viernes, 20 de mayo de 2016

7593. SÍ, PERO LEJOS.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Sí, pero lejos.
En el berenjenal genealógico de López hubo de todo, santos y pillos, sabios y lerdos, trabajadores y cantamañanas, damas y pindongas, de todo y tío Ricardo que era solterón, todos lo queríamos mucho y ya grandecito entendí qué sus gustos en cuestiones íntimas, eran muy íntimos, cosa que nadie de la familia consideró nunca motivo de nada: era un señor, de pies a cabeza, y luego en su casa, bueno, en su recámara, ya era muy su asunto: él no pedía opinión ni mostraba el menor interés en saber qué pensaba nadie de él.

La especie humana inventó las leyes, por sentido práctico, pues debe haber sido muy incómodo arriesgar la vida yendo por chuletas de mamut, para que luego un listo cenara gratis. Con toda lógica, las cosas se van complicando conforme crece el vecindario, que no es lo mismo mantener el orden en una tribu de 17 cavernarios, que en Babilonia o el imperio británico.

Para hacer leyes al principio nomás se utilizó el instinto de supervivencia (no matar, no robar). De a pocos se afinó la cosa y después -miles de años antes de Cristo-, ya se legislaba por escrito, tomando en cuenta la costumbre y los asuntos parecidos (jurisprudencia, nomás que quién sabe cómo la llamaban). Por fin, ya con sociedades más refinadas se hicieron las leyes tomando en consideración también, cosas que se podían sostener como principios universales, parte de la naturaleza (derecho natural), y los tratados que se hubieran hecho con los reinos vecinos. Ahora las llamamos fuentes de derecho, a las que todos los países civilizados incorporaron el Derecho Romano (los anglosajones se quedaron con la pura jurisprudencia -la “Common Law”-, origen del galimatías legal que sufren).

Quede claro que la costumbre es fuente de derecho y cuando una costumbre es una salvajada, se recurre a las otras fuentes de derecho para declararla ilícita, después de sabias y sesudas deliberaciones, no raramente condimentadas con mentadas de madre.

Que en nuestra risueña patria haya sido penalmente castigada la homosexualidad suena hoy a barbajanada y que ahora se reconozca el pleno de derecho de los adultos a dormir con su osito de peluche o su Barbie, forma parte del simple respeto a las personas, a todas las personas, pero tampoco es cosa de pensar que los más de 70 países en que sigue siendo ilegal el homosexualismo, son unos bárbaros, a menos que le parezca que la India es un  paisito inculto y poco respetable (ni que los más de 10 en que es ilegal sólo para los hombres son unos brutos). El derecho y las leyes tienen sus fuentes, ya dijimos.

Otro cantar es el matrimonio homosexual y que puedan adoptar hijos. En el mundo hay más o menos, 265 países (la ONU reconoce 195, más otros 10 que no, pero existen -como Taiwán-, y 60 territorios que son países a los que les da la gana que los represente otro). De ese total, sólo 19 permiten el matrimonio homosexual y la adopción de hijos (sin contar Groenlandia, Isla Man y Luxemburgo). China, India y Japón, no (y son el 40% de la población del planeta). ¿Por qué?, averígüelo Vargas, sus razones tendrán, pero no es cosa de considerarlos unos bestias.

La iniciativa de don Peña Nieto de legislar el matrimonio homosexual y la adopción de hijos, tiene un airecito de oportunismo que no se le quita ni con perfume Siete Machos; le parecerá mal a unos y bien a otros, en beneficio de una minoría representada por un diminuto grupo activista con enorme influencia y capacidad de escándalo que no conforme con pelear con justicia el respeto a sus derechos, peleó que se usara el nombre de una cosa para otra, porque matrimonio es unión de sexos distintos y la unión de los de mismo sexo se debe denominar con otro término (antes en la capital de México, eran ‘sociedades de convivencia’)… tampoco pasa nada, ahora la vaca es toro y el toro, buey; ya nos acostumbraremos y el buey, que se aguante.

(A todo esto… ¿y se le irá a pedir opinión a los niños?... o sea: ¿un chamaco de 12 años no puede decir que prefiere que no lo adopten dos señores?... qué feo que a todo encuentre uno pegas).

Dije minoría aunque en México no hay estadística sobre la población LGBIT (lesbiana, gay, bisexual, intersexual, transgénero). En 2012, la encuesta hecha por el Instituto de Ciencias Jurídicas de la UNAM y el Instituto Mexicano de la Juventud, arrojó que el 3.6% de la población probablemente es homosexual (en los EUA, se calcula en el 3.4%).

Claro que no importa que sea un asunto que afecta a tan pocas personas… de las que tal vez algunas se quieren casar y ya casados… a lo mejor algunos de ellos, quieren adoptar hijos. No importa: es un asunto de principios morales, que tanto preocupan a nuestros gobernantes, usted sabe.

La jerarquía de la iglesia católica puso el grito en el Cielo por la iniciativa presidencial (imposible de parar, por la fuerza del circense instinto fócido de nuestros legisladores -fócido es foca-, que en el 2000 se opusieron en bloque a esto y ahora lo aplauden con un clavel reventón atravesado en la boca; aparte de que la Suprema Corte definió ambos temas en  agosto de 2010). La iglesia debería repasar algún libro biográfico  de historia (en la ‘J’ busquen donde dice “Juárez, Benito”): no tienen posibilidad legal de entrometerse en el proceso legislativo; sin embargo debe decirse que sí representa las costumbres de un altísimo porcentaje de la población, y eso no se ha tomado en cuenta, seguramente por buenas razones, aunque el prestigio esponjoso de nuestros legisladores da para para dudar mucho de la seriedad de sus decisiones. Ni modo.

Otra manera de ver esto es que la ley no cambia la realidad. La Encuesta Nacional sobre Discriminación (Enadis, 2010), arrojó que el 80% no está de acuerdo en que los homosexuales puedan adoptar hijos; pero el 70% encuentra bien que se puedan casar (o sea, clarito: que cada quien haga de su capa un sayo, pero que no adopten hijos)… por cierto: el 44% de los mexicanos no aceptaría que un gay o lesbiana, viviera en su hogar (así somos: está bien, sí, pero lejos).

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