martes, 19 de julio de 2016

7829. EL LUGAR EQUIVOCADO. EN EL MOMENTO EQUIVOCADO.

Por Rafael Ceja Alfaro.
Docente, escritor y articulista.
Desde Zamora, Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

EN EL MOMENTO EQUIVOCADO.

Suele suceder que el destino, el azar, la suerte o como le queramos llamar, nos pone en apuros cuando menos lo esperamos, pero ¿Qué se puede hacer?

Miles, tal vez millones de historias, de anécdotas cuentan también de que en ocasiones la Dama Fortuna, porque también suele suceder, favorece a algún apostador, por ejemplo, en Las Vegas. He escuchado historias como ésta muchas veces: “Fíjate que cuando llegué a esa máquina, se acababa de quitar una señora que le metió mucho dinero y no ganó nada, y en cuanto me senté que le atinó, ¡Nomas se oía el ruidajo en la lámina!”. Que persona tan afortunada, ese ruido metálico no lo olvidara jamás en su vida.

Y así llegamos a escuchar el hallazgo de una cartera, de una medallita, tal vez la que perdió el galán de Carmen o algún otro objeto de valor. Pero también en otro lugar se escucha el sentimiento de quien lo perdió. O ya no se escucha, si lo que se perdió fue la vida.

Les contaré, espero no haberlo contado antes y de ser así, espero que no los enfade. Si hubiera sido aficionado a la pesca, sería un triunfo, como no lo soy, fue una pena, pero como dice el corrido: “Se encontraron dos mancebos” es decir, nos tocó encontrarnos a un marlín y a mí en un momento nada adecuado. En aquellos años en que nuestro peso tenía un buen poder adquisitivo, nos fuimos con unos compadres a vacacionar al bello Puerto Vallarta. En cuanto llegamos y nos instalamos, mi Compadre Espino, muy aficionado al deporte de la pesca nos avisa que ya tiene rentado un yatecito para el día siguiente. Llenamos las hieleras, preparamos las botanas, la ropa adecuada, nomás faltó el trajecito de marinero, el nuevo, no el de la Primera Comunión, revisamos anzuelos, curricanes y redes.

A la mañana siguiente pusimos el hielo en las “chelas”, las botanas, todo, hasta el cebo. No todos quisieron hacer el viajecito en el yate y los que sí, nos acomodamos en los lugares convenientes para cada cual. Mis compadres se acomodaron en los sillones de los curricanes con las cañas preparadas, yo busque un lugarcito con sombra, la brisa en la cara y la chela en la mano.

Por pura casualidad nos terminamos las frías al mismo tiempo y cada quien acudió a la hielera, al regresar bien armado, paso por uno de los sillones de los curricanes y el marino me señala que algo estaba picando en ese anzuelo, ¿Y? -pues siéntese y vea que atrapó- ¡Zas! Y ahora qué hago- no jale muy fuerte ni deje que se le vaya, cuando sienta que el pez resiste, manténgase firme y si el pez afloja, jale el sedal y enróllelo cinco vueltas- ¡Fácil! 

Después de no recuerdo cuántas horas de aflojar y jalar, ya me dolían los brazos y cada vez se ponía más pesado aquello que venía atorado en el anzuelo. Todos en el yate me apoyaban con sus frases y el Capitán me decía -Ya atraparon un marlín, no afloje- pues en una de esas, que salta tamaño animalote y aún sin darme cabal cuenta de lo que pasaba, el marino medio lo atrapa con los brazos y al momento lo tira sobre cubierta golpeándolo con un pesado mazo, el gris, casi negro y enorme pescado está muriendo y su muerte la refleja con vivos y llamativos colores, hermoso animal que lástima que muestre su belleza solo cuando está muriendo. Ya no saltara haciendo piruetas sobre las azules aguas que con las blancas espumas enmarcaban su silueta contra el azul del cielo.

Ahora yace ahí sobre cubierta junto con mi pena por ser yo quien lo atrapó, nunca en mi vida había matado ni siquiera un sapo y en ese mal momento nos fuimos a encontrar. Al llegar al muelle lo medimos, 2.61 metros de la punta de la cola a la punta de la nariz, me ofrecieron mandarlo al banco de pieles para que me lo regresaran disecado y colgarlo donde se viera que yo era un criminal, donde pudiera presumir mi trofeo. No acepté. Se lo cuento para desahogarme de ese fugaz y para mí, triste momento en que el destino me puso en el lugar equivocado en el momento inesperado.

Estamos viviendo una época de “daños colaterales”, difícil para todos, fatal para muchos. Difícil saber o adivinar en qué lugares podemos estar, a qué lugares no debemos acudir, por dónde debemos transitar. Muchos amigos me comentan que al salir de sus casas su plegaria egoísta es: Dios mío, que no me toque a mí. Expresamos pues, que puede tocarle a quien sea, expresamos que “se haga la voluntad de Dios, pero en los bueyes de mi compadre” expresamos que poco a poco nos vamos deshumanizando, insensibilizando. Es que, en la actualidad, como dice Estelita Núñez en una de sus canciones: “La Vida vale poco casi nada” y me queda claro que perder el significado del real valor de la vida es nuestra mayor tragedia.

La pérdida de ese valor, si, precisamente es el valor que permite que todos los demás valores puedan surgir debe recuperarse en su totalidad, los caídos, de cualquier nación, color, bando, sexo o edad, siempre tienen unos padres, unos hijos, una compañera o alguna persona a quien hacerle falta y la que sufrirá por su ausencia.  

¿Cómo será el terror de quienes les toca estar en medio de un tiroteo oyendo las balas silbar una tonada de muerte? Estar indefenso y en ese momento más que nunca rogar a Dios que exista y lo proteja.

Nuestras expresiones la mayoría de las veces son: “Ya le tocaba”, “en que andaría” “Ya lo dijo el Padre Bruno en su muy sentida carta, la pena que ha de ser de uno, solita llega y se ensarta”, el dolor ajeno es eso, ajeno.

Y ¿Qué hacer? Para realizar nuestras actividades debemos salir de nuestras casas, andar en la calle, salir al trabajo, de compras, a comer, a una diversión, la vida no está en un rincón, la vida fluye en las actividades, en la acción. La vida es dinámica, es acción, es VIDA.

Elevemos plegarias y evitemos estar en el lugar y momentos equivocados,

¿Y dónde es eso? ¡Sepa!

Por lo pronto hasta aquí.

Saludos cariñosos para Todos mi Familia y Todos mis Amigos.

Rafael Ceja Alfaro.

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