martes, 5 de julio de 2016

7765. OLLA PODRIDA.

Por Rafael Ceja Alfaro.
Docente, escritor y articulista.
Desde Zamora, Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

Mi viaje por el territorio oriente de nuestro bello Michoacán, cuando era agente de ventas, lo iniciaba en Carapán visitando todos los pueblos y ciudades, todos, hasta llegar a Valle de Bravo en el Estado de México. La otra parte del Estado la trabajaba en la segunda quincena del mes, haciendo el recorrido hasta La Costa Chica de Guerrero.

Recorría la ruta todavía maravillado por las grandes extensiones de bosques, se antojaba bajarse del vehículo y aspirar el aire puro y los olores a ocote y vegetación que nos obsequiaba la naturaleza, más aún, si recién había llovido. Así como disfruté por años el paisaje también degustaba los antojitos propios de cada lugar, que no llevaran crema, mantequilla, mayonesa y otros lácteos, mi organismo solo acepta quesos y no de todos.

Claro que los consumos iban de acuerdo con los viáticos que la empresa nos permitía, como podía ser un “Tamal morado” en Carapán o una torta con “El Chachi” en Purépero o un copo de nieve artesanal en Zacapu, lo mismo que unas carnitas en Quiroga. Dependiendo también de la hora en que me tocara pasar.

En el Mercado Municipal de Avandaro disfrutaba de nopales guisados con frijoles de la olla y tortas de camarón. En Huetamo solamente estaba una o dos horas y me gustaba sentarme en La Plaza bajo la sombra de los gigantescos tamarindos saboreando una que otra vaina que generosamente dejaban caer.

En la 3 veces Heroica Zitácuaro me acercaba de gorrón, pueden creerlo, con Toya, esposa de mi tío Bernardo, que vendía unas enchiladas “para chuparse los dedos”. En eso de los antojitos, Ciudad Hidalgo, la Antigua Tajimaroa” siempre la pase “sin tocar baranda”, al igual que en Huetamo, tenía un solo cliente y me atendía en un tris.

Al llegar a Morelia me hospedaba en el Hotel Presidente, cercano al Pollocoa de Las Tarascas y ya sabrán. De ahí me trasladaba al “Pueblo Mágico” Pátzcuaro, hermoso lugar donde hacía base por unos días para recorrer los pueblos del rumbo tal como lo hiciera el personaje estrella en la obra de don José Rubén Romero, digo, además de Rosenda.

Primero visitaba los clientes locales combinando trabajo con alimentación porque a veces era un taquito con los clientes y otras veces era un menudo caliente y rico con aguacate por el rumbo de La Estación, al medio día en Las Redes un delicioso pescado blanco, pero antes de eso unos charales y en las frías tardes, en la Plaza de Gertrudis Bocanegra un anisado Atole de grano.

El primer recorrido iniciaba en Opopeo y a la izquierda enfilaba a Tacámbaro, a imaginar a Mariquita Linda que la inmortalizó don Marcos Augusto Jiménez Sotelo, pero que nos enamoró a todos los que conocemos esa bella e ingenua canción, mi padre se la dedicaba a mi mamá cada vez que era posible. Esta inmortal canción es una de las más escuchadas ya que ha sido traducida a más de 10 idiomas, “Adiós Mariquita linda”, tan bonita que ha superado la prueba de los siglos.

 Seguía a Puruarán, Pedernales y Turicato. Por las prisas y los pocos clientes en estos pueblos saboreaba unas ricas tortas con queso, jitomate, cebolla y chiles jalapeños o de sardinas, eso sí, con un Jarrito de tamarindo, en la tienda que hubiera modo.

Al día siguiente salía rumbo a Santa Clara del Cobre, en la plaza del lugar está un señor que vende unas tostadas de “Carne apache” muy sabrosas, en una lata alcoholera acondicionada como un pequeño horno calienta las tostadas ante el fresco clima del lugar y me comía dos o tres, no más porque debía continuar el viaje a Ario de Rosales y La Huacana.

En uno de esos viajes llegué en un afortunado día a Ario de Rosales. Mi cliente en esa población, Don Juan, hombre un poco viejón, de pueblo, generoso, hospitalario, bondadoso, estaba preparando una “Olla Podrida”. Primera vez en mi corta vida, en ese tiempo, que yo escuchaba ese término, por eso mismo me asalto la curiosidad total y de inmediato mi espíritu de investigación se puso en acción: qué es, con qué se come, y pa qué sirve.

Me acerqué a una “bolita” que brindaba y platicaba alrededor de un pozo en el que habían enterrado la ya famosa e intrigante Olla Podrida; entre don Juan y los demás invitados me fui dando cuenta que previamente se excavaba un pozo cuya profundidad se calculaba por el tamaño de la olla, se hacía fuego con leña y carbón para ponerla a una muy alta temperatura, mientras ellos hacían esos preparativos, ellas preparaban y condimentaban el guiso con una compleja receta.

“Seré breve, dijo Martín” se le pone carne de res, de cerdo, de pollo y de borrego, todas las verduras a su alcance, 10, 15 las que se tengan a la mano, chiles de varios tipos, hasta pasilla y no recuerdo además del ajo cuántos condimentos más, lo que sí recuerdo es que debía llevar pulque, cerveza y brandy. ¿Quieres más?

Ya todo eso en la Olla, se le pone unas pencas de maguey para que “apriete” enseguida se sella la tapa con masa de nixtamal para que no se escapen olores y sabores. Ahora sí, con más leña y carbón encendidos se “entierra” y mientras que el fuego y el tiempo hacen su trabajo, los convidados con mezcal en mano intercambian puntos de vista escuchando música de la región.

Pasan las horas, muchos estamos a punto de elevarnos al Sky Etílico y de pronto se escucha una voz salvadora “¡Ya estuvo!”  “¡Ya es hora del destape!” como no era tiempo de elecciones, me supuse que era el destape de la mencionada Olla. En ese despertar se nos invita a retirarnos porque ya van a destapar la Olla, mi espíritu investigador y aventurero me acerca a ver, ya que no soy muy conocedor del destape, de ollas porque del presidencial ya sabía uno como más o menos iba eso.

Resulta que casi es lo mismo, podemos hacer una analogía con el tema, la Olla apesta a podrido, a muerte, a caño, a corrupción a no sé cuántas vomitadas, las Cámaras de casi todo el país también están compuestas por una variedad de carnes que mezcladas se corrompen, hasta sin verduras, si acaso con jugos de maguey, uva, cebada, trigo y otros granos.

El olor inundó hasta el último extremo de la huerta, los perros se taparon la nariz, los pájaros huyeron volando y eso que estábamos en lugar abierto, poco a poco el aire se fue llevando aquel hedor y a paso de gallo gallina nos fuimos acercando a la mesa central, me dieron un pedacito y entre el mal olor y el hambre lo probé y ¡Qué barbaridad! ¡Qué delicia!  Me quedé cerca tratando de repetir, cosa que conseguí y para que no me fuera a hacer daño me protegí con mezcal de la Sierra.

La carne queda suave y extremadamente sabrosa, rica. Entre el exceso en la comida y la bebida me invadió una pesadez, --“esa comida es de mucha sustancia—me dijo Don Juan, por eso le da sueño” mi sopor era tal que no me fue difícil decidir quedarme en un mesón con cara de hotelito y que por cierto dormí oyendo los ruidos del bosque entre congestión, cansancio y cruda. ¡Que se repita!

No así las otras carnes que conservan hasta el fin de sus días el olor putrefacto, el olor a perro muerto.

Bueno por hoy.

Saludos a Toda mi Familia y a Todos mis Amigos al tiempo que los invito a las oficinas de mi Amigo Lic./Notario Fidel Martínez Acevedo el próximo miércoles 13 de julio a comentar entre amigos mi libro “A lomo de camello.”

Rafael Ceja Alfaro.

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