miércoles, 25 de mayo de 2016

7616. NUESTRO MERO MOLE.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Nuestro mero mole.
A tía Lucrecia le decíamos tía Lucas, porque tenía pájaros en la cabeza. Fue hija única de un matrimonio viejo que la tuvo tarde y pronto la dejó huérfana, sí, y más rica que Creso. Tía Lucas se casó con un mantenido profesional, muy  guapo a decir de las señoras de la familia, que lo describían con cara de Clark Gable y cuerpo de Tarzan (no daban más detalles), que cantaba mejor que el ‘Zorzal Criollo’ y bailaba como Fred Astaire. No tuvo hijos tía Lucas y le parecía muy bien que su marido no trabajara y anduviera con ella para arriba y para abajo, porque la tía no paraba, su ocupación era estar ocupada, en lo que se le ocurra, de una red de dispensarios médicos gratuitos (mantenidos por ella), a comedores para menesterosos (igual); del club de yates (tenía uno, en Acapulco), al hipódromo (tenía caballos), o dar la vuelta al mundo a todo trapo… y el marido, pegado. Entre una cosa y otra, a tía Lucas le daba por cambiar de religión -y él, con ella-: fue católica, budista, islamita y al final, panteísta aunque a la hora buena, murió confesada, con santos óleos y bendición papal; sí y murió casi en la calle porque el mantenido, entre una cosa y otra, le sacaba una firmita aquí, otra allá y al final, se quedó con casi todo, que fue cuando la dejó, porque la dejó. ¡Ay, Tía Lucas!

No se vaya usted a molestar, con perdón aceptando que es políticamente incorrectísimo, pero a este López, la Patria, la señora de toga blanca de la portada de los libros de texto gratuitos, a veces le recuerda a la tía Lucas… y su marido, al gobierno.

Parece que andamos en todo menos en misa. Nos distraemos con tanta cosa que no nos damos cuenta de los búfalos que nos pasan frente a las narices. Si no es una cosa es otra, del futbol a la inundaciones en países que no sabemos ni en qué rumbo quedan; de en qué kínder estuvo el Secretario de Educación (y qué le dijo a los nenes), al reportaje de los vestidos de las esposas de políticos el día del Grito; del concurso de bajezas de las campañas electorales a la última travesura del Chapo; del estado que guarda el agujero de ozono, al estado que guardan las nalgas de la señora Guzmán.

Y así vamos, entre escándalos de corrupción e inseguridad, reportes de qué autos no circulan en la capital del país (como nota nacional), de matazones y secuestros, fosas clandestinas que salpican el mapa nacional; todo sazonado con la competencia abierta de declaraciones de funcionarios, de la más estúpida a la más imprudente (las sensatas no son noticia); el reporte de la última ‘lady’ o ‘lord’ de las redes (¡triunfo de la libertad de expresión!)… y más futbol, sin que parezca que nada nunca llega a nada, ni la selección es el orgullo de la patria, ni los escándalos llevan a renuncias y procesos judiciales, ni la economía revienta, ni vamos a ver las nalgas de la señora Guzmán.

En esa escenografía esperpéntica, aturdidos por la estruendosa cacofonía del escandalete cotidiano que aparenta informar y encubre, el tenochca no ve las que le hacen.

Sin saber nadie cómo, el petróleo dejó de ser negocio y lo mejor que nos puede pasar es que vengan empresarios extranjeros a sacarlo por nosotros. Sin siquiera sentirlo, más del 20% del territorio está concesionado a empresas mineras, y el agua potable se puede privatizar. Sin que nadie lo cuestionara, nos birlaron el instituto electoral y el sistema judicial, dejando las mismas policías y los mismos jueces que, ahora sí, ya lo verán, se van a portar requetebien.

A la chita callando, mientras nosotros los del peladaje estamos en este sambódromo de masiva desinformación, nos han cambiado el país por otro en el que la democracia no es el gobierno de la mayoría sino la minoría imponiéndose, en nombre de los derechos humanos quintaesenciados en el derecho a no tener derecho; un nuevo país en el que hablar de soberanía es una nacada demodé; tener religión, algo que se tolera (y Televisa ve con simpatía); la familia, cualquier arreglo entre adultos, hasta entre heterosexuales (bajo sospecha de intolerancia); territorio en que los usos y costumbres son sagrados con excepción de las costumbres de los católicos y los heterosexuales, aunque sean mayoría que si son demócratas, ya quedamos, se deben dejar conducir por la minoría… ¡ah!, y es un país en el que da lo mismo cualquier partido.

Sin pedir opinión a nadie, con cacerolismo mediático, ahora lo correcto es que el matrimonio no sea lo que siempre fue; que una niña de doce pueda abortar sin que sus padres puedan decir ni pío; que se lapide al que patea un perro (que está muy mal, patearlo, pero hay proporciones), mientras golpear a la esposa o la abuela, no es delito de oficio y admite perdón ¡de la autoridad!; que a los niños los pueda adoptar el que llene los requisitos que cambió no se sabe quién pero es de racistas y gente baja, oponerse a que tengan su niño parejas de caballeros, damas, travestidos, intersexuales, bisexuales, transgénero, pansexuales, ominisexuales, demisexuales (otro día le traduzco algunas denominaciones, hay más), porque se va a modificar la Constitución para hacer obligatorias dos cosas: que se use una palabra universalmente usada con un sentido, en otro (confundiendo la obligación de todos de respetar a todos, con la imposición de un modelo de sociedad que no es el de la sociedad… y el sólo decirlo ya es ser de lo peorcito -‘mea culpa’-, sin derecho a enarbolar el derecho a opinar ni a ser diferente, diferente a los diferentes), y segunda, que todo el que quiera pueda adoptar hijos, cualquiera, punto, que somos un país incluyente, tolerante y a todo dar.

Y así, con gestas como sacar los animales de los circos, sin preocuparse por sacar a algunos de los miles de encarcelados sin ser culpables de nada (o por fumar mota), ya se prepara la siguiente embestida contra el consumo de carne y para establecer en la ley los derechos de los animales, derechos, como los de usted aunque sin obligaciones que, a fin de cuentas,  exigir y no cumplir es nuestro mero mole.

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