lunes, 27 de junio de 2016

7734. A SOMBRA DE LOS ESTÚPIDOS.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

A sombra de los estúpidos.
Ignora López si en otras latitudes se califica con tanta facilidad de estúpido, con esa sonora voz que rima con ‘abadejo’ (que es un bacalao), a cualquiera que mete la pata o se equivoca, siendo que no es necesariamente estúpido el que comete un error, cosa propia de  todos los de nuestra especie sin por ello engrosar la legión de los estúpidos, de por sí numerosa.

No era estúpido Albert Einstein por su incapacidad para aprender a conducir automóvil (para no mencionar los asuntos de mujeres en que metía la pata como un subnormal); ni tampoco uno de los más portentosos cerebros de nuestra especie, Tomás de Aquino, era idiota por decir la idiotez de que la mujer nacía del semen débil: ni sabios ni genios están exentos de error, ni de decir o hacer estupideces.

Pero no es cosa fácil definir al estúpido ni a la estupidez. Según el diccionario de la Academia, estúpido es el “necio, el falto de inteligencia”. De inteligencia, que es la “capacidad de entender o comprender” y de necio, que es “el falto de inteligencia”, lo que hace estúpida su definición de estúpido, pues no dice nada.

De la estupidez dice la noble institución que es la “notable torpeza en comprender las cosas”; de torpeza, que es la “cualidad de torpe”; y de torpe, que es el “tardo en comprender” (entre otras cosas), ratificando que en esto, a la Real Academia se le hizo bolas el barniz. ¿Sabe por qué?, porque es muy difícil definir lo evidente y la estupidez y los estúpidos son de ese pelaje: lo estúpido se nota y los no-estúpidos detectan al estúpido a golpe de vista, y no confunden la tontera  cometida por un tipo sensato, de la idiotez de un reconocido estúpido, pues sin meternos en honduras epistemológicas ni metafísicas, se trata de una simple aprehensión: todos captamos al trancazo lo que hace de algo ser lo que es -la esencia-, que para eso está hecho el cerebro (no sabremos de biología ni zoología, pero por más que el perro tiene las mismas cuatro patas que la vaca, nadie intenta ordeñar un perro ni le dice a una vaca “¡sit!… ¡sit!”, para que se siente y darle una croqueta).

Pensará usted, avispado lector, que siendo domingo cuando se escribe esto, y escasas las metidas de pata de parte de nuestros hombres públicos (que se toman muy en serio el día de asueto, para bien de la patria), el del teclado está diciendo estupideces con tal de llenar sus dos cuartillas del día (seis mil teclazos, contando los espacios), pero no, esta columna la inspira el clima general que a últimas fechas recorre a la nación (“últimas fechas”: 15 años).

Sería estúpido sostener que los que nos gobiernan son estúpidos. Sería más estúpido pensar que no hay estúpidos entre los que nos gobiernan: los hay, indiscutiblemente estúpidos.

No es un asunto de cociente de inteligencia, que personas con un alto índice, en la vida práctica, en el cotidiano, son unos estúpidos aunque resuelvan ecuaciones de cuarto grado a tinta, saquen la raíz cúbica de 16,431 de memoria, pero carecen del sentido común para organizar la piñata de su niño, pierden el paso si van mascando chicle, primero chupan el sobre y después escriben la carta.

Nótese por favor que el junta palabras evade tratar este asunto tan serio con el sentido del humor (forzado humorismo a palos), de lo hace años conocido en México como el PUP, ese hacerse chistoso del venerado Hermenegildo L. Torres, que explotó hasta el bostezo la risa fácil de decir pendejo (¡uy, qué chistoso!), sin regatear que no poco de lo que escribió es cierto, pero si de enterarse del tema se trata, hay varios autores serios. Le recomiendo del profesor de la Universidad de Columbia, Walter B. Pitkin, “Breve introducción a la historia de la estupidez humana” (1932), que en 300 páginas hace esa ‘breve’ introducción, aunque el sólo título del tratado en sí es una estupidez, pues dice ‘estupidez humana’ no habiendo de otra, a menos que se tenga noticia de estupideces cometidas por bacterias o ballenas, que no pueden hacer lo que es defecto exclusivo de los seres racionales. En fin, por si le interesa.

De cualquier manera: un aspecto muy muy complejo de la estupidez, es su origen. Puede ser genética, por ejemplo, el papá de mi primo Danielito, el que tenía inteligencia de caracol de jardín, era igualmente estúpido y llenaba plenamente una característica muy destacada de todo estúpido: no se dan cuenta de lo que son: estúpidos; que percibirlo es señal de inteligencia, ¿o usted cree que alguno de nuestros más recientes presidentes de la república sospecha que es un estúpido?... claro que no, ni se las huele, él, muy orondo en su rancho, enseña a las visitas su foto entre las de Mandela y Gandhi, y cree que la gente, nomás porque no se ríe, le cree que es de esa estatura. Pobre hombre (y más pobres de nosotros, que nos decepcionó en masa).

Extrañamente, de unos decenios para acá, es notorio el incremento de estúpidos con poder público en México. Antes, nuestros gobernantes eran matones, malos, ladrones, atrabiliarios, traidores (hemos tenido de todo, patriotas, cultos y decentes, también), pero no tontos. Busque uno de Iturbide a Salinas de Gortari… no hay, se lo aseguro…

Lo de ahora es fácil de entender: la clase política recicla a sus descendientes y la clase económica pone a sus pupilos a hacer de gobernantes.  Sin oficio político, se concretan a aparentar, sume a ello la explosiva mezcla de frivolidad con soberbia, que aturde a personas que no traen daño cerebral desde el seno materno, que se condujeron dentro de los límites de la sensatez durante parte de su vida adulta, pero al llegar a una posición de poder (aunque sea una oficina de correos), se les dispara algo que traían torcido y empiezan a hacer estupideces, desde creerse galanes, hasta hacer berrinche cuando una orden suya produce una catástrofe y buscan a quién culpar.

Y no se dan cuenta de su mal actuar, porque al poder en México lo copan los aplaudidores profesionales, esos que dominan el arte de medrar a la sombra de los estúpidos.

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