viernes, 29 de julio de 2016

7873. LES ENSEÑARON A MATAR Y AHORA LOS MATAN A ELLOS.

Enviado por SINEMBARGO.
Desde la Cd., de México. Para
Tenepal de CACCINI

Por Gustavo De la Rosa.
Julio 26, 2016 - 12:00 a.m.


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Un país que ha crecido económicamente con el esfuerzo de su juventud, preparándola para matar al enemigo, con una cultura cinematográfica donde la vida del malo no interesa y el protagonista es el rudo que viola derechos humanos y sale avante cueste lo que cueste, cría una generación educada para matar.
Foto: EFE

Primero mataron a los Sioux por sus terrenos, entre sí para consolidar un modo de producción, a negros por el color de su piel, alemanes en la Primera Guerra Mundial y a japoneses con bombas atómicas para ganar la segunda.

Cuando parecía que se había logrado la paz, mataron coreanos para proteger la frontera con China y después a vietnamitas por lo mismo; para defender el petróleo han acabado con miles de vidas árabes y han hecho de América Latina su campo de entrenamiento y preparación para las guerras, donde por sí mismos o a través de dictadores nativos han asesinado sin titubear a cientos de morenos.

Un país que ha crecido económicamente con el esfuerzo de su juventud, preparándola para matar al enemigo, con una cultura cinematográfica donde la vida del malo no interesa y el protagonista es el rudo que viola derechos humanos y sale avante cueste lo que cueste, cría una generación educada para matar.

Cuando Charles Whitman, ex-marine y estudiante de la Universidad de Texas en Austin, subió a la torre del instituto y disparó a discreción el 1 de agosto de 1966 asesinando a 13 personas, se descubrió que los jóvenes están capacitados para producir la muerte aún contra sus paisanos.

A pesar de la locura que reaparecía de cuando en cuando había un tabú: no se podía matar a niños o policías, la pena de muerte aplicaba en todo aquel que lo violara. Pero en Columbine cayó el fragmento en contra de matar niños, y las agresiones mortales en las escuelas se multiplicaron.

Pero seguía la línea que impedía matar policías, pues se consideraba un ataque contra la nación, un acto terrorista, ni aunque fueran corruptos, asesinos y abusivos. Pero ellos sí podían matar ciudadanos, aunque fuera por error.

Hace 15 días en Dallas, un joven entrenado para matar enemigos en Iraq y Pakistán, y defender el petróleo estadounidense decidió que las manifestaciones pacíficas no eran la forma de evitar que los policías se equivocaran de manera tan repetida contra los afroamericanos y morenos, sino que la solución era la guerra abierta.

Al matar policías envió el mensaje de que la guerra en el extranjero se importó de regreso a los Estados Unidos y, así como bastó el ejemplo del primer asesino serial que mataba mujeres para que se desatara una epidemia de agresiones, días después en Baton Rouge, Luisiana, se repitió la agresión contra fuerzas del orden.

Pero como en el entrenamiento para matar lo primero que uno aprende es a presupuestar la posibilidad de morir, una vez descubierto que lo más que puedes perder es la vida se rompe el valladar, porque hay condiciones en que la vida no vale nada.

El porcentaje más alto de suicidios se da entre excombatientes que participaron en el Medio Oriente.

Este punto de quiebre lo describe de manera insuperable Sófocles en Antígona: la mujer después de explicar al tirano por qué sepultó a su hermano a pesar de que había anunciado la pena de muerte para el que lo hiciera, termina su discurso con “sabía que me esperaba la muerte pero, quien como yo entre tantos males vive, ¿no sale acaso ganando con su muerte?”.

Es director del Despacho Obrero y Derechos Humanos desde 1974 y profesor investigador en educación, de la UACJ en Ciudad Juárez.

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