martes, 2 de agosto de 2016

7882. LLEVADOS POR LA MALA.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Llevados por la mala. 
Del lado paterno de este menda, eran católicos mexicanos estándar (bodas en la iglesia -claro-, bautizos y primeras comuniones; después, al templo de vez en cuando y el trámite final de empaque y despacho de fiambre, con su reglamentaria misa de despedida… y a otra cosa), gente sin complicaciones que se espantaba de poco y vivía viviendo. Del lado materno la cosa era un poco complicada: los señores, todos, sin que sepa este López la razón: ateos (ateos de verdad, ni bautizados), cuya vida se sujetaba al sentido del honor y el valor de la palabra (más de uno murió en duelo a pistola por cosas que hoy serían de risa); las señoras por su lado, todas, católicas de la Edad Media (siglo XII), rigurosas practicantes con un santo para cada dolencia y apuro, rosario todas las tardes, misa y comunión diario, que a los niños nos retacaban la cabeza con creencias que hubieran hecho alzar las dos cejas al Papa de entonces (Pío XII), por ejemplo: usar el escapulario de la Virgen del Carmen garantizaba el ingreso al Cielo el siguiente sábado después de enfriarse. En el lado paterno cuando brincaba algo que no estaba del todo bien o abiertamente mal, se ventilaba sin más aspaviento; en el materno, todo era secreto, todo era grave y se mentía de un hilo: jamás había habido una sola que no se casara virgen, nadie había tenido un hijo fuera de matrimonio, nunca hubo un cornudo en la historia de absolutamente toda la familia, de modo que cuando se llegaba a saber algo que de rozón pusiera en entredicho ‘el buen nombre’, se armaban tragedias de consecuencias imprevisibles. Una vez -no tiene caso contar porqué-, se hizo imposible negar la afición de tío Ricardo por machos de baños de vapor y sargentos: la familia materna quedó como Nagasaki después del bombazo. El del teclado contó el asunto a la abuela Elena, la paterna, y sonriendo dijo: -No es para tanto, pero cuando vives entre mentiras, la verdad hace estragos –muy cierto.

Se le solicita, si no tiene inconveniente para ello, haga un esfuerzo serio -tómese su tiempo-, y recuerde cuándo, que le conste, un político mexicano no mintió. No se refiere el junta palabras a mentiras domésticas (los asuntos conyugales del cuerpo político de la nación, son cosas de ellos, privadas, confidenciales… y las hay, dicen, hasta muy penosas, dicen); tampoco se trata de que cite usted a uno de los portentos que conducen la cosa pública de México, dando la hora o diciendo que cenó tacos antenoche, no, de lo que estamos hablando es de alguna declaración indiscutiblemente veraz referida a los asuntos de interés nacional, algo sobre nuestra situación económica o social, algún informe de gobierno o algún boletín de prensa rigurosamente cierto. No cuentan tampoco patinazos o peladeces, por sinceros que sean, como la respuesta que la senadora de la república Irma Serrano, dio a Porfirio Muñoz, quien le gritó “mentirosa” mientras ella hacía uso de la palabra y desde tan alta tribuna, la dama repuso: -“Bueno compañero ahora tengo dos opciones, terminar mi discurso o bajar y partirle su madre”. Eso no cuenta.

A ver… lo espero… ¿ya?... ¿se da por vencido?... le ahorro trabajo: ¡nunca!

Claro que hay excepciones: sí ha habido quienes dijeron verdades, aunque le cayeran en la punta del hígado al tenochca común: recordado y vilipendiado, Díaz Ordaz al reconocer los hechos de Tlatelolco en 68, en su 5º Informe de 1969: “(…) asumo íntegramente la responsabilidad personal, ética, jurídica, política e histórica por las decisiones del gobierno en relación con los sucesos del año pasado”; sin trapitos calientes; o la inolvidable, acertada y criticada por los políticamente-correctos, respuesta de Miguel Alemán, cuando en 2002, siendo gobernador de Veracruz, se incendió un mercado (el Hidalgo del puerto jarocho), hubo casi 30 muertos, él estaba de vacaciones, y a su regreso un reportero muy airado le preguntó por qué no había interrumpido su descanso y sin alterarse, dijo: -¿Para qué?, no soy bombero, soy el gobernador –se lo comieron vivo, pero dijo la verdad… ¿para qué, para quedar bien con la galería, para ir a estorbar… para qué?

Lamentablemente son excepciones. En México, desde lo que se nos enseña como historia patria, está plagado de mentiras (algunas muy gordas), para no decir nada de alguna cosa de la religión del todo intocable (que no mencionará su texto servidor por consideración a su propio pellejo… pero son inventos). De nuestros héroes no todos son tan heroicos y de algunos, francamente, su biografía debería estudiarse en Derecho Penal, Pancho Villa, por dar un nombre.

Nuestros personajes públicos, oriundos todos de esta nuestra risueña tierra, no sudan ni se ponen nerviosos al mentirnos y nosotros, los dignos integrantes del peladaje, estamos tan pero tan acostumbrados a que se nos mienta y a mentir, que no nos exaspera ni se las cobramos nunca a boca de urna: aquí se vale mentir y el que diga lo contrario… miente.

La diferencia con el pasado no tan remoto es que nuestros políticos antes, procuraban hablar poco y no decían babosadas ni cosas que la realidad contradijera, como David Penchyna al defender las bondades de la reforma energética, cuando afirmaba que no se vendería ni un tornillo de Pemex. ¡Claro!, ni un tornillo y en marzo del año pasado, el director de Finanzas de Pemex, Mario Beauregard, nos tranquilizó a todos diciendo que la empresa saldrá de su crisis financiera gracias a que la reforma energética permite la  “monetización de activos que ha venido acumulando”. Y ‘monetizar’ es vender, ¿eh?, no se deje enredar.

Así las cosas: ¿qué cree que pasaría si nuestros gobernantes sufrieran un súbito e incontenible ataque de veracidad?, que dijeran la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, descarnada y pelona, sobre todo asunto de carácter público, nacional o estatal… sobre sus fortunas personales. ¡Nooo!, gracias, así estamos bien.

¡Entra el ‘Pirulí’!: “Voy gozando ya de tus mentiras…”


De veras, parece que somos llevados por la mala.

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