lunes, 1 de agosto de 2016

7879. PINOLE.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Pinole.
Hace muchos años, leído que fue el testamento de un tal Cleto (de los de Toluca, rama materna del berenjenal genealógico de este menda), los pleitos duraron décadas, porque siendo el Anacleto un oscuro y discutible pariente, al que nadie trató nunca, a la hora de su definitivo enfriamiento, algunos afirmaron ¡claro que era de la familia!, pues dejó una escandalosa fortuna, escandalosa por su tamaño y origen (una cadena de establecimientos de esparcimiento hormonal masculino; nadie supo bien a bien cuántos, pero sí la barbaridad que dejó en propiedades, dinero y negocios diversos). El problema fue que el no-santo señor, legó todos sus bienes a ‘su familia’ y en 1917 -año de los hechos-, era muy raro que alguien tuviera acta de nacimiento, con lo que el parentesco no era tan fácil de probar ni había testigos fiables de nada, para no mencionar a las muchas  señoras que se presentaron como ‘esposas’, siendo sólo encargadas de sus negocios (madrotas, pues), y una infinita fila de ‘hijos’ que lo eran de sus esforzadas trabajadoras. Total: todo acabó quedándoselo el gobierno pues a la ley le fue imposible definir si nadie de los que reclamaban tenía derecho, ni si familia del fiambre existía.

México no existe. Bueno, sí, pero quién sabe qué somos.

Antes se definía a los países, al Estado, como la suma de gobierno, pueblo y territorio. Por eso al del teclado no le gusta la moda de llamar Estado al gobierno. Pero, tampoco pasa nada. Imagine que un país es una casa. Las casas tienen cimientos, paredes, techo y puerta;  las mejorcitas, tienen piso, agua, electricidad, pero, nada más las mejorcitas.

Bajo cada pared hay cimiento, por lo que el cimiento determina lo que se puede construir. Los cimientos, lo que nos enseñan cuando estudiamos historia, explican la identidad nacional.

La gente son las paredes; las paredes protegen a los que habitan la casa y es la gente cuidando de la gente, lo que hace habitable la casa, el país. Las paredes también son la gente, porque son las paredes lo que sostiene el techo, eso que nos cobija a todos.

Las casas se hacen con un plan, con planos, que a veces son nomás la tradición de la tribu. Pero en cuanto se trata de hacer algo más elaborado, se hace un proyecto, a menos que piense usted que a lo loco, los neolíticos ingleses hace 41 siglos, construyeron Stonehenge poniendo piedras por pura puntada.

El proyecto de los países es su Constitución; los que no la tienen (la Gran Bretaña por ejemplo y por si le parece poco), tienen acuerdos que respetan. En la Gran Bretaña es la ‘Carta Magna de las libertades’, que a soplamocos firmó el rey Juan I en 1215, aceptando que el Rey no estaba por encima de las leyes… lo que en México, hoy, en 2016, sería una novedad que cimbraría los dos millones de kilómetros cuadrados que nos quedan de territorio; al paso de los siglos, el Rey ya traía de levanta dedos a los del Parlamento, por lo que en 1689, se las cantaron claras a don Guillermo III: si quería usar corona (era coqueto), tenía que firmar la ‘Declaración de los Derechos Fundamentales’, que sujetó al monarca a las decisiones del Parlamento (se repite lo de México, hoy).

Aparte de la Constitución, las leyes son parte del proyecto de los países, las escritas  y las platicaditas. Las escritas tiene sus ventajas y se estilan desde hace mucho (el código más antiguo que se ha encontrado es del 1700 A.C., de Hammurabi, sexto rey de Babilonia, por el rumbo de Irak, ahí le cuentan a  Trump). Las otras salen de los usos y costumbres (sacrosantos en México), con algunos inconvenientes, que sus practicantes justifican con el ‘siempre ha sido así’ (lo que deriva en cositas como negar el voto a la mujer, la servidumbre obligatoria o que si se fuga un delincuente, pague el delito un pariente cercano… chulada).

Si somos país, entonces por qué la ley suprema es ‘cada quién para su santo’ o la conseja popular de que ‘las leyes se hicieron para violarlas’… y las violamos. Si somos país, por qué si el gobierno aplica la ley es un represor.

Por qué siendo país, el Congreso está a las órdenes del Presidente de turno, y los congresos estatales, al capricho de los gobernadores. Por qué si somos país el gobierno va por su lado y todos nosotros por el nuestro.

De cimientos, de ese pasado que explica lo que somos en el presente, nos cuentan pocas cosas ciertas y algunas inventadas, nuestro orgullo por lo azteca es postizo, nuestro rechazo a lo español, inducido y bobo, que hablamos español, comemos a la española y la religión mayoritaria sigue siendo la que llegó con los de alpargata. Nuestra ‘férrea defensa contra invasores’ da para un capítulo del Teatro fantástico de Cachirulo. Nuestro odio a la dictadura se diluye viendo por centésima vez en la tele ‘México de mis recuerdos’, que presenta como santo y caballero a Porfirio Díaz y todo mundo disimula una lágrima cuando se trepa al Ypiranga. Nuestra Revolución fue venerada sólo en el discurso oficial y secretamente detestada por todos, que todos la sufrieron, quién más (el peladaje raso), quien menos (los ricos, como siempre).

Veamos ahora lo de la gente… bueno, para que haya partido de futbol se necesitan jugadores y árbitros. Si nadie le hace caso al árbitro y los jugadores hacen cada uno lo que les pega la gana, lo que se tiene es un despelote. En la casa común que es un país, la gente se sujeta al proyecto común, respeta las decisiones de la autoridad que tengan y a su vez, la autoridad se sujeta a la ley; resultado: el bien común, el progreso como posibilidad al alcance de todos (se repite lo de México hoy).

Así que en rigor, México no es país, aunque la evidencia niega la afirmación: aquí estamos, sí somos, pero… ¿qué somos?   

México, para ser país-país, necesita varias cosas, entre otras, ciudadanos-ciudadanos, gente responsable cada una de sus actos… eso o le seguimos con unos pocos empujando el carro, haciéndonos progresar casi a palos mientras seguimos siendo de mentiritas, tierra donde el que tiene más saliva, traga más pinole.

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