viernes, 29 de julio de 2016

7871. ¡AHORA O NUNCA!

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

¡Ahora o nunca!
Usted se ha acordar de tía Beatriz, la llorona estelar de cualquier velorio, señora toluqueña (lado materno) que dedicó buena de su vida a probar que era dueña y señora del sufrimiento, capaz de deprimir al Sambódromo de Río de Janeiro en la más bullanguera noche de carnaval. Bueno, pues la especialidad de tía Beatriz era enloquecer médicos. Eran tiempos en que no se estilaba que lo mandaran a uno a hacerse análisis de todo inmediatamente después de decir, ‘buenas tardes, doctor’: -“Perfil tiroideo, sangre, capacidad respiratoria, prueba de esfuerzo, ADN, visión periférica, prueba auditiva, escaneo de tronco y extremidades, electrocardiograma, encefalograma, habilidad manual y capacidad psicomotora en bicicleta fija, chiflando y tragando pinole… lo veo con sus análisis completos, afuera le paga a la señorita” –y uno nomás iba a decirle que por favor moviera el coche. Bueno, pero en aquellos tiempos, los doctores iban a la casa del enfermo, lo auscultaban, le oían el corazón y los pulmones, le hacían sacar la lengua y le revisaban los ojos y los oídos, preguntando qué sentía uno, qué molestias tenía y ahí era la de tía Beatriz, que si tenía una gripa con tos seca, aprovechaba para inventarse los más estrambóticos síntomas para que el médico quedara convencido de que se había sacado el premio gordo de los pacientes y jamás le atinaban a qué tenía (qué no tenía), y nunca la curaron de nada, que se curaba sola con esa salud de hierro que Dios le dio.

A nuestra risueña patria hay quienes le endilgan los peores males sociales, políticos, económicos, empresariales y deportivos… y no es para tanto. Sí, la cosa no es como para echar cuetes, pero tampoco para cuidados intensivos, pronóstico reservado y aprovechar el tiempo yendo a pedir cotización a la funeraria.

Por supuesto ayuda a esa percepción la actual administración federal (y algunas estatales, aunque no me lo crea), que sin hacer las cosas tan mal, va dando tumbos por metidas de pata de chamacos, porque para abrir boca, don Peña Nieto, de oficio político, tiene poco; revise su biografía y verá que no es y no puede ser político un señor que de una de las universidades de élite -la Panamericana-, se fue al Tec de Monterrey a sacar una maestría (en Administración de Empresas); trabajó en un despacho de abogados (Laffan Muse y Kaye Corporativo San Luis) y en una notaría pública -la 96 del entonces DF, hoy CdMancera-, después pasó a secretario particular del  Secretario Desarrollo Económico del Estado de México (en 1993, gobierno de Emilio Chuayffet), chamba administrativa nada relevante; y luego, con su ‘tío lejano’ de gobernador, Arturo Montiel: subsecretario de Gobierno, secretario de Administración, candidato a Gobernador, Gobernador y de ahí ¡al Cielo!: Presidente de la república. Y con esa experiencia de trabajos administrativos y seis años de gobernar su estado, arropado por una clase política poderosa y adinerada, es quien está al timón de la patria y la conduce con su mirada de viejo lobo de mar entre tormentas y tifones, huracanes y tempestades (fondo musical, ‘El buque fantasma’, de Wagner… ¡ajúa!).

Eso, no ayuda y menos si se fue deshaciendo de los expertos políticos masca-vidrio que tuvo con él (don Beltrones, el más reciente que echó por la borda). Pero, ni modo, así son las cosas.

Más grave es que realmente no sabría uno por dónde empezar para arreglar el país, pues si se lee un resumen de nuestra historia (hasta uno de la revista ‘Contenido’, comprimido hasta el escándalo), la verdad y hablando en serio, se concluye que no se pueden achacar los males nacionales a este gobierno, que en todo caso es consecuencia de una historia no muy de presumir (pero, no lo ande contando).

Lo imposible es poner remedio a algo que no se sabe qué es. Si de arreglar nuestros asuntos públicos se trata, sería recomendable saber qué clase de gobierno tenemos.

Democracia representativa, no es, que la voluntad popular ‘expresada en las urnas’, antes se arreglaba a balazos y con tortas de tamal, hoy con ingeniería electoral, a balazos y tortas de tamal. República dividida en estados libres y soberanos con tres poderes autónomos -también soberanos-, tampoco somos, nunca hemos sido: nuestros estados política y económicamente, funcionan atenidos a lo que salga del forro de la voluntad del gobierno federal (y la probadita de real soberanía de las entidades que empezó con Vicente Fox, se tradujo en una orgía de virreyes que trasplantaron el modelo del viejo PRI al ámbito de sus estados: todos son amos y señores; manejan el erario arbitrariamente y mangonean a sus congresos como hacendados a la peonada)… y de los municipios no hablemos, para qué pasar vergüenzas.

Pero, dictadura no somos, ni en tiempos del pricámbrico clásico; régimen autoritario… bueno, sí, pero sexenal, no siempre y ahora, menos, que los atropellos y abusos del gobierno ya cada vez se traducen más en escándalos (y si ve uno a lo que se atreve la CNTE, parece que más bien somos una anarquía nacional, pero eso no es un modelo de gobierno, así que tampoco somos eso).

Que los especialistas lo digan bonito, pero lo que somos, lo que es nuestro sistema de gobierno, es un amasijo de intereses aglutinados por la corrupción, la impunidad y los privilegios compartidos, en el que todos mienten y dicen cosas que saben bien son mentiras: el imperio de la ley, el voto cuenta y se cuenta, derechos iguales para todos… sí cómo no.

Tal vez se pueda decir con una sola palabra: cleptocracia. Eso somos. Y por eso, los partidos son bandos que compiten por hacerse con el mayor número de posiciones de gobierno, para llenar alforjas, gozar de privilegios y crear sus propias ‘familias’, en la acepción que daban a la noble palabra los socios de don Corleone.

Nuestra política es una cleptocracia que infunde entre la gente la desconfianza en la ley y en las instituciones y nuestros políticos no llegan al poder para servir a la ciudadanía, sino a disfrutarlo a plenitud al grito de ¡ahora o nunca!

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