jueves, 16 de junio de 2016

7696. LA TRENZA DEL CALVO.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

La trenza del calvo.
Un tío de cuyo nombre no quiere acordarse este López, era un señor educado, gentil de trato, ordenado, inteligente de humillar a un campeón de ajedrez, y dueño de una nada modesta fortuna hecha ejerciendo su profesión de Contador. Su esposa, tía Lupita, un día, así, en frío, lo dejó y luego se supo que había descubierto que la riqueza de su marido no provenía de sus buenos oficios contables, sino de exprimir gente: era usurero. Decía tía Lupita que del momento en que lo supo a que lo abandonó, le daba asco su casa y hasta comer, sabiendo el origen de todo. Hizo bien (o al menos eso pensó la familia entera).  

Cuando se derrumbó el imperio de la URSS en diciembre de 1991, desaparecieron las barreras que en algo frenaban la globalización del capitalismo en sus presentaciones de economía de mercado y de libre mercado que a brochazos podemos definir como ese neoliberalismo que conocemos: poco gobierno, empresarios sin mecate y que los del peladaje se rasquen con sus uñas. En México estamos dentro de esa cazuela desde tiempos de don Salinas de Gortari (aunque ya algo desde de la Madrid).

Como sistema económico, no funciona del todo bien ni del todo mal, ha producido comaladas de pobres pero nunca sabremos cuántos serían con los otros sistemas económicos (del sistema soviético de la exURSS, sí sabemos que es una birria), y adicionalmente, porque a fin de cuentas y contra la definición de la economía como ‘ciencia’, precisamente eso es lo que no es, si sigue siendo vigente que la ciencia es el conjunto de conocimientos adquiridos por la observación y experimentación, para establecer leyes universales que permiten predecir resultados con exactitud (por ejemplo la temperatura de ebullición del agua a tal o cual altura sobre el nivel del mar, es siempre la misma; o el estado en que entrará usted al hospital si, dormido, dijo el nombre de una mujer que no es su esposa), y los principios económicos dan siempre resultados desiguales, a menos que piense usted que obtendrá el mismo o similar incremento producto o la captación fiscal, estableciendo la misma política económica en Brandeburgo (Alemania), que en Tlaxcala (México).

En nuestro país de lo que sí podemos estar seguros es de que en parte por eso y en parte porque nuestro gobierno se sujeta con fervoroso rigor de converso a las directivas del FMI y el Banco Mundial, nuestras variables macroeconómicas han mejorado (mucho), y nuestras exportaciones distintas al petróleo, también (muchísimo), lástima que esos resultados se hayan conseguido sobre los lomos de una masa trabajadora que percibe ingresos de niño bengalí en tiempos de la hambruna de 1943, y peor todavía, que continúe el desempleo de una vasta proporción de la población. En resumen: nuestra macroeconomía creció y se encuentra estable; la gente está mucho más fregada que antes, y el gobierno es cada vez menos el árbitro entre los factores de la producción y las empresas, la iniciativa privada, pues se supone que el equilibrio entre trabajo, capital, recursos naturales y empresarios, al igual que los precios de los bienes y servicios, se cuidan solos, sujetos a la maravillosa ley de la oferta y la demanda (ajá, sí cómo no).

Otra cosa de la que podemos estar seguros es que el gran capital global se impone por sobre todas las cosas en nuestro país, para entusiasmo de nuestros empresarios domésticos, la inmensa mayoría de chisguete, comparsas de huarache, y unos pocos señorotes con toda la barba que pisan fuerte y hablan recio en cualquier escenario (unos pocos, no más de 20).

Ese gran capital se intriga de cómo le hicimos para crecer la pobreza aplicando sus recetas y peor todavía, cómo es que los pobres en México son negocio (gran negocio), para unos cuantos listos. Junto con eso, les molesta nuestra corrupción, no porque ellos sean irreprochablemente probos (que también le entran a chivas y a cabras), sino porque lo nuestro apunta a una sociedad criminalizada y eso no funciona: la corrupción consistente en discretos acuerdos entre grandes empresarios y confinada a los despachos de alto nivel de gobierno, les funciona, a diferencia de la nuestra que toca la vida privada y pública, en todos sus niveles, entorpeciendo el crecimiento de la economía. Por eso su interés en implantar mejores leyes, reglas y controles: les urge acotar cuando menos la corrupción del gobierno. Vano afán. Todo sistema y control es vulnerable cuando la estructura misma de la administración federal está criminalizada, por más que haya muchos funcionarios honestos: es un problema estructural, las órdenes llegan ‘de arriba’ y se doblan todos.

Y así como no podemos evaluar con justeza los resultados del sistema económico, no corregiremos el rumbo para encausarnos por la andadera vereda de la honestidad pública, porque se están buscando remedios a algo diferente. El problema no es económico ni de falta de reglas contra la corrupción, el problema es moral y como para poder imponer el modelo y a los que lo implementaron, se arrumbó la moral, ahora a ver quién es el macho que convence al potro cimarrón que ya entre en juicio, explicándole las nuevas reglas del corral.

El modelo económico sin moral, es modelo de producción en beneficio de unos cuantos. Por bueno que sea en los papeles, no se traducirá en beneficio de todos.

La administración pública y la política, sin una sociedad formada en valores éticos, no entra en razón y en varas, aunque haya nuevos formatos que rellenar, controles que cumplir y castigos que sufrir: el tramposo es tramposo y los nuevos funcionarios no pueden dejar de adorar al dios dinero por sobre de todas las cosas, porque eso se fomentó para implantar el sistema económico (tiempos, recordará usted, en que se canceló de los programas escolares la ética y el civismo), sacando a patadas de la vida cotidiana a Dios y la religión (la que sea de su agrado, que todas sirven cuando menos para buscar el bien y evitar el mal).


Ahora vamos a ver qué bonita es la trenza del calvo.

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