viernes, 22 de julio de 2016

7840. LA CREMA Y LA NATA.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

La crema y la nata.
Un tío de la abuela Elena, muy exagerado, echó de su casa a una de sus hijas que había “manchado el nombre de la familia” por un ‘mal paso’ que dio (no dio eso, pero así se decía antes cuando tenían bebé indocumentado). Luego la abuela dejó Autlán (ya casada), y contaba sonriendo que hasta muchos años después regresó -precisamente al funeral del exagerado y severo tío-, pero no reconoció las calles, se metió a una tienda a preguntar y nadie le daba razón, hasta que les dio señas y uno exclamó: -¡Ah, sí, la casa de las güilas! -…

Si los que habitamos este nuestro risueño país estamos o no de malas, si es o no cierto que hay “malestar social”, es cosa que ignora el del teclado (y los que lo afirman). Lo cierto es que en los medios de comunicación y en lo que teclea la gente en sus aparatitos portátiles (‘redes sociales’), no es raro que se echen pestes en contra del gobierno e igualmente cierto es que en las encuestas, por ejemplo la que hace la Cámara de Diputados federal, funcionarios públicos y partidos políticos, salen muy mal parados. Insisto: si eso es el ‘malestar social’, es cierto.

¿Qué causa ese malestar social, este sentirnos permanentemente enchilados?... ¿la corrupción?... no parece ser eso; veamos:

Es innegable que los partidos políticos están muy por debajo de las legítimas expectativas de la ciudadanía, que funcionan representando los intereses personales y de grupo de sus directivos en lugar de los de sus representados: sean o no corruptos, son en general, una abundante fuente de decepción y desaliento de la sociedad. La función primera y natural de los partidos políticos es cohesionar y organizar a los ciudadanos que coinciden en los objetivos sociales que proponen los propios partidos. Sin ellos, la sociedad se desarticula, se vuelve invertebrada. Un despelote, pues (como estamos).

Agregue que la parte Ejecutiva del gobierno es conducida por aquellos de los partidos políticos que ganan los procesos electorales para eso, para hacer realidad los objetivos propuestos y es innegable que no lo hacen: llegan al poder para seguir representando sus intereses y los de su grupo (político y económico). Y se presenta un fenómeno similar en la parte Legislativa y Judicial, que ratifica a la gente común que la ley no está de su lado ni es garantía efectiva de nada.

Con y sin robar del erario esa es la principal fuente de desaliento social: el gobierno no ve por el conjunto de la sociedad sino por sí mismos, por sus socios y por sus amigos (cómplices, perdón, que estos no tienen idea de lo que es la virtud de la amistad).

Aparte de todo eso, no es raro que gobierno y partidos políticos se dediquen a hacer negocios, derechos y chuecos. De ninguna manera dirá este su texto servidor que se equivocan los que piensan que nuestros políticos y funcionarios públicos son unos sátrapas, ladrones, mentirosos, viles, zafios, bellacos, estafadores, canallas, ruines, bajos, malvados, rufianes, embaucadores, truhanes y camanduleros (si es usted seguidor de los usos y costumbres de los mujeristas -que no feministas, esos son gente seria-, ahí por su cuenta pone el femenino de cada cosa).

No, no se equivocan, sí son todo eso, aceptado… pero -¿Todos?... -No, no todos… -¿Cuántos?... -La mayoría… -¿De veras?

Tome en cuenta que según los Indicadores Macroeconómicos del Sector Público del 2014 del Inegi (si hay información más reciente, disculpe usted), en el gobierno del país hay poco más de 5 millones 350 mil trabajadores (gobierno federal, 20.5%; gobiernos estatales, 49.3%; instituciones de seguridad social 21.6%; Pemex y CFE, 8.6%).

Sostiene López la imposibilidad de que 5 millones 350 mil de empleados del gobierno sean unos demonios, todos y cada uno. Por supuesto que tampoco son santos, habrá alguno no muy trabajador  y puede que hasta algunos que cuando menos alguna vez han agarrado un clip, un lápiz o dado su propinita al que les checa la tarjeta, lo que no es virtuoso, pero no los hace merecedores de alguno de los adjetivos de hace cuatro párrafos.

Es en el nivel de mandos del gobierno donde pueden darse abusos y corrupción, porque es el nivel en el que se toman decisiones. En el gobierno federal hay poco más de 100 mil funcionarios de nivel medio y superior y los estatales son unos 240 mil (manteniendo la proporción del total de trabajadores); o sea: ¿hay 340 mil bellacos?... no, sigue pareciendo un exceso (además, muchísimos de esos ni cerca están del dinero).

Cómo saber cuántos son los que bolsean a La Patria… pues no hay manera, pero podemos hacer al revés: a ver, ¿cuántos escándalos hay?... sí, vamos repasando: ¿cuántos gobernadores andan dando escándalo por sus raterías y abusos?... ¿cinco, seis? (y son 32, contando al de la CdMx), lo que es más, ni sus nombres sabemos, no son noticia, no dan qué decir. ¿Cuántos altos funcionarios ladrones han exhibido en los medios?... pues, tres o cuatro; se insiste en que ya sabemos que todos los demás no son unos santos, pero en grabaciones estilo OHL, en actos cuestionables, estilo Higa, pocos, muy pocos.

-¿Y…? -dirá usted con buen juicio- ¿ahora resulta que hay que dar gracias a Dios por lo estupendos que son nuestros funcionarios? No, claro que no.

La corrupción del cartero que se roba una revista, del agente de tránsito que recibe propinas, la corrupción de morralla, no es la que tiene trinando a la gente y al país bajo la lupa de organizaciones internacionales.

Esos pocos (proporcionalmente, poquísimos), quienes hacen los grandes fraudes y los inmensos negocios (narco incluido), son los que nos tienen así y con esa fama ante el mundo. Esos muy pocos.

La corrupción que erosiona al erario y daña al país, sí se puede erradicar y pronto, sin tantas leyes que no garantizan nada. Depende de quien encabece el Poder Ejecutivo federal. El Presidente puede y debe controlar a los secretarios de su gabinete y traer marchando a los gobernadores pillos. Por eso, los de unos años acá y estos de ahora mismo, son del albañal, la crema y la nata.

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