viernes, 1 de julio de 2016

7749. LA LEY, SIEMPRE Y TODOS.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

La ley, siempre y todos.
Es muy sabido que el claridoso nunca cae bien, pero usted no se me enoje, que a fin de cuentas alguna vez alguien tiene que decírselo… ¿listo? (no se ponga bravo), bueno, ahí le va: el problema de México somos los mexicanos.

Ya, cálmese, no es para tanto. Mire: no es que seamos una subespecie ni inferiores a nadie, ni mucho menos que don Trump tenga razón en nada, no. Pero si le pensamos tantito, caemos en cuenta de que nuestros políticos, empresarios, jerarcas religiosos, gobernantes y todos los que en alguna medida influyen en la conducción de la cosa pública y privada, no son importados de Malolandia, sino egresados de la bonita familia mexicana, igual que todos nosotros los orgullosos integrantes del peladaje a los que -la verdad de las cosas-, lo que le pase al país nos importa un pito mientras podamos resolver aceptablemente nuestra vida cotidiana, sin mucho preocuparnos el porcentaje de pobres, ni el índice de desempleo, que hay asuntos mayores como no ver a las Chivas en la tele…

Tal vez sea cierto que lo poco ejemplares que somos como ciudadanos, también es responsabilidad del gobierno, o más bien, de los gobiernos que hemos tenido de 1821 a la fecha, pues la ciudadanía mexicana padece el infantilismo propio de cualquiera que nunca ha tenido plenos derechos y por lo mismo, sus deberes han sido lo de los niños, obedecer, portarse bien y hacer todas las travesuras que se puedan mientras papá gobierno no se dé cuenta.

También tal vez sea por eso que no es tan raro encontrar algunos que sienten la extraña nostalgia de lo que no conocieron y suspiran por el retorno de Porfirio Díaz o ya de perdida, de Plutarco Elías Calles, porque según esos, lo que México necesita es mano dura, de preferencia un dictador o cuando menos un General vestido de civil, que ponga orden y haga a la patria marcar el paso. Y sí, claro que pondrían orden los militares o un régimen de mano dura y derechos suspendidos, pero de eso sólo salen súbditos disfrazados de ciudadanos… y revoluciones.

De cualquier manera y por lo que sea, lo cierto es que nosotros los nacionales mexicanos no nos consideramos parte de la cosa pública, y nos parece natural ser ajenos a los asuntos del gobierno, que está sólo para ser señalado de todo lo que está mal, de lo que no sale bien o de lo que pudiera estar mejor. Y por eso mismo, nuestros gobernantes saben que si hacen oídos sordos al coro de mentadas de madre, pueden hacer lo que les venga en gana, expropiar el petróleo y privatizarlo; proclamar el ejido como sacrosanto y desdibujarlo hasta la deformidad; cerrar las fronteras a piedra y lodo, y firmar tratados de libre comercio con el primero que pasa. Pueden hacer lo que les parezca mejor, que la gente no se entera y cuando se entera, grita, pero nada más; nacionalizan la banca y la privatizan; quiebran los nuevos dueños de la banca y nos cargan a todos la cuenta. Ancha es Castilla, pásele, pásele, todo se vale.  

En este sexenio y sin que la mayoría hiciera conciencia de la cirugía mayor que se hizo al país con las reformas peñanietistas de bondades por conocer, de repente nos topamos con que los de la CNTE que se suponía eran unos pocos revoltosos, necios en proteger sus indebidos privilegios (que sí tenían, al menos algunos de ellos), que no tenían razón en nada… así, chiquitos y tontitos, pusieron al gobierno contra la pared y seguramente, en tesitura de usar la fuerza pública con todo lo que eso significa, para regresar las cosas a la anormalidad que acá llamamos orden y realmente es sólo administrar los problemas, patear el bote, dejar que el que venga después arree.

No nos molestó a ninguno que no se hiciera caso de las propuestas de reforma educativa de nadie, ni escuchamos a nadie discutir las propuestas de los maestros (de acuerdo con ellas o en contra): eso es chamba del gobierno y uno, a lo suyo. Pero en cuanto nos pisaron el callo y pareció que sufriríamos las consecuencias sin deberla ni haberla temido, entonces sí, ¡pinches maestros!

No puede estar nadie de acuerdo en que se cometan actos ilegales en contra de los derechos de la sociedad en su conjunto, para demandar el respeto a los derechos de un gremio. Por supuesto que no… pero, es que ¿sabe usted?, si piden las cosas como manda la ley, de manera respetuosa, no merecen una flatulencia oficial, no se ríen del peticionario porque ni se enteran de su existencia.

Los problemas sociales no surgen del éter ni aparecen como las epidemias de gripe. Los problemas sociales se empollan largamente y crecen en la medida en que la sociedad es omisa de sus responsabilidades y los gobernantes no sufren ninguna consecuencia por su no atender los reclamos de nadie. En México para que la autoridad le haga caso a usted sin ser ricote, influyente o amigo de influyente, hay que hacer escándalo. No hay otro modo.

Lo que debe meditar el gobierno es que ya las cosas están pasadas de castaño oscuro, que el antiguo y probado método del tío Lolo, ya no sirve a sus intereses, ni a los de nadie.

Y los que sí reflexionaron fueron los activistas sociales, sabedores de que está agotada la sociedad con sus métodos de siempre: marchas, plantones, manifestaciones, que ya no dan resultados. Por eso los de la CNTE escalaron sus medidas y sin que se lo esperara nadie, bloquearon estados enteros, pues es muy duro el oído oficial y los gritos ya no sirven de nada, pero cuando son millones de afectados, y entre ellos  berrean los ricos junto con los pobres, entonces, no hay remedio: hay que dejar de hacerse tontos.

De esto de la CNTE, esperemos una solución provisional y de circunstancia. Este gobierno no puede aplicar la ley, toda la ley: su desprestigio se los impide. Esperemos que en dos años, que se van como agua, tome las riendas del país un gobierno que desde el primer día haga lo único que debe hacer: respetar y aplicar la ley; y que los demás entendamos que la solución verdadera de los problemas de México somos los mexicanos, respetando la ley, siempre y todos.

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