martes, 26 de julio de 2016

7856. JUGANDO CON FUEGO.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI
     
LA FERIA

Jugando con fuego.       
Calpurnia se llamaba y no hubo quien se atreviera a llamarla así -contaba la abuela Elena-, porque no le gustaba y era de pocas pulgas, aparte de una mujerona de pelo en pecho, que parecía caballo percherón, más macha que muchos, buena para pelear a mano limpia y a balazos también, de la que se decía, mató una res de un puñetazo no en la cabeza, en el vientre, que es más difícil. Le decían doña Nita. Su madre murió al parirla y quedó de hija única de un vasco -don Julio-, que fue a dar por allá a mediados del siglo XIX, del que heredó un rancho más grande que chico que defendió a tiros cuando se le fueron encima unos que pasaron a mejor vida por creer que podían quitárselo a la huérfana, y otro rancho poco mejor, heredado al enviudar del valeroso autleco con quien tuvo nueve hijos varones y seis mujercitas, que también costó unas cuantas vidas de otros que creyeron que a la ‘viudita’ esa la podían despojar. Muy trabajadora, creció lo heredado y más, conforme los hijos llegaban a edad de ponerlos al frente de nuevos ranchos (a los 15 ó 16 años, eran los tiempos), y luego a los yernos también, de manera que pasadita de 50 de edad tenía más tierras de las que conocía, era la más rica después de don Aselio y se fue a vivir a una casona que mandó construir en el pueblo, donde se dedicó a cuidar sus canarios, a cocinar, que era lo que más le gustaba, y a recibir el dinero que cada hijo y cada yerno le debían entregar cada año, porque a todos puso cuota para no batallar llevando cuentas. Todo iba muy bien hasta que entre los yernos se gestó una pequeña revuelta porque, le dijeron las hijas (cualquier día iban a ir ellos a decirle nada), ya nomás ‘cuidaba sus canarios y ponía la mano’, mientras ellos se rompían el alma trabajando. Doña Nita, a volapié, les respondió: -Díganle a sus esposos que pueden trabajar en santa paz, porque todo mundo sabe que, aparte de mis canarios, los cuido a ellos, que ya se verá si pueden cuando yo falte –y no pudieron, decía la abuela sonriendo.

Los gobiernos de todo el planeta tienen el monopolio de la exacción y el de la violencia. A diferencia de la gente, los gobiernos pueden tomar parte de lo ajeno (los impuestos), y usar la violencia para cuidar de todos e imponer la ley. Los impuestos en todas sus presentaciones (impuestos, derechos, aprovechamientos, etc.), deben ser justos pero aun no siéndolo, el gobierno los cobra y si no se le pagan, embarga y hasta encarcela a los morosos. La violencia en todas sus variantes, sujeta a reglas, desde un arresto administrativo a la pena de muerte, de una redada con granaderos a poner orden con gases lacrimógenos, macanazos y balazos, sólo la puede ejercer el estado (sinónimo ahora de ‘gobierno’, aunque no muy apropiado). Así, quedamos: impuestos justos y violencia legal.

En ningún país se considera que es gobierno una estructura administrativa incapaz de cobrar impuestos o retener para sí el monopolio de la violencia. No es una cosa o la otra, son las dos. Si hay evasores de impuestos es lo de menos, se les corretea y ya, el asunto es que no haya nadie distinto al gobierno poniendo impuestos y cobrándolos. Si hay gavillas de facinerosos armados, también es lo de menos, el gobierno los enfrenta, los detiene o los mata y sanseacabó.

La situación de Colombia durante medio siglo fue (y es) gravísima precisamente por eso: en más de un tercio del territorio del país, la guerrilla cobraba impuestos y sus tropas mandaban: sin actas de independencia, eran y son gobierno (que falta mucho todavía para quitarlos). El gobierno al no poder imponerse con su propio ejército, se vio obligado a pactar (como hicieron hace poco, el 23 de junio pasado, el presidente Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, las afamadas FARC).

La fuerza obvia de las FARC se debe a varias razones una de las cuales (nada desdeñable), fue el continuo flujo de dinero que los barones de la droga les daban, con tal de que les permitieran producir y exportar cocaína. La dirigencia de las FARC, argumenta que no recibía dinero de los narcos, sino que cobraba un ‘impuesto’ a los cocaleros, a los agricultores que producen la hoja de coca, con el que podían mantener su lucha (comprar armamento, por ejemplo), pero investigaciones serias han concluido que la realidad es que cobraban por cada gramo de cocaína producido y exportado.

En nuestro país no es secreto que mucha gente paga ‘piso’ a los malandrines para poder seguir trabajando y para poder seguir respirando con regularidad. La cantidad que colectan las bandas por ese concepto, que sepa el del teclado, no se ha estimado; y no agregue usted lo que cobran por secuestro, porque eso no es impuesto, por ilegal que sea, sino rescate, en tanto que cuota que impuesta a comerciantes y empresarios (se dice que hasta algunas mineras lo hacen), es una contribución obligada que pagan. En otras palabras, se ha roto el monopolio exaccionador del Estado.

Por otro lado: nuestro gobierno contra lo que proclaman algunas organizaciones y medios de prensa, es cada vez más tímido en el uso de la fuerza legal y vemos que a la luz del día se hacen cosas que la ley prohíbe (como bloquear carreteras, calles, servicios públicos, etc.); y su no usar la fuerza es por varias razones, entre las que destaca la falta de autoridad moral que de antemano legitime ante la gente su intervención violenta (que debe ser legal: no excesiva, no brutal, evitando en lo posible lastimar a la gente, evitando hasta lo imposible matar, pero, en su caso, hasta macaneando cabezas, balaceando agresores y si hay muertos, pues, qué pena, hubo muertos). El gobierno sabe que no puede hacer eso porque sabe que no pocas acciones de protesta son legítimas y resultado de su propia torpeza… aparte de que al político promedio de ogaño, le importa un pito: se conforman con patear el bote y que quien venga después arree.

Pero cuando la mayoría se da cuenta que en los hechos no hay gobierno… sí, están jugando con fuego.

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