martes, 5 de julio de 2016

7762. LA LECHUZA Y EL RATÓN.

Por EVERILDO GONZÁLEZ ALVAREZ.
Ambientalista, periodista, reportero y escritor.
Desde Zamora, Michoacán. México. Para
Tenepal de CACCINI

El astro rey, el sol, ya se había ocultado y la hermosa luna lucía esplendorosa iniciando su recorrido por el firmamento, en una noche sumamente estrellada, como era el mes de Octubre, era luna llena y la visibilidad en el campanario era buena, claro que aun sin luz, para Chuza, distinguir lo que se moviera a lo lejos era cosa de todas las noches, el sonido de la futura presa y la vista eran indispensables y afortunadamente los dos sentidos los había desarrollado perfectamente bien, el más leve movimiento era detectado por sus ojos y entonces su cuerpo adquiría una posición de preparación antes de emprender un rápido vuelo hacia abajo y regresar a arriba con algo en sus poderosas garras, siempre el sonido de la futura presa era detectado en forma precisa, su disco facial que es como su parábola receptora es indispensable si es que Chuza quiere llevar alimento a sus pequeñas crías, y para esto la lechuza se pinta sola.

El llevar alimento a Chuza y las crías era una total responsabilidad de a  quien ella llamaba el Garra Fuerte porque jamás en toda su existencia una presa se le escapó, en el momento en que su garra se posaba sobre lo que fuera: un ratón, cucaracha, algún gusano o hasta una escurridiza lagartija, pero ahora él, su compañero de varios años ya no está, tiene días que solamente no regresó en una ocasión que fue a traer alimento, Chuza lo esperó toda una noche y ni rastros de él, por lo que al otro día en cuanto la oscuridad llegó, ella salió a cazar para que sus pequeñas crías tuvieran alimento.

Esa noche, ya un rato después de haber anochecido, lo que mediante el sonido detectó, era un ratón de mediana edad, que lucía esplendorosamente y que a la mamá lechuza más se le antojó después de estar un día completo sin alimento pues lo cazado la noche anterior había sido para sus crías, aunque, a decir verdad, nuevamente nada le tocaría pues todo sería para sus dos pequeños, y para ella alimentarse, tendría que dejar la presa en el nido y buscar alguna otra para saciar su hambre ya que no podía pasar otra noche sin alimento…

Ya que mediante un leve sonido situó bien a la presa, un rápido movimiento de su cabeza ubicó la dirección y sin el menor ruido de sus alas, sus largos dedos se posaron sobre la presa y sin rozar el suelo, con un leve aleteo subió y se dirigió al nido donde sus dos crías la esperaban ansiosas.

Vaya, vaya, -exclamó Chucita-, la menor de las dos crías al ver llegar a su mamá con alimento-, se ve un sabroso bocado, parece que es más grande que el de ayer.

Sí,- exclamó su hermano Frino al tiempo que con su pico, ayudado de sus pequeñas garras, cortaba una parte del ratón ya muerto. La mamá ya en varias ocasiones les había explicado sobre la forma de partir cada uno de los animalitos que llevara, claro que algunos, por ser muy pequeños, no era necesario partirlo pues solo alcanzaba para uno de los dos hermanos que lo engullían entero.

Esa noche Chuza estaba contenta pues aparte de que en el campanario vio dos ratones a los que cazó, muy cerca de ahí en el techo de una casa encontró una lagartija muerta la que sirvió para ella alimentarse un poco, aunque extrañaba los murciélagos que tanto le gustaban y que su compañero frecuentemente le llevaba, eran su platillo favorito, nunca supo en donde los podía encontrar pero se propuso que era unas de las cosas que trataría de averiguar.

No todo para Chuza era cazar y llevar alimento a sus pequeñuelos, no, también tenía que dedicar tiempo a las enseñanzas propias que debían aprender sus hijos para que pudieran triunfar y vivir bien, además de que ella tendría que salir a volar un poco a fin de ejercitar sus alas, y hacer un reconocimiento por los alrededores para  ubicar posible alimento para las siguientes noches, eso en caso de que en el campanario ya no encontrara.

Frino tenía 22 días de nacido y Chucita 19, él se veía ligeramente más alto y empezaba a salirle una que otra pequeña pluma. Aun ya totalmente emplumado, podría volar cuando tuviera 50 días de nacido, pero en sí, el nido lo abandonaría hasta los 90, tiempo en el cual ya estaría perfectamente adiestrado para valerse por sí solo, cazar ya no se le dificultaría y podría detectar perfectamente el más leve sonido de algún animal, también para entonces ya conocería toda el área circundante al campanario e iría a otro campanario, a un granero o alguna casa abandonada a buscar un lugar apropiado para en el momento dado buscar una pareja y hacer un nido.

Chucita, la menor de las dos crías de lechuza, había nacido tres días después que su hermano Frino y, en cuanto a la estatura, aun cuando eran pocos días, era notoria la diferencia. Hasta esos días, la alimentación prácticamente había consistido de ratones que no escaseaban y que además pocos animales que pudieran ser su alimento no era muy usual que anduvieran cerca del campanario y sus no lejanos alrededores, pero Chuza, la mamá lechuza, era consciente que en las siguientes noches debía alejarse más del lugar a fin de encontrar y cazar otros animalitos para que sus polluelos conocieran y degustaran otros alimentos, era parte de las enseñanzas que debía dar a sus crías, además debía conocer otros lugares por aquello de que pudiera, a ese campanario, llegar algún depredador, algún gato podría hacer acto de presencia y, de ser así, ella ya tendría un lugar a donde emigrar, claro que también el ir a otros lugares llevaría la intención de buscar algún compañero…

Sola, ya sin su compañero, la responsabilidad era dura. Cierto es que el alimento cerca del campanario era abundante en esos días, sin embargo, era consciente que habría tiempos en que escasearía y que por lo tanto sus hijos, ya en edad de valerse por sí mismos, debían alejarse hasta donde hubiera algún granero o bien a buscar los ratones de campo y al alejarse ella, estaría conociendo territorios que después mostraría a sus crías.

Esa noche, después de haber dejado un poco de alimento a sus polluelos, les dio instrucciones de no acercarse al borde del nido para que no fueran a caerse y les encargó que nada hicieran en su ausencia que pusiera en peligro sus vidas y que si veían algún tecolote- ave rapaz nocturna, llamado también búho -  se quedaran sin moverse a fin de no delatarse. Las instrucciones sobre todo iban dirigidas hacia Chucita pues era muy inquieta. A su corta edad parecía que aun sin alas quería volar y su mamá constantemente tenía que reprenderla por su impaciencia.

Chuza partió ya cerca de la media noche, cuando pequeña, su papá le había indicado algunas rutas donde podría encontrar comida y su vuelo dirigió hacia lo que se conoce como Ario, ahí había un granero y sabía que esos lugares son habitados por infinidad de ratones, por lagartijas y que además vivían muchos gatos y donde hay gatos hay alimento para las lechuzas, principalmente ratones y lagartijas.

Ya en Ario, Chuza primero voló por encima de las casas para conocer y ubicarse bien, después se fue a la torre de la iglesia- al campanario- donde pudo ver a una buena cantidad de ratones, todos bien alimentados, comida abundante- dijo para sus adentros- Se sorprendió de que en el campanario no hubiera lechuzas y no detectó alguna a sus alrededores, por lo que dedujo que, en parte a la ausencia de sus congéneres, se debía en parte, la abundancia en alimento. Estaba en un territorio conquistable.

Vaya, vaya – se dijo- no estaría mal ya después de que mis hijos abandonen el nido y tenga un nuevo compañero venirme acá, es un buen lugar para radicar, aunque—se dijo—allá nací y he vivido bien, pero ya veré más adelante.

Chuza abandonó el campanario del templo parroquial de Ario y se dirigió hacia la comunidad de El Llano, pasó por algunos sembradíos y pudo ver que había ratones de campo que tienen un sabor un poco más dulce que los de poblaciones. Como ya se había tardado un buen tiempo, volteó hacia el cielo y se dio cuenta que pronto amanecería por lo que prontamente ubicó a un ratón, el cual en un santiamén ya estaba en sus garras y ya con él, emprendió el regreso hacia su nido, hacia el campanario del templo del Sagrado Corazón, a donde llegó cuando ya el astro rey, el sol, había enviado sus primeros rayos hacia esta parte del planeta.

Llegó al nido y su hijo Frino estaba totalmente dormido, Chucita, aun despierta, después de comer un pedazo de ratón, inquirió a su mamá sobre a dónde había ido.

Mira-- le dijo al tiempo que ella también comía un poco--, fui a un lugar que no conocía, de verdad que estaba bonito, el campanario parece una residencia y hay abundancia de comida, la quietud de los humanos es notoria y solo se ven movimientos de gatos queriendo atrapar a algún ratón o a una lagartija que por ahí se encuentra admirando a la hermosa luna y que ensimismada como está no advierte la presencia del gato hasta que ya está en sus fauces, cuando ya es tarde para escapar. Luego me fui al campo, hacia una población que está muy cerca y sobrevolé en dos ocasiones y pude comprobar que hay abundancia de comida, para que me entiendas, no tenemos qué preocuparnos por comida, no vi a congéneres pero debe haberlos, claro que cuando estaba allá, ellos deben haber estado en busca de alimento o deleitándose volando.

Ya las crías y mamá lechuza se habían acostumbrado a los ruidos del día, cierto que en el campanario, por estar alejado de la calle, poco era lo que podía escucharse pero, esos ruidos, no eran motivo para que el sueño de las lechuzas no fuera placentero.

Ya con los últimos rayos del sol, cuando él se oculta y se puede admirar en todo su esplendor a la hermosa luna, es momento de que mamá lechuza imparta las instrucciones a sus pequeños. Para una lechuza joven los peligros en el campanario pueden ser muchos, los gatos cuando los ratones escasean, saben que en los campanarios pueden encontrar sabrosas aves que serán el alimento del día.

Miren- dijo Chuza- esos animalitos que llaman gatos, son muy silenciosos cuando están de cacería, afortunadamente como aquí no les falta alimento, las lechuzas y otras aves, no hemos pasado a ser parte de su alimento pero, aun cuando no hacen mucho ruido, sus movimientos sí pueden ser detectados por nosotras y , lo importante es saber, si cuando detectamos un movimiento, si es de un gato o de un ratón , la equivocación puede llevar a que en vez de conseguir nuestro alimento, pasemos a ser alimento de ellos; por eso siempre debemos estar atentas…

Ya después de algunas otras indicaciones que formaban parte de la formación de las crías, mamá lechuza emprendió el vuelo en busca de alimento. Esta noche había decidido recorrer otros lugares no conocidos y es así como llegó a una población no muy distante, a Jacona, prontamente localizó el campanario del lugar en donde conoció a Lidu, una lechuza hembra que tenía su nido en ese lugar y que al igual que Chuza, tenía crías.

Mira- le dijo su nueva amiga- la comida por aquí es escasa pero no muy lejos se encuentra un hermoso lago a un lado de un pequeño cerro. y ahí es donde tenemos abundancia de comida; porque ratones, lagartijas y otros pequeños mamíferos acostumbran ir a beber agua, mi compañero Loruzo allá se encuentra, allá debieras ir.

Pues sí- dijo la Chuza al tiempo en que extendía sus alas en señal de despedida- y hacia donde le indicaron dirigió su vuelo.

Chuza pocas veces había volado en grandes distancias y ahora que lo hacía disfrutaba el volar, sus alas bien extendidas permitían que el aire le diera en la cabeza y esto le agradaba, era un deleite lo que ahora sentía al ir volando, y así siguió en la dirección que le había dicho.

Vaya, vaya- dijo para sus adentros mamá lechuza al aproximarse al lago- si que es hermoso, qué maravilla natural tan digna de admirarse, en cuanto mis pequeños puedan volar los traeré a que conozcan este hermoso lago. Detuvo su vuelo en la rama de un pequeño arbusto y contemplando el lago perdió la noción del tiempo, estaba embelesada ante tanta belleza. Ya cuando reaccionó pudo constatar que efectivamente había mucho alimento por lo que prontamente se abalanzó sobre un bien alimentado ratón que hasta agua se le hizo el pico; lo asió con sus poderosas garras y sin tocar el suelo, con pocos aleteos ya estaba en las alturas. Sin darse cuenta el tiempo había pasado, primero en el campanario del templo de Jacona y luego en el hermosa lago, ya estando en las alturas y con alimento para sus crías, considero que era momento de emprender el regreso, el camino era largo así que emprendió el regreso a casa.

Mamá- exclamó Chucita al ver llegar a su progenitora- ya nos tenías con mucho pendiente, te tardaste mucho y como ibas a un lugar no conocido estábamos con temor de que te pasara algo.

No mis pequeños- mencionó Chuza al tiempo de que cubría a su hija con una ala- solo que a ese lugar que fui, primero conocí a una de nuestras congéneres quien me sugirió ir a un lago y hacia allá me fui y de verdad que es hermoso y admirándolo se me pasó el tiempo y por eso me tardé, debo decirles que allá también la comida es abundante; ya ven que anoche fui a Ario donde también hay mucho qué comer y ahora en ese lago, debo decirles que por comida no debemos preocuparnos, ahora coman y mientras lo hacen,  les hablaré un poco de uno de nuestros enemigos, del llamado tecolote o búho que tiene un gran parecido con nosotras las lechuzas, él por ser más grande acostumbra, cuando no encuentra otra comida, saciar su apetito con los polluelos lechuza y lo tenemos considerado uno de nuestros peores enemigos, lo podrán distinguir fácilmente porque tiene unas pequeñas plumas paradas en su cabeza…

Los días transcurrían sin novedad en el nido de mamá  Chuza y sus polluelos, las enseñanzas eran bien aprendidas por los dos hermanos lechuza y su mamá lucía contenta pues aun sin su compañero, como había abundancia de comida, el trabajo de alimentar, cuidar y educar a sus crías, había sido poco complicado, mamá lucía bien pues se encontraba bien alimentada también. Ya las plumas de Frino habían crecido un poco más y él consideró que en pocos días más podría intentar hacer un vuelo en el mismo campanario, podría ir de su nido a una saliente de una pilastra y así en ese pequeño tramo practicar, ya después haría viajes largos.

Pues total- dijo Frino para sus adentros- si fallo mamá me ayudará a regresar al nido y asunto arreglado, nada debe preocuparme teniendo una mamá como la que tenemos.

Parte de la noche, el joven lechuza, se la pasó estudiando muy bien todo lo que concierne a ese vuelo, consideró que una noche después haría ese recorrido.

Chucita también deseaba que sus alas ya estuvieran listas para volar, le atraía el estar en el aire, el elevarse, el bajar, claro, una de las cosas que le llamaba la atención era el poder cazar, en una ocasión había observado como su mamá había atrapado una lagartija y se emocionaba pensando en que ella pudiera imitar a su mamá.

Un día seré como mi mamá—se dijo a sí misma--, ella es una gran lechuza y haré lo posible por llegar a ser como mi querida mamá, lo lograré y entonces disfrutaré la vida.

Ya había llegado una noche más, ya el astro rey se había ocultado dejando que la luna luciera esplendorosa. Para Chuza, era momento de iniciar el recorrido por los alrededores del campanario del templo del Sagrado Corazón, el alimento, aun cuando en abundancia, requería de detectarlo y atraparlo. Dos apetitosos ratones pronto estuvieron en el nido ante la alegría de sus polluelos que prontamente se los engulleron.

Como la noche aun era joven, mamá Chuza consideró que tenía tiempo para buscar más alimento en otro lugar no conocido, por lo que se dirigió hacia otra población. Iba camino hacia donde su compañero, en alguna ocasión, le había dicho que había muchas congéneres y que había dos campanarios a corta distancia uno de otro.

Si mal no recuerdo- dijo para si la Chuza- mi compañero me dijo que el lugar lo conocían como Tangancícuaro, nada pierdo con ir, siempre será bueno conocer otros lugares por aquello de la comida y para entablar amistad con otros congéneres.

Voló y voló y el camino sí se le hizo largo en comparación con otros a donde había ido ya. Un rato después avistó casas y luego las dos torres y hacia allá dirigió su vuelo, primero se detuvo en una rama de un árbol de la plaza y luego voló hacia uno de los campanarios, cuatro pequeñas crías estaban en un nido quienes al ver a Chuza, temerosas de que fuera una ave depredadora, llamaron a sus papás que prontamente llegaron y corrieron a Chuza. Ésta se fue a la otra torre en donde se encontraba una lechuza hembra ya adulta con signos claros de que estaba en sus últimos días de vida: ojos poco brillantes, dificultad para engullirse entero un ratón por pequeño que sea y que al cazar a uno , el vuelo hacia las alturas lo hace después de posarse en el suelo, y no como los jóvenes que sin tocarlo se elevan con su presa en las garras.

Chuza fue recibida por la lechuza adulta con gran simpatía y después de una charla, la visitante consideró un deber traer alimento a su anfitriona por lo que debajo de una banca detectó un leve movimiento y en un santiamén ya estaba sobre su presa, se trataba de un ratón adulto bien alimentado al que al llegar al campanario obsequió a la lechuza, su ahora amiga. Toda su atención la dirigió hacia la plaza y de nuevo, después de un movimiento detectado, dirigió su vuelo hacia la presa a la que asió con sus garras y se elevó hacia donde su amiga veía toda la escena.

Vaya, vaya, - dijo la lechuza llamada Lormina- de verdad que eres buena para la caza, la forma de volar me indica que tuviste una buena educación y que aprendiste bien…

La charla con Lormina era amena y Chuza estaba contenta de tener a alguien con quien pasar un rato además de que su amiga le enseñó algunas cosas desconocidas para ella.

Sin darse cuenta, el tiempo había transcurrido y Chuza levantó la cabeza y vio el cielo y se dio cuenta de que la luna ya había terminado su recorrido y que el astro rey pronto mandaría sus primeros rayos; Lormina le insistió en que ahí pasara el día y ya en la otra noche se fuera a Zamora pero no aceptó pues, de hacerlo, sus polluelos estarían preocupados por su ausencia por lo que se despidió y emprendió el vuelo de regreso a su nido. Ya llevaba más de medio camino cuando la sorprendió la luz de un nuevo día lo que para ella era nefasto, rápidamente se detuvo y consideró que no alcanzaría a llegar al campanario por lo que buscó un árbol en donde pudiera posarse en una de sus ramas, cuando lo detectó hacia allá se dirigió y, con sus patas, se asió a una de las ramas de mediana altura, tenía que estar no tan alto para evitar la luz y no tan bajo para no ser presa de los depredadores, el lugar parecía adecuado y ahí se quedó, otra cosa, como seguir volando hubiera sido fatal por lo que se quedó a esperar que transcurriera el día y ya en la noche continuaría su camino al campanario.

En el campanario del templo del Sagrado Corazón, en el nido, las dos crías de lechuza estaban preocupadas, su mamá no regresaba y ya amanecía. No había sucedido ningún día en que su mamá se fuera y se tardara tanto en regresar. Su preocupación aumentó con la llegada de los primeros rayos del sol y entonces comprendieron que ya a la llamada Chuza algo le había pasado.

A nuestra mamá- dijo Chucita – algo le ha pasado, ya desde hace rato debería estar aquí pero al no venir significa que algún problema tuvo, vamos a esperar a que anochezca para ver si regresa.

Pues sí – dijo Frino su hermano- es muy raro porque ten en cuenta que ella es muy hábil para vencer situaciones de peligro, no comete errores que pongan en peligro su vida, esperemos a que cuando llegue la noche, ella también lo haga.

Los dos polluelos se durmieron el resto del día. En cuanto empezó a anochecer, Chucita despertó y comprobó que su mamá no había regresado al nido, tampoco se encontraba en algún lugar dentro del campanario como solía hacerlo en algunas pocas ocasiones en que se quedaba a dormir en alguna saliente para que sus crías durmieran teniendo más espacio, era claro que algo le había sucedido la noche anterior.

Frino despertó y solo vio a su hermana que no disimulaba su preocupación de que no hubiera llegado su mamá, para las aves siempre había riesgos, pero su mamá no era dada a cometer errores, sabía los peligros que siempre corría.

Pues no- dijo Chucita- no llegó nuestra mamá, de haberse quedado en algún lado ya estaría ahorita de regreso pero no, es un hecho que no vendrá, debe haber ido a algún nuevo lugar y allá algo le aconteció, siempre los lugares desconocidos entrañan peligros.

En toda la noche la Chuza no llegó y las dos lechuzas estaban nerviosas, su situación no era nada buena, Frino, sí, si tenía ya las alas grandes pero no como para poder volar sin riesgos y Chucita con las alas más cortas ni para qué intentar volar. Cierto era que la noche anterior su mamá les había llevado alimento antes de partir, pero ahora sin nada que comer, enfrentaban una situación que para nada estaba contemplada ni esperada.

En plena edad de crecimiento, el hambre se sentía con más ganas y la falta de agua hacía estragos, ya era la tercera noche sin su mamá y los dos polluelos algo tenían que hacer pues de otra forma morirían en muy pocos días, por lo que Frino dijo a su hermana que intentaría volar esa noche y la siguiente ya iría a cazar algo.

Pues sí dijo su hermana con tono de preocupación- nada más calcula bien las distancias, procura hacer vuelos muy cortos y fíjate bien en donde te posarás y si desde a donde llegues puedes regresar, ahora es cuando más vamos a notar la ausencia de nuestra mamá, ¡cómo nos hace falta¡ de verdad que la extraño.

Sí- dijo Frino confiadamente- de aquí volaré hasta allá un poco fuera del campanario, de ahí iré a donde termina el techo y luego regresaré, son distancias cortas y las podré hacer, tú tendrás que estar atenta y si algo notas mal me lo dices.

Muy bien- dijo la hermana confiando en la capacidad del hermano- nada más no se te olvide calcular bien, no puedo ayudarte pues mis alas son aun cortas, pero confío en ti, ahora vamos a dormir y ya en la noche harás el intento.

El día transcurrió con los dos hermanos dormidos, ya oscurecía, ya la hermosa luna se disponía a hacer su recorrido por el firmamento, ya el Cantaclaro y sus gallinas estaban dormidas, los dos hermanos despertaron, la sed y el hambre se habían apoderado de ellos, pero para el hermano ya no eran momentos de eso, toda su atención estaba centrada en el vuelo, Chucita estaba inquieta, conocía a su hermano, sabía que podría lograr volar bien pero también era consciente que siendo el primer vuelo algo podría salir mal y su mamá no estaba.

El joven lechuza se paró, nuevamente calculó la distancia, revisó sus alas, tenía confianza en hacer bien su vuelo, pensó que no era el primero en estar en esa situación.

Hermana—dijo a la joven lechuza—ten confianza, no creo ser el primero en estar en esta situación, y más de alguno debe haber tenido éxito, confía en mí.

Frino calculó bien, vio por última vez la distancia, extendió sus aun no bien crecidas alas, volteó a ver a Chucita que nerviosa no le apartaba la vista, dio un ligero salto y voló. Pues sí, el vuelo fue aceptable pero la llegada al lugar en donde debía posarse no, el joven lechuza no había calculado la llegada y no pudo quedarse parado al llegar al techo, nada malo le pasó,  pero para el regreso tuvo que hacer varios intentos para elevarse hasta que por fin lo logró y llegó de nuevo al nido donde su hermana estaba ya no preocupada sino angustiada. Frino llegó y luego de un momento de descanso, volvió a emprender el vuelo hacia el mismo lugar. Esta vez la llegada fue más suave y de igual manera, para elevarse y regresar al nido, no tuvo tantos problemas como la primera vez.

Ya con varios vuelos del joven lechuza Frino, éste consideró que era el momento de hacer un vuelo, del nido al tejado de la casa que se ubica enfrente de la torre del templo, ya sería el último vuelo de esa noche pues ya pronto amanecería y no era conveniente, por cuestión de tiempo, intentar volar más retirado. El hambre en el joven era notoria y por eso era más urgente que pudiera mejorar el vuelo esa noche para,  en la siguiente, poder intentar atrapar un ratón o una lagartija y tener algo de alimento para él y su hermana. Se preparó, calculó bien, extendió sus alas y emprendió el vuelo, en el camino se sintió seguro, pero al llegar al tejado e intentar posarse, lo no liso de las tejas lo descontroló y calló, rodó por el techo sin poder detenerse por lo inclinado del mismo. Calló al suelo y logró pararse pero, la Pelusa, la gata negra con manchas blancas que era la mascota de la jovencita llamada Dafné pero que le decían Pilunita, que observaba toda la escena desde una rama del naranjo, empezó a hacer los cálculos y prontamente comprendió, que como sucedió, la lechuza no podría llegar al tejado sin caerse por lo que cuando Frino se fue hasta el suelo,  ni tarda ni perezosa se abalanzó tras el joven lechuza y hasta ahí llegaron sus días de vida. La pelusa era una gata ya muy diestra en eso de cazar, y el joven Frino nada pudo hacer para defenderse o intentar volar.

Chiucita también había observado todo, vio caer a su hermano pero, más allá del tejado nada podía ver, por lo que no se dio cuenta lo sucedido a su hermano con la mentada pelusa. Pasó un poco de tiempo, lo suficiente como para que su hermano nuevamente volara al techo y de ahí regresara al nido pero no, tampoco nada alcanzaba a escuchar y el tiempo pasaba y la angustia se apoderó de la joven lechuza. Un tiempo después empezó a amanecer y Chucita comprendió que no volvería a ver a su hermano. Estaba sola y con mucha hambre, sus alas eran un poco menos crecidas que las de su hermano y al observarlas, más angustia le dio y ya luego se durmió.

Mamá, hacía ya once días había tenido seis hermosos ratoncitos- hermosos para ella- , había escogido como lugar para tener a sus crías, un pequeño agujero en la parte baja de la jardinera contigua a las gradas que están para subir al campanario, al segundo ratoncito en nacer le puso por nombre Rumilo y, desde muy pequeño, se caracterizó por lo inquieto que era. Entre la Pelusa y la Chuza- mamá lechuza--, habían disminuido en forma considerable el número de ratoncitos y ya solamente quedaban dos que el día anterior habían abandonado definitivamente la madriguera y se bastaban por sí solos ya que la comida para ellos se tenía en abundancia.

Anexo al templo del Sagrado Corazón se tiene una casa donde viven algunos sacerdotes que son atendidos por religiosas, el espacio se remodeló y quedó adecuado para vivir. Junto a una de las bardas del templo que llega hasta el pequeño atrio, por la parte de la casa, se encuentra una jardinera que va de lado a lado, empieza donde se encuentran unas pocas gradas que llevan a la pequeña puerta para subir al campanario y termina algunos diez metros después. La jardinera tiene pocos centímetros de ancha y poco menos de un metro de altura. Prácticamente en toda la casa reina la quietud y por eso los roedores, de día y de noche pueden salir a buscar su alimento el que encuentran en buena cantidad por los desperdicios que se generan, más cuando se tiene visita de sacerdotes.

Rumilo había aprendido muy bien las indicaciones de su mamá, sabía que su vida estaba en constante peligro pues los depredadores merodeaban el lugar, le habían indicado que la Pelusa, la gata de enfrente, aun cuando poco iba a esos lugares, era muy peligrosa por lo sigilosa y rápida para saltar, que era muy precisa que como tenía que atravesar la calle durante el día no se le veía pero sí en la noche, también le había dicho que las lechuzas podían detectar su presencia con un leve movimiento de él y que su vuelo era silencioso por lo que para los ratones era difícil detectarlas volando.

Aun el astro rey, el sol, no terminaba de ocultarse cuando Chucita se despertó sobresaltada, con la vista recorrió todos los lugares del campanario y parte de afuera y nada que vio a Frino su hermano. Esperó hasta que ya era totalmente de noche considerando que tal vez en el día no pudiera regresar pero de noche sí, pero nada. Sus papás habían ahuyentado a otras lechuzas con las que un tiempo compartían el campanario y no era fácil que alguna anduviera por ahí para solicitarle ayuda lo que la puso más inquieta y nerviosa.

Ya era el segundo día, Frino nunca llegó por lo que la joven lechuza consideró que no lo volvería a ver, eso la angustiaba, en pocos días se había quedado sin mamá y sin hermano, y lo peor, sin comida, varias noches sin alimento era mucho, más considerando que estaba acostumbrada a recibir buena cantidad, principalmente ratones y lagartijas, la joven lechuza consideró que era necesario intentar volar, si no se alimentaba pronto perdería fuerzas y moriría, consideró que esa misma noche debía intentarlo, se paró vio las distancias y consideró que podría lograrlo, para esa noche su edad era la que tenía su hermano, el vuelo lo haría hacia arriba, la parte superior de la campana sería su destino, era una distancia corta y estaba segura que lo lograría.

Hizo los mismos cálculos que su hermano y extendió sus alas y sin más saltó y voló, intentó llegar a la parte superior de la campana, pero al llegar sus patas no amacizaron bien y callo quedando en el piso donde empiezan las gradas, toda maltrecha y adolorida intentó pararse pero el dolor no le permitió y ahí se quedó toda triste y desanimada, era claro que sus alas aun no estaban listas para que volara, y ahora su situación era más difícil pues al estar en el suelo se exponía a algún depredador, la tristeza y la angustia se apoderaron de ella, nada podía intentar para remediar sus males, si intentaba volar de nuevo, cabía la posibilidad de que más se lastimara, se quedó quieta…

Rumilo, por ser sumamente inquieto, ya en una ocasión había subido la mitad de las gradas del campanario, como su mamá le había dicho que arriba habitaban las llamadas lechuzas y que, en general, se alimentaban de animalitos como los de su especie, no había llegado hasta arriba, pero ahora, estando ya más crecido,  la curiosidad fue más fuerte por lo que se animó a subir.

Inició la subida, total- se dijo- subo con mucho sigilo y si veo peligro rápidamente bajo unas gradas, mamá dijo que las lechuzas no me atraparán si me quedo en las gradas, que ellas esperan a que salga al patio y ahí es donde si corro peligro, como no veo a esa horrible gata que donde sea sí me puede atrapar, subiré y estoy cierto que las lechuzas no me atraparán, si veo peligro corro.

Pues sí, el pequeño ratón empezó a subir las gradas que llevan al campanario del templo, y a medio camino se detuvo, se quedó quieto, como el silencio reinaba no detectó ruido alguno y siguió subiendo. Una grada antes de llegar hasta arriba alcanzó a oír un ligero ruido y su instinto de preservación lo hizo bajar despavorido, antes de llegar a la primera grada se detuvo, nadie lo seguía pero supuso que si salía sería atrapado en el patio por lo que ahí se quedó sin moverse. Se asomó un poco al patio y nada vio, nada escuchó por lo que nuevamente se encaminó hacia arriba, ya para llegar se detuvo y en el silencio de la noche, alcanzó a escuchar nuevamente un quejido, levemente subió la última grada y, con la velocidad del viento, se asomó y despavorido no supo como pero, con la misma velocidad del viento bajo las gradas que pudo, una de las aves como la que se había llevado a dos de sus hermanos se encontraba a un lado de la última grada, pa su mecha- dijo el joven Rumilo todo asustado- no puede ser, camino un poco más y ya estaría en la panza de esa ave , caray en ningún lado está uno a salvo, no puede ser, solo de verle los ojos ya es para echar a correr. Lo que lo tenía intrigado era de por qué se queja y qué hace en el suelo y no en el nido o en alguna saliente de algo como lo hacen las aves de su especie. En eso estaba cuando alcanzó a escuchar nuevamente los leves quejidos y puedo más la curiosidad que la precaución y cautelosamente empezó a subir las gradas, al llegar a la penúltima se detuvo a ver qué se oía y después de un rato escuchó con más fuerza que alguien se quejaba y muy despacio subió la última grada, se asomó y vio a la joven lechuza que con trabajos se mantenía en pie, sin apartarse de la última grada por si las moscas, se quedó viendo a la ave que lucía mal aspecto, un mucho por el hambre de varios días sin comer y en mucho por la caída. Rumilo se quedó quieto observando a la ave mientras ésta también observando a lo que podría ser su alimento, solo que nada podía hacer para atraparlo.

 Tú serías mi alimento de esta noche pero no podré atraparte y vaya que falta me hace comer algo o moriré, - dijo la Chucita en tono lastimero-

Aun cuando todo asustado y manteniéndose a prudente distancia, Rumilo se atrevió a preguntar el por qué…

Mira—dijo el joven ratón--- tú eres una ave de esas llamadas lechuza que fácil obtienen sus alimento, vuelan y, según dice mamá, son muy buenas para atrapar a animalitos como yo, no sé de qué te quejas, pero en fin…

No- intervino la joven lechuza- efectivamente somos buenas para atrapar no solamente animalitos como tu sino de otros más, pero resulta de que yo aún no estoy en condiciones de valerme por mi misma, papá y mamá ya no regresaron y mi hermano Frino anoche intentó volar y de allá del tejado de esa casa ya no regresó, yo intenté volar y lo único que conseguí es darme un santo guamazo que aunado al hambre me tiene aquí sin nada poder hacer y moriré si no como.

Rumilo el joven ratón escuchaba muy atento lo que Chucita la lechuza le contaba, pero de arriba de la última grada no daba un paso, bien sabía que si se acercaba pasaría a ser la cena de la lechuza.

Bueno- inquirió el ratoncito- y ahora qué harás porque si no puedes volar para ir por alimento, si yo no me acerco más para que me atrapes pues no tendrás comida o dime qué planeas porque para nada yo seré tu alimento.

Pues nada puedo hacer- dijo Chucita con tono lastimero- y aun cuando te acercaras y te atrapara, solo satisfacería muy poco mi hambre y considero que en varias noches no podre reponerme de la caída por lo que sin alimento moriré, hasta hace unos días mi vida había sido muy feliz, mi mamá ya no regresó, algo le debe haber pasado, mi hermano intentó volar para luego ir en busca de alimento pero no tuvo éxito, ya no regresó y yo quise volar pero mis alas aún están chicas, me caí y quedé lastimada, ya el hambre me hace estragos, si no como y bebo agua moriré.

Qué caray- exclamó Rumilo- como dices que si me comes no resolverías tu situación, te propongo que trataré de ayudarte si prometes no comerme aun cuando ya estés bien, podemos hacer este trato, yo te traeré alimento y agua y tú me respetas.

Sí- contestó la joven lechuza- prometo que nada te haré pero dime qué se te ocurre que podrás hacer para ayudarme, estás pequeño y no sé si podrás ayudarme.

Mira- ya Rumilo se notaba tranquilo- si me dices que más puedes comer aparte de mis congéneres, tal vez pueda hacer algo.

Pues mira desde que recuerdo solo he comido ratones aunque una vez mamá trajo dos animalitos que dijo eran lagartijas que encontró aquí abajo, pero puedo comer prácticamente todo animalito que se mueva, todo lo que sea carne puedo comer, no se si haya algo más, de eso mamá no nos habló e ignoro si comiendo otra cosa podría enfermar, no lo se y no es bueno intentar comer otra cosa.

Vaya, vaya- dijo Frino muy confiado- ya me la pusiste fácil y te voy a ayudar como pueda pero recuerda tu promesa de no hacerme daño, aquí quédate, no quieras ir a otro lado, si escuchas ruidos me gritas y si no quédate callada.

Sin decir más Rumilo bajó las gradas, cauteloso volteó a todos lados, ya sabía que no tenía que cuidarse de alguna lechuza pero la pelusa, la gata de enfrente sí podría estar por ahí, ya cuando nada vio, se fue por arriba de la jardinera y empezó a escarbar hasta que encontró una lombriz, la agarró con sus dientes y prontamente subió las gradas y, ya sin mucho temor, se acercó a Chucita y se la dejó, la joven lechuza en un abrir y cerrar de ojos se la tragó y ya cuando quiso decir algo al ahora su amigo, este ya no estaba, había bajado las gradas y nuevamente en la jardinera, el ratón escarbó hasta encontrar dos lombrices las que asió y se fue nuevamente a subir las gradas, llegó arriba y le dejó la comida a Chucita que prontamente comió lo poco que tenía enfrente. Sin hacer comentario alguno, Rumilo bajó las gradas y ya en la primera grada se quedó parado pensativo, consideró que si solo llevaba lombrices terminaría no cansado sino agotado y aun cuando llevara una buena cantidad no sería suficiente para calmar el hambre de la lechuza, entonces recordó que por ahí cerca, en las ramas de un arbusto se quedaban por las noches varias lagartijas, sí podía atrapar unas dos como mínimo, era posible que con eso, por esta noche, tuviera Chucita. No tardó en llegar al lugar y efectivamente vio que sí había algunas lagartijas, Bueno- dijo para sus adentros Rumilo- debo atrapar de las de tamaño mediano pues las más grandes pueden causarme daño y no debo arriesgar.

Sin hacer ruido se dejó ir contra una de las lagartijas previamente vista y la atrapó, una leve mordida en la cabeza y la presa ya no se pudo mover, prontamente se abalanzó sobre otra que corrió la misma suerte. Ya con las dos se fue hacia las gradas y como pudo subió y llegó a donde se encontraba la joven lechuza que al verlo dio muestras de alegría y sin decir gustas, se comió a las dos lagartijas.

Ya Rumilo no bajó por más comida y se quedó cerca de Chucita, en parte para descansar y también para conocer mejor a su amiga lechuza.

Mira- le dijo-  tres lombrices y dos lagartijas, aun cuando entiendo que no son suficientes, sí te aplacarán un poco el hambre y te servirán para recuperar fuerzas, ya en la próxima noche te traeré más alimento. En ocasiones aquí en la casa traen carne y, veré la forma de agarrar algo y guardarla y si no pues ya de noche te traeré más lagartijas y lombrices, espero  haya carne para no acabar con las lagartijas.  

Rumilo demostraba ser un buen amigo, como podía, se ingeniaba para que a la joven lechuza no le faltara el alimento, el también joven ratón, sabía que si seguía atrapando lagartijas en pocos días se acabarían, y al no darles oportunidad de reproducirse la comida para Chucita escasearía, por lo anterior, consideró conveniente buscar carne en la casa contigua al templo , lo que consideró podría hacer esa misma noche en cuanto las luces se apagaran.  No pasaba de la una de la madrugada cuando, Rumilo se subió por la barda divisora de las casas, ya arriba no vio luces e inició el descenso, ningún ruido se escuchaba y consideró que a sus anchas podría buscar comida para su amiguita y para él. Abajo buscó algún agujero por el que pudiera entrar, pronto lo encontró y por ahí se fue, más adentro fue grata su sorpresa cuando vio que por debajo de la casa había varias entradas al interior, era un claro indicio, de que algún congénere suyo ya antes había habitado ese lugar. Ya en el interior no le fue difícil llegar a la cocina donde busco y encontró, arriba de la estufa, sobre el comal, un pedazo de carne asada y unas pocas tortillas por lo que, antes de iniciar el regreso, se comió una tortilla y luego asió la carne, salió de la casa con mucha precaución, subió como pudo la barda pues la carne le estorbaba y esa maniobra nunca la había hecho, ya abajo prontamente se dirigió hacia el campanario donde Chucita se encontraba preocupada por la tardanza de su amiguito, esa preocupación se le quitó cuando vio llegar al joven ratón, y más se le quitó cuando vio que le llevaba carne. La joven lechuza nunca había probado esa carne así pero todo el pedazo en un dos por tres se lo tragó, era la comida de esa noche.

Ya las luces del astro rey empezaban a salir, ya el famoso gallo Cantaclaro había deleitado a los vecinos con su bello canto, cuando Rumilo se fue a su agujero a descansar muy satisfecho de haber, por un día más, ayudado a la joven lechuza, como también había comido, nada le impidió dormir a sus anchas.

Las luces del día se iban y Chucita se despertó, había pasado buen día y ningún ruido la había despertado, notó que ya sus alas estaban de buen tamaño, ya habían pasado varios días desde su caída y el alimento que su amigo le llevaba la había fortalecido, se sentía bien, el dolor del golpe de la caída era ya mínimo, consideró que una noche más y nada le dolería.

Tal vez- dijo para sus adentros- no estaría mal la próxima noche intentar volar, ya es tiempo de que vuele para buscar mi alimento y que Rumilo descanse un poco porque de verdad que ha trabajado duro buscando mi alimento. En sus pensamientos estaba cuando llegó el joven ratón, le llevaba una lagartija ya muerta.

Mira- le dijo- ya la encontré muerta hace un rato, así que come y luego iré a buscar más, necesitas comer mucho para que te repongas bien.

 No- dijo Chucita- me la como pero no te vayas, mira, considero que es tiempo de que intente volar y para eso necesito que me ayudes, a ver, haz de cuenta que vuelo un poco y zas me caigo, entonces tu llegas y me jalas de una ala a un lugar seguro, vamos agárrame y jálame. Chucita, ya cuando había dejado claro su plan de volar y cómo su amigo la podría salvar en caso necesario, se dispuso a dormir y Rumilo se fue para hacer lo mismo.

Anochecía cuando Rumilo escuchó que algo caía en el patio, se dirigió a la entrada del agujero y se asomó, cerca de las gradas que dan a la puerta del campanario vio que algo se movió, aquello volvió a moverse y luego ya no, el joven ratón se acercó y pudo ver que se trataba de un palomo, ya estaba muerto y siendo así consideró que sería un buen alimento para su joven amiga, así que como pudo lo fue arrastrando y lo dejó oculto, regresó y subió las gradas hasta donde se encontraba Chucita a la que saludó.

Me da gusto verte—le dijo el ratón—ya es de noche y te tengo un buen alimento así que vamos abajo.

El joven ratón bajó las gradas y la joven lechuza lo siguió bajando con dificultad las gradas, ya en el patio los dos se encontraron y Rumilo la guió hasta donde estaba el palomo.

Es una buena comida—exclamó Chucita—con esto me pondré bien, me fortaleceré para mañana que vaya en busca de mi hermano y se dispuso a engullirse al palomo muerto y ya luego brincando subió de nuevo hasta donde era su refugio.

Ya avanzada la noche, después de que los dos amigos habían comido, el plan de Chucita fue puesto en práctica y no, no hubo necesidad de que interviniera Rumilo, muy lista la joven lechuza se paró en la grada , extendió sus alas y se dejó caer hacia las gradas de abajo e inmediatamente aleteó y se impulsó hacia más abajo pero ya volando, dio un giro y salió por la puerta hacia el patio y se elevó, no había llegado aun a la azotea de la casa y se sintió cansada por lo que decidió posarse en la parte de arriba de una puerta de alambre- mosquitero- que estaba abierta. Ya Rumilo se encontraba en la parte de debajo de las gradas y había visto la escena.

Muy bien- le dijo a su amiga- lo hiciste bien, descansa un poco y luego intenta volar a la azotea, es poco lo que te falta, concéntrate y no te distraigas para que tu primer vuelo sea un éxito.

Las palabras de su amigo alentaron a Chucita quien extendió sus alas y se impulsó volando hacia arriba, en un dos por tres llegó a la azotea y sin más se fue volando hacia la parte alta del campanario a donde prontamente llegó. El joven ratón subió las gradas y cuando llegó arriba, Chucita ya se encontraba en la primera grada, en donde había estado por algunos días.
 
Chucita, la joven lechuza había volado ya un buen tramo, se posó en la torre, ahí consideró que debía quedarse un tiempo en tanto analizaba lo sucedido. Rumilo había estado muy atento al primer vuelo de la joven lechuza y estaba contento pues su amiga había demostrado gran destreza para volar, era claro que había detalles que mejorar, como era al posarse en algo, la había visto pararse en la torre y sin ser un experto, consideró que no estaba bien la forma como se había parado, pero bueno, todo era cuestión de practicar.

La noche avanzaba y Chucita voló hasta posarse en un tejado donde su amigo no la veía, volvió a levantar el vuelo y sus alas la llevaron hasta donde se encontraba Rumilo, quien se emocionó al verla llegar.

Muy bien, --exclamó el joven ratón  cuando la lechuza se paró a su lado--, estuviste bien, es un hecho que tus alas se portaron mejor de lo que se suponía, esto por ser la primera vez que vuelas, sin embargo debes mejorar lo que hace al posarte en algo.

Sí, efectivamente yo misma me di cuenta de que eso no lo había hecho bien--- dijo la joven lechuza en tanto volteaba para ver el panorama—y creo que eso es de lo más importante porque al llegar a un lugar no sabré si por ahí se encuentra algún depredador, principalmente algún gato y el llegar bien me permitirá, en caso de peligro, levantar el vuelo de inmediato, esto no es tan sencillo, es de lo más difícil de hacer, es algo que mi mamá había explicado a mi hermano y a mí, pero aparte de eso debo decirte que me sentí bien, estoy contenta porque podré, mañana, buscar a mi hermano, a mi mamá no porque desconozco a donde fue, pero a mi hermano sí lo buscaré, quiero encontrarlo.

Bueno, -- interrumpió Rumilo—la noche avanza y debes alimentarte para que te fortalezcas así ahora espérame que voy a buscar comida.

No—dijo Chucita—no vayas, es tiempo de que ahora que ya volé, me baste por mí misma, voy a buscar comida para los dos así que ahora tú espérame aquí.

Chucita voló y sus alas la llevaron a donde estaba otra torre no muy distante de ahí, era una de las dos del templo del Calvario, el lugar le agradó y después de recorrer todo el lugar se dispuso a ir en busca de algo para comer ella y su amigo, en eso estaba cuando vio que algo se movía allá abajo, era una lagartija de las llamadas besuconas, tenía un color beige por lo que se distinguía bien, extendió sus alas y se dirigió hacia la lagartija, sus alas no hacía ruido por lo que cuando ésta se dio cuenta de que algo iba sobre ella, ya era demasiado tarde, ya se encontraba en las garras de Chucita, que prontamente se la comió, ahora se dijo, buscaré algo para Rumilo y se elevó para ver si desde las alturas, sus ojos le mostraban algo, pero nada, no había nada que fuera comestible para un ratón, luego voló hacia una casa, se paró en un patio, arriba de una fuente, pero nada por lo que emprendió el vuelo de regreso hacia donde estaba su amigo.

Rumilo,  por precaución, se había escondido en un agujero, pero vio cuando llegó su amiga y corrió hasta pararse a su lado.

Nada para ti encontré—dijo Chucita con cara de tristeza—nada vi y solo encontré comida para mí, no sé qué hacer…

No te preocupes, para mí es fácil encontrar alimento--- dijo Rumilo--- y si tú ya comiste, entonces solo voy por algo para que yo coma, no tardo.

Ya muy ducho en los menesteres de buscarse alimento, el joven ratón prontamente llegó a la cocina en donde encontró un pedazo de jitomate y en el suelo del comedor encontró un pedazo de queso con lo que sació su hambre, y dibujando una cara de felicidad, sus pasos dirigió hacia el patio, ahí seguía Chucita que lo recibió alegremente. Era un hecho que ahora los dos se estimaban, una gran amistad se tenía en dos seres hechos el uno para comerse al otro y el otro para servir de alimento, pero esto no se daría entre los dos,

La noche seguía avanzando y Rumilo, el joven ratón,  consideró conveniente averiguar qué había sucedido con el hermano de Chucita, repasó los pasos que la joven lechuza le dijo había dado el joven lechuza, de lo último solo se sabía que había volado hacia la casa de enfrente del templo, eso era todo por lo que el joven ratón pensó que lo más conveniente era ir a esa casa, siendo aún de noche no había riesgo de que algún carro lo atropellara, como sí podía suceder de día, sus pasos dirigió a la salida del templo, desde donde  observó todo, era un hecho que tenía que llegar al tejado, ahí era el punto importante, se quedó mirando la puerta de entrada de la casa y consideró que sí podría pasar por el poco espacio que había entre la puerta y el suelo,  atravesó la calle sin riesgo alguno, nadie de los llamados seres humanos transitaba a esa hora y entró a la casa, adentro se vio en el patio y vio que no era complicado subir hasta el tejado, solo debía tener cuidado pues sabía que por ahí vivía un gato, que si no estaba mal, era el que se había comido a sus hermanos,, buscó agujeros a donde refugiarse en caso de peligro pues era consciente que en un descuido el gato podría hacer acto de presencia, subió y subió y así llegó al techo, la quietud de la noche le permitía detectar algún ruido pero nada se oía, caminó por el tejado y fue cuando empezó a encontrar plumas, eran semejantes a las de Chucita, más plumas encontró y así llegó a un lugar donde encontró rastros de sangre y más plumas, aún sin haber conocido al joven lechuza, la tristeza se apoderó de él, era claro que el gato había hecho de las suyas y había terminado con la vida del hermano de su amiga.  Ya nada había qué hacer sino emprender el regreso y tratar de no ser el alimento de la Pelusa. No tardó en encontrar el camino por donde había subido y emprendió el regreso, llegó a la calle y la atravesó y así llegó a donde lo esperaba Chucita.

No tardaste mucho--- dijo la joven lechuza—y qué bueno que estés de regresó.
Encontré por donde subir al techo y allá no me tardé.

Muy bien y ¿Qué encontraste de mi hermano?

Fíjate que al llegar al tejado encontré plumas como las tuyas las que sin duda eran de tu hermano, caminé un poco y encontré rastros de sangre y más plumas, lo que me llevó a considerar que todo era de tu hermano, creo que fue víctima del gato que allá vive, ya no tenía nada qué hacer y me vine para no exponerme a que algún animal me atrape y más porque debemos comer.

Ya luego los dos amigos se fueron al campanario y ahí estuvieron hasta que el canto de Cantaclaro los hizo reaccionar, para la lechuza era hora de dormir, para Rumilo la de irse a su agujero y así lo hicieron.

Un día más pasó y la joven lechuza se encontraba en su nido, lucía bien, ya los malos momentos habían pasado, claro tres seres queridos ya no estaban, ahora sola tenía que valerse por sí misma.

Anochecía en el claro indicio para Rumilo de que debía ir a ver cómo se encontraba su joven amiga, por lo que salió del agujero y atravesó el patio hasta llegar a la puerta, ya ahí subió por las gradas hasta llegar a la última, ahí se detuvo, se asomó, volteó al nido y vio que ahí estaba su amiga.

Chucita—le habló—¿ Cómo te encuentras?, ya es de noche , es hora de levantarse.

Mi buen amigo—exclamó la joven lechuza—me encuentro bien. Para nada resentí lo de volar anoche y estoy lista para volar más lejos e ir por comida.

Muy bien, me da gusto oírte—dijo el joven ratón—veo que pasaste el día en el nido, es bueno.

Chucita voló hasta donde se encontraba su amigo Rumilo, los dos se estimaban y se sentían bien, la joven lechuza había embarnecido, sus garras estaban ya de buen tamaño, listas para asir las presas atrapadas, el joven ratón también había embarnecido, lucía bien y ya separado de su familia ahora buscaría una compañera. Los dos nada tenían que preocuparse de la comida y los peligros eran pocos, pero era un hecho que Chucita sí tendría que ir a otros lugares, no en busca de alimento sino a buscar un compañero, era la ley de la vida, debía continuar con la preservación de la especie.

La joven lechuza voló, iba en busca de alimento, era el primer vuelo que haría lejos de su nido, se sentía confiada. Rumilo la vio alejarse, le dio gusto ver como volaba bien.

Faltaba poco para amanecer cuando la joven lechuza llegó al campanario, el joven ratón la vio llegar y prontamente sus pasos dirigió a las gradas que dan al campanario, no tardó mucho en llegar a la última grada, ahí volteó hacia arriba y vio a su amiga.

Me da gusto verte—dijo Rumilo al tiempo que se iba al rincón—veo que te encuentras bien.

Sí, me encuentro bien, fui a un campanario no retirado de aquí, es de un templo que le llaman Los Dolores, no está retirado y por ahí encontré comida, en la torre encontré a dos lechuzas y me quedé un rato en gran plática, dicen que por ahí hay muchos gatos y muchos de tus congéneres, no quise invitarlas a que vinieran porque tú peligrarías, así que cuando pueda mejor yo iré a visitarlas.

Pues sí, con tus conocidas peligro, hiciste bien—dijo el joven ratón—así estamos bien y me da gusto que te relaciones.

Bueno, ahora quiero llevarte, antes de que amanezca, a dar un paseo, no nos vamos a retirar mucho, para esto es necesario que te subas en mí, así que bajaré a donde estás, te subes y nos vamos—dijo Chucita—

Rumilo se emocionó, iría por el aire, así que cuando su amiga estaba junto a él, ella se agachó para que subiera, el joven ratón como pudo se subió y se quedó en medio de las alas.

Estas bien, preguntó Chucita—

Sí, -- contestó el ratón—

Muy bien. Agárrate para que no te caigas, ya voy a volar.

El joven ratón se agarró, cuando la lechuza intentó volar Rumilo se ladeó y al suelo fue a dar.

Esto causó risa en la lechuza, que sus alas cerró y se paró.

Caray—dijo Rumilo—no puede ser, estaba bien agarrado a tus plumas, no puede ser. Bueno agáchate para subirme otra vez.

La joven lechuza se agachó y el joven ratón nuevamente se subió, se asió de las plumas y así estuvo esperando que nuevamente su amiga se elevara.

Allá voy, agárrate fuerte y no mires abajo—le dijo la lechuza—

Pues sí, Chucita se elevó y sintió como su amigo nuevamente se elevaba y caía.

¡Qué barbaridad¡-- exclamó Rumilo,-- no puede ser, simple y sencillamente no puedo, me agarré bien a tus plumas y no aguanté y acá estoy jajajaja.

¿Te pegaste? – Exclamó su amiga—algo te duele.

No nada, estoy bien solo que me caigo cuando tú te elevas.

Bueno, ya va a amanecer, ya no vamos a intentarlo de nuevo, ya en la noche nos vemos.

Rumilo bajó las gradas y sus pasos dirigió hacia la cocina, ya ahí no tardó en encontrar lo que tanto le gustaba, un pedazo de jitomate, se lo comió y luego en el bote de basura encontró pedazos de tortilla, se comió unos y otros se los llevó a su agujero, ya en este acomodó su comida y se dispuso a dormir.  No había pasado mucho tiempo cuando unos ruidos los despertaron, se fue a la entrada, se asomó y vio que su hermano discutía con otro ratón, a éste no lo conocía, era claro que venía de algún otro lugar, tal vez buscaba compañera o a lo mejor alimento, no pasó mucho tiempo en que el extraño se alejara y todo volvió a la normalidad.

Era raro que ratones de otros lugares abandonaran sus lugares, la comida en todos lados era abundante, así que Rumilo consideró que pudiera ser que ese ratón anduviera en busca de compañera la que ahí no iba a encontrar, afortunadamente, pensó, era de día, si no Chucita podría haberlo atrapado. Después se entró a su casa y se durmió.

En la noche Chucita se despertó, lucía bien, había dormido todo el día y se dispuso ir al patio a buscar a su amigo ratón, no fue necesario de esto pues Rumilo hizo acto de presencia, estaba en la última grada. La joven lechuza voló hasta donde estaba su amigo, se paró a un lado.

Me da gusto verte—dijo la lechuza a su amigo—dormí bien y ahora es tiempo de ir a buscar alimento, me es difícil encontrar para ti, no iré lejos y si encuentro algo que considere puedes comer lo traeré, aunque considero que no hay como que tú busques tu propia comida, voy y aquí nos vemos en un rato.

Rumilo se quedó solo e inició el descenso, llegó a la puerta y se fue al comedor, ahí siempre encontraba alimento así que no tardó en localizar un pedazo de tortilla la que enseguida se comió, luego se fue a su casa donde estuvo algunas horas y después subió al campanario, ya ahí vio que su amiga aun no regresaba, ahí se quedó a esperarla.

Chucita había llegado al campanario del templo de los Dolores, ahí encontró a dos lechuzas con las que entabló amistad, un rato después bajó a buscar comida y luego voló nuevamente al campanario, sus conocidos ya no estaban, el lugar le agradó y consideró que no estaba mal irse a vivir a ahí, no quería seguir viviendo en su casa, llegaría el momento de encontrar compañero y su amigo Rumilo peligraría, en esto pensó y pensó, era lo mejor para su amigo.

Un rato después emprendió el regreso a su casa, no tardó mucho en llegar y vio que ahí estaba su gran amigo.

Tardaste en llegar—dijo el joven ratón—con algo de pendiente me tenías pues son pocos las noches que han pasado desde tu primer vuelo.

Sí, me tardé, volé al campanario que fui la otra noche, ahí encontré a dos lechuzas con las que platiqué y luego busqué comida, pero ya estoy de regreso. Ahora dime qué has hecho, si ya comiste.

Aquí he estado una buena parte de la noche, luego fui a buscar comida y regresé a esperarte y aquí estoy.

Muy bien—dijo Chucita—me da gusto y ahora que ya está por amanecer es momento de dormir, ya en la noche te platicaré mis planes, así que nos vemos en unas horas.

Chuicita voló a su nido justo cuando se escuchaba el bien afinado canto del Cantaclaro.

Rumilo bajó las gradas y se dirigió a su casa, ya ahí se quedó dormido.

El día transcurrió y llegó el turno de la noche, Rumilo ya estaba despierto cuando la luna inició su recorrido, salió de su agujero y se dirigió a la puerta de acceso al campanario, subió las gradas y así llegó a la parte alta, Chucita estaba despierta y lo recibió con una leve sonrisa, ya tenía rato de estar despierta y había pensado bien lo de irse a otro campanario, lo difícil para ella era comunicárselo a su amigo, le dolía irse y abandonarlo, pero consideró que era lo mejor para no arriesgar la vida de quien la había ayudado en los momentos más difíciles de su vida, voló y se posó al lado del joven ratón.

Hoy es una noche especial—habló la joven Chucita—eres lo mejor que tengo, lo que más quiero y aprecio, me ayudaste en los momentos más difíciles, de no haber sido por ti hubiera muerto de sed y hambre, te debo la vida y te has convertido en mi amigo…

Espera, espera—intervino Rumilo—no te ayudé por interés ni nada, lo hice porque necesitabas ayuda, ahora somos amigos y eso es lo que cuenta…

Así es, pero ahora he tomado la decisión de dejarte, y esto me duele mucho, pero lo hago por ti, me iré a otro campanario, allá viviré y lo hago porque de seguir aquí, no faltará una lechuza macho que me vea y vendrá y peligrarás, tu formarás también tu familia y tendrás compañera e hijos y si más lechuzas vienen todos estarán en peligro, lo mejor es que me vaya, claro que vendré seguido a visitarte.

Te entiendo y te agradezco, ¿Cuando te vas?

Me voy hoy—dijo Chucita con voz apenas perceptible—no es bueno que siga más tiempo aquí, conoces mi voz y sabrás cuando venga, claro que siempre estaré sola.

Está bien, te extrañaré—dijo Rumilo—te quiero, te aprecio, eres como mi hermana y se que es difícil que sigamos como hasta ahora, soy alimento para tus congéneres y efectivamente peligro.

Chucita no apartaba los ojos de su amigo, sufría, mucho le dolía irse, pero le quedaba el consuelo de que lo seguiría viendo cuando lo visitara. Ya nada se dijeron y la joven lechuza alzó el vuelo. Rumilo la vio alejarse y por un momento se quedó estático, luego bajó las gradas y se fue a su agujero y ahí se quedó.
                                                            

FIN.

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