lunes, 25 de julio de 2016

7850. ESTÁ QUE ARDE.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde  el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Está que arde.
Tía Queta y tío Daniel eran un poquito desordenados, un poquito consentidores y un poquito desobligados. Tuvieron tres hijos que fueron un poquito malos estudiantes, un poquito desobedientes y un poquito maleducados. Un poquito de todo eso, sumado, daba el despelote de casa que tenían. Una tarde alguien le fue a contar a la abuela Elena que los tres chamacos esos estaban en la Correccional para Menores por algo que habían hecho, y la abuela comentó: -¡Tcht!, eso cría la gente como Queta y Daniel, carne de presidio… ni remedio –y tuvo razón, no tuvieron remedio jamás. Triste.

Si usted cree en la suerte, está bien: ha de haber. Lo que no hay ni habrá son países con mala pata, eso no. Créamelo, no existe.

Tampoco existe que las cosas se ordenen solas. Un cuadro colgado en la pared se enchueca, por lo que sea, porque estaba al tentar y acabó venciendo la fuerza de gravedad, pero jamás se ha dado el caso de un cuadro que se enderece solo. Un vaso cae, se rompe y se derrama el agua, pero lo que ni a Hollywood se le ha ocurrido es lo contrario, que un vaso se recomponga solo, el agua brinque a meterse dentro, y se trepe a la mesa. Las cosas nunca se ordenan solas. (Téngame paciencia).

De la misma manera nadie se pone a regar y cuidar su parcela esperando levantar una buena cosecha, si sabe que no sembró.

Parece que en esas tres cosas estamos más o menos todos de acuerdo: no hay países destinados al fracaso por designio de Hades; nunca se arregla algo por sí mismo; y no hay ninguna posibilidad de efecto sin causa.

Bueno… ¿de dónde, cómo, espera el gobierno que las cosas mejoren si las siguen haciendo igual? Se necesita confiar en la buena suerte en grado imbécil para suponer que los problemas sociales se van a resolver si no se hace nada serio para resolverlos, no digo de un día para otro, pero trabajar con eficacia y decencia para estar cada día un poco menos mal, un poco más cerca de la solución.

Cuando se entera uno de matazones y linchamientos, que la delincuencia organizada en todas sus no pocas variantes sigue a sus anchas, que la corrupción de altos vuelos campea por sus fueros, que la pobreza crece, que se nos sigue deshilachando el respeto por políticos, partidos e instituciones, entonces, ante tal panorama esperpéntico, y ante la evidencia de que el país no se conduce con la ley como norma única de convivencia, la conclusión es que lejos de estar nuestros gobernantes esperando que las cosas se arreglen solas, están haciendo lo contrario, porque no las están mejorando, las están empeorando.

Al mismo tiempo, si no le es muy molesto, se le solicita haga memoria o repase algún libro resumido de historia universal: nunca se ha compuesto un país que ande de cabeza, así nomás, por pura buena suerte. El despelote del imperio romano terminó con el imperio romano. El equilibrio de idioteces que era la aristocrática Europa hasta el siglo XIX, llevó a la Primera Guerra Mundial, con un mala tregua, el Tratado de Versalles, que provocó la Segunda Guerra Mundial, derrumbe definitivo de la idea imbécil de que la masa estaba al servicio de los pocos que tenían derecho a todo nomás porque sus mamás los parían. Sí cómo no.

Piense cómo se resolvió el absurdo régimen de España que rigió hasta principios del siglo XX: con una feroz guerra civil que los dejó en una dictadura de pesadilla cuyo yugo nunca se quitaron (Pancho Franco murió de viejo y en su cama); pero  el resurgimiento del país no fue por suertudos, sino por el talento de unos cuantos, sumado a otros tantos que se tragaron muchos agravios y juntos todos, de acuerdo todos, establecieron nuevas leyes. Sí, fue un borrón y cuenta nueva, tal vez indebido, que dejó sin cobrar los infinitos crímenes del franquismo, pero a fin de cuentas, les funcionó al sujetarse, ahora sí todos (empezando por el Rey), a las mismas leyes.

Revise la historia de Latinoamérica: es un museo de golpes de estado, revoluciones y regueros de sangre, pero ninguno de esos países ha pasado del caos al orden, de la dictadura a la democracia, de la pobreza al progreso (los que lo han hecho), sin una causa eficiente que consiguió el efecto buscado (o lo más parecido, que en estas cosas nunca hay completo).

Nuestro país, va siendo hora de que se enteren nuestros gobernantes, no puede seguir como va sin que sea mayor el riesgo de que pase algo gordo. Los que están ahora mismo trepados en el poder, los que hoy por hoy tienen el pandero, esos, estos, no tienen remedio. Ni quieren, ni pueden. Sería perder el tiempo sugerirles que cambien su manera de gobernar, que mejoren su conducta. Toca ser responsables a los que vienen tras estos.

Lo primero para que se quieten las aguas es que desde el inicio del próximo gobierno federal (y algunos estatales), la impunidad cese de inmediato. Sin mesianismo, sin persecuciones disfrazadas de aplicación de la ley, aplicar la ley. Se atreve a asegurar este López que una seria y completa investigación de los hechos y actos de los que hoy ejercen en el Poder Ejecutivo, seria y completa, agregue usted, serena, sin ninguna licencia al espíritu de venganza ni a querer asumir el papel de redentor patrio, sería un primer paso muy firme rumbo al estado de derecho que nunca hemos tenido a cabalidad.

Para que eso sea posible, todos los partidos políticos deben comportarse a la altura de las circunstancias en la campaña del 2018 y sin pactar más ya ninguna otra vacilada de las que estilan y nadie creemos, al entrar en funciones el nuevo Congreso, nombrar una Comisión Nacional de la Verdad, cuyos integrantes sean del todo ajenos a cualquier interés político (y gente de calibre y decencia a prueba de bomba, sobra).

Eso o el Diluvio, que en este caso es que se las impongan desde el extranjero, como el imperio se lo hizo a Guatemala con la ‘Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala’, organizada por la ONU, que llevó a la cárcel al ex presidente Otto Pérez Molina.

Dirá usted que esto no es Guatemala y tiene razón, esto sí está que arde.

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