de la vida! La familia ha crecido y se ha multiplicado, somos abuelos, (Si se tiene esa dicha) ¿Y la salud? Normal, un poco de diabetes “La traigo controlada”, unos pocos dolores artríticos, problemas estomacales que son “por abuso en la comida y la bebida, no pasa de ahí”; la calvicie va marcando su paso sobre los pocos hilos de plata que van quedando, se ve un toque de oro en los dientes y un silbidito que hace el aire al pasar por los brillantes implantes de porcelana.

Muchos somos bien picudos e inteligentes, engañamos a la edad pintando el resto de hilos de plata de la juventud de un negro azabache o a veces de un color zanahoria desteñido y ¡Zas! Todos nos ven jóvenes, arrugaditos pero pintados que no nos reconocen ni en casa. La cerviz dibuja una graciosa joroba, como inclinándose para escuchar, y dice otra canción “Ahora ya caminas lento”, se puja para subir, agacharse, levantarse y para lo que se tenga que hacer. Los “Yo nunca” son más frecuentes.

Esporádicamente recibimos la visita del alemán Halz Heimer y no recordamos si nos ponemos el pantalón o nos lo estamos quitando, subir o bajar escaleras provoca agitación extrema. La cara muestra esbozos que el tiempo traza con ritmo lento para no espantar, los surcos de la frente no son arrugas, son señales de inteligencia y reflexión. El uso de lentes se hizo ultra necesario, claro, para leer solamente. La vida plena.

Entrada triunfal a los 60 y que no entiendo por qué le llaman la tercera edad si se está “En la plenitud de la vida”. Todavía podemos hacer todo lo que siempre hemos hecho solamente que un poco más lento, con calma, a su paso de cada quien, las competencias acarrean desgarres, luxaciones y ¿Qué necesidad hay de eso? Se tienen cúmulos de experiencia, “más sabe el diablo por viejo que por diablo”, “Cuando tú vas yo ya vengo de regreso” “Me las sé de todas, todas”

El deporte deja de ser carrera de fondo o velocidad para ser una caminata por La Calzada saludando a los cuates, ¡ah! Uno todavía puede, pero así lo indicó el doctor, no es por voluntad propia. El dolor de espalda se acentúa y “a lo mejor” no es malo, es solamente un aire y decía un amigo “que, de los aires por la espalda, solo es bueno el que salga”.

La joroba crece, pero no es por la vejez sino por cargar los nietos, los esbozos de la cara ahora son auténticos repujados, las pequeñas bolsas debajo de los ojos se van colgando como bolsas mandaderas. Las aletas de la nariz se hicieron grandes porque no dejan de crecer y porque los dedos “buscadores” también embarnecieron.

En las manos brotan unas preciosas manchas cafés, no son de ancianidad sino efectos del sol y así cada una de las partes del organismo acusa su modelo y estado de uso.

En el buró, antes se veía un libro, un cenicero y unos cigarros Kent, la elegancia en el fumar, cáncer elegante, ahora está lleno de cajitas con medicina para la diarrea, para el estreñimiento, para la tos, aspirinas, medicina para la presión, la metformina, voltaren, alka seltzer, ungüento para calambres y torceduras, analgésicos variados y una serie de remedios y chiqueadores pa lo que se ofrezca.

Les contaré el porqué de mi expresión “Espero que no sea así”. Da la causalidad (de causa) que tuve que visitar al médico porque me sentía cansado y con sueño, como el compa que iba en un camión pasajero de esos que van pa Sonora, y fue el fuerte dolor de cabeza lo que me obligó a ir, encontrándome con la noticia de que mi presión andaba por las nubes. Pues a atender la diabetes y la presión. Enseguida, pocos días después, me atacó el problema que les conté del Manguito “no sé qué”, entonces ya se acumuló uno más de los achaques.

Para ir completando el cuadro, mis ojos me denuncian lo que siento y que se me viene un malestar que me obligaba a frotármelos con alguna frecuencia, el malestar se fue convirtiendo en dolor, luego se juntaron malestar y dolor, y se hicieron insoportables porque me sentía mal de los ojos. No tuve más remedio que ir con el “Ojista” y me hizo una revisión exhaustiva ¿Qué tal si voy con el oculista?

El diagnostico aparente no se notaba amable en el rostro del médico, me colocó un aparato, en los ojos, y con una penetrante luz veía mis ventanas del alma, revisaba y de pronto dijo “Es necesario hacer unos análisis”, en casi ocho años no se había puesto serio y siempre me decía “Lo felicito no tienes daños causados por la diábetes” y esta vez me sale con que hay que hacer análisis y todavía más, me cita para el sábado con la recomendación de que no vaya solo porque saldré muy sensible, de esa sensibilidad que no se quita llorando, si no que el sol me va a poner una madrina. Me quedé de a seis y lo único que pude preguntar: “Pero si puedo seguir leyendo”, me contestó con mucha firmeza “Claro que sí”.

Como me dijo que la inflamación que traía atrás, de los ojos por supuesto, no se había presentado antes, me dio pendiente y es que con la dulce diabetes y la elevada presión no se sabe cuál es la causa. Pero el sábado lo sabré, por lo pronto me estoy aplicando unas gotas que supongo han de ser de chile del que les ponen a los pepinos porque el otro día que me cayó en los ojos así me ardían mis ojitos tristes que quisiste tanto, que quisiste tanto, aun así, con ellas me he sentido mejor.

Como no es cosa de que quieras o no, los años se van acabando y ya casi me acabo el 68 para entrar al 69 y llegar a los 70 en “Plenitud de vida” sin aumentar las cajitas en el buró.

 Total, que cuando le pregunté al Doc. si podía seguir leyendo, estaba pensando muy en mi interior “En cuanto apenitas acabé mi libro”.

Como los amenacé les cumpliré: hoy es 15 de mayo (Día que esto escribo) Día del Maestro y para el 27 del mismo mes, día en que presentaré mi libro y que están todos invitados, faltan 11días y el Día D, el Decisivo.

La Lic. Karla González nos está apoyando con dos horas ahí en la sala junto a la Sala de Lectura Francisco Elizalde García, dos horas para pasarnos un rato a gusto intercambiando opiniones, festejando mi cumpleaños y de paso presentando “A lomo de camello”. Entrada gratis, “No te lo puedes perder”

Por hoy hasta aquí.

Saludos a Toda mi Familia y a Todos mis Amigos.

Rafael Ceja Alfaro.

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