martes, 28 de junio de 2016

7740. LA SOLEDAD DEL PRESIDENTE.

Enviado por SINEMBARGO
Desde la Cd., de México. Para
Tenepal de CACCINI

Por Jorge Zepeda Patterson.
Junio 26, 2016 - 12:00 a.m.



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Un Presidente que sólo espera que alguien, por piedad, pite el final del partido. Los espectadores, todos nosotros, también.
Foto: Cuartoscuro

La trayectoria reciente de Peña Nieto es un poco como la del equipo tricolor de Osorio en la Copa América. Un poco de suerte y algunos aciertos produjeron una racha de éxitos sorprendentes, aunque a la postre resultaron engañosos. El presidente llegó a la cúspide de su carrera sin realmente haber sido probado por la vida. Creció en un hogar acomodado y protegido por una familia emparentada con los poderosos. Cargó el maletín de Arturo Montiel durante años, un padrino que lo convertiría en Gobernador de su estado. Y luego del fracaso de doce años de gobiernos panistas, era el priista que se encontraba en el lugar correcto (titular del Edomex) en el momento adecuado (2012). El temor a López Obrador y el desencanto por los panistas le dieron el mínimo necesario de votos para alcanzar la presidencia. Y al arranque de su gestión, el optimismo desinformado de muchos mexicanos le concedieron 18 meses de tregua, casi de luna de miel. Después de eso, el despeñadero.

Con la selección de futbol de Osorio pasó algo similar. No se sabía muy bien a qué jugaba el director técnico pero todos festejaron que empatara el récord de partidos invicto y que su defensa fuese prácticamente impenetrable. Cuando se enfrentó a Chile hace unos días, sólo había recibido dos goles en diez partidos. Los comentaristas pregonaban que México era el único que podía disputar a Argentina la conquista del campeonato. En eso estábamos cuando Chile nos metió un 7-0, apenas en cuartos de final; la peor goliza desde hace medio siglo.

La tragedia futbolística dura hasta el siguiente campeonato, con ese u otro técnico. En política, en cambio, estamos atorados para los siguientes dos años y medio. Y Peña Nieto ya no sabe a qué jugar.

No sólo ha perdido la estrella que le condujo por caminos alfombrados hasta el trono. Hoy parece maldecido por el infortunio, además del flagelo permanente que resultan de sus errores de cálculo o de sus fallidos controles de daño.

La reforma petrolera, la pretendida joya de sus propuestas, que desencadenaría la inversión extranjera y dinamizaría la economía, duerme el sueño de los justos por un infame precio internacional del barril. Un contexto internacional desfavorable ha desinflado cualquier posibilidad de convertir a las exportaciones en el disparador del crecimiento.

Lo demás tiene que ver sobre todo con los errores. En la mezcla de viejo y nuevo PRI que Peña Nieto incorporó al poder, acabó imponiéndose una mala versión de la clase política tradicional. Con todas las mañas pero con muy poco del viejo oficio. Operadores políticos como Emilio Gamboa Patrón o César Camacho, coordinadores en las cámaras, son los de siempre salvo que el enriquecimiento y los privilegios acumulados los despojaron de las intuiciones o la sensibilidad política que alguna vez tuvieron.

La corrupción ha superado todas las cotas anteriores, o por lo menos esa es la percepción de la opinión pública. La inseguridad es más alta que antes y los territorios perdidos frente al crimen organizado lejos de recuperarse se han ensanchado.

El Presidente está más solo que nunca. La derecha conservadora sigue molesta por lo que consideran una disparatada “ocurrencia” del ejecutivo al solicitar la despenalización del consumo de drogas y, sobre todo, por la apertura al matrimonio homosexual. Los empresarios se encuentran ofendidos por la burda maniobra de aplicarles la Ley 3de3, para impedir que sigan exigiendo limpieza y transparencia de parte de la clase política. Y dentro del PRI cada vez son más los cuadros y operadores regionales que consideran que los excesos del grupo Los Tolucos, que encabeza el Presidente, es en gran medida el responsable de la debacle del partido.

Y eso es en el terreno de los “aliados”. En los otros frentes las cosas están peor. La irritación de los sectores sociales desfavorecidos se manifiesta de muchas maneras. Desde los linchamientos cada vez más frecuentes que dan salida a la rabia popular, hasta la proliferación endémica de marchas y bloqueos de carreteras. En cierta forma el país que gobierna Peña Nieto con sus normas, instituciones y empleados, es sólo una fracción de México. La economía informal crece año con año, el desencanto con las instituciones se profundiza (por ejemplo hoy las víctimas denuncian menos delitos en proporción que el año pasado) y el poder se ha fraccionado a lo largo del territorio.

Frente a este panorama el Presidente se ha encerrado en su burbuja. Su visión del mundo es la que lee en el telepromter y cada vez confía menos en sus colaboradores. Aurelio Nuño le había asegurado que controlaría a los maestros y hoy son un incendio; Osorio Chong ha sido incapaz de atenuar la inseguridad y la violencia; Videgaray irrita a la iniciativa privada una y otra vez. Un Presidente que sólo espera que alguien, por piedad, pite el final del partido. Los espectadores, todos nosotros, también.


Es periodista y escritor.

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