jueves, 4 de agosto de 2016

7893. SIN GOLPES DE TIMÓN.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Sin golpes de timón.
No por repetido dejará este menda de decirlo: en México nunca pasa nada, ni cuando pasa (a diferencia de Cantinflas, que remataba diciendo: “y cuando pasa es que tenía que pasar”). Me explico con algunos casos sueltos en los que pasó algo y no pasó nada:

Terminando la Revolución que inició al son de “Sufragio efectivo, no reelección”, el 18 de octubre de 1926, la Cámara de Diputados dio entrada a una iniciativa para… reelegir al Presidente de la república, en beneficio de don Álvaro Obregón quien se había encariñado con La Silla; los ejemplares diputados en dos días aprobaron la idea, siguió su trámite y la barbajanada esa entró en vigor el 28 de diciembre de ese año. Realizado que fue un ejemplar proceso electoral, el 1o de julio de 1928, don Álvaro se reeligió; luego, el 17 del mismo mes fue asesinado a balazos (caso único nuestra historia). ¿Ya ve?, sí pasó… pues sí, pero no pasó nada. No retembló la tierra, no hubo alzamiento, no nada, el Congreso -sin sonrojarse por su travesura de haber autorizado la reelección del ya fiambre-, el 1º de diciembre de 1928 designó presidente interino a Emilio Portes Gil… y aquí se rompió una taza y cada quién para su casa.

Todo eso mientras el país estaba en plena Guerra Cristera, conflicto entre la iglesia católica y el gobierno que duró de 1926 a 1929, incendió 18 estados y costó más de 50 mil vidas (hay quien dice que 250 mil). Cualquiera hubiera pensado que siendo el país casi totalmente católico, el gobierno la tenía muy difícil (y andaba corto de dinero)… pero, de repente, la jerarquía hizo acuerdos, se acabó la fiesta de la sangre y… no pasó nada: las leyes laicas prevalecieron, el culto religioso, también; quedaron prohibidas las manifestaciones religiosas públicas y siguieron como siempre las procesiones y peregrinaciones; se mantuvo la prohibición de las escuelas confesionales y siempre existieron; no tenía personalidad jurídica la iglesia, pero los gobernantes sabían que eran intocables y ambas partes pisaban quedito para no incomodarse entre ellos. No pasó nada.

El 18 de mayo de 1936 estalló una huelga ferrocarrilera. Entonces las vías férreas eran prácticamente el único medio de transporte masivo de carga y personas; el gobierno era dueño sólo del 51%; se expropió la empresa (Lázaro Cárdenas) y se entregó a los obreros para que la administraran… hasta 1940, cuando les dijeron “con permisito”, y todo regresó adonde estaba antes: y no pasó nada.

Y para que ratifique usted esa verdad, volvió a haber movimiento ferrocarrilero en 1958 y 1959 (liderado por bravos entre los bravos como Demetrio Vallejo y Valentín Campa); ya todo 1958 había habido muchos achuchones, paros escalonados, intentos de paro total, juntas, manifestaciones, acuerdos, marchas, convenios, mítines, despidos, detenciones de líderes y para agosto de 1958, ya se les habían unido telegrafistas y maestros (con don Othón Salazar a la cabeza, líder muy bragado y limpio); los empresarios iniciaron una campaña contra los líderes y presionaron al gobierno para acabar de una buena vez con tanto desorden; la CTM les hace segunda pidiendo que se termine con “las actividades subversivas que realizan los comunistas”; estalla la huelga general el 25 de febrero del 59, lo que tenía al gobierno contra la pared, al país, estrangulado y encima, la ominosa e imprudente declaración de Vallejo: “Está próxima la revolución obrera”; balazos, arrestos, bombas molotov y los líderes se fueron a la cárcel 10 años (el simpatiquísimo presidente López Mateos tenía mano de metate y salió con fama de cordial); pero, aunque muchos sombrerazos después… no pasó nada. Luego, en 1995, aún con el eco del grito de “¡La revolución se hizo en ferrocarril!”, se privatizaron los ferrocarriles y ¿qué cree?... no pasó nada.

Dirá usted que esos episodios tan cargados de tinta, fueron hace mucho, que ahora las cosas no son así, que el país ha cambiado. Bueno, más para acá: en 1989, el poderoso líder del poderoso sindicato de Pemex, Joaquín Hernández Galicia, ‘La Quina’, el que en 1988 le espetó en público al presidente Miguel de la Madrid: -“Si cae el Sindicato, se cae Pemex, se cae México y se cae usted”. El que una vez nombrado Salinas de Gortari candidato presidencial, dijo en otro discurso: “Hemos sido manejados por pura fraseología hace muchos años. Ya es tiempo de marcar nosotros el camino, como lo marca la Constitución: el estado al servicio del pueblo y no el pueblo al servicio del Estado”. Ese señor de influencia y poder, que mangoneaba una buena parte del gobierno y del propio PRI... se fue a la cárcel ocho añitos, junto con otros 30 líderes de Pemex, y no se cayó nada ni nadie… no pasó nada.

El caso es que muchas otras cosas han pasado que hicieron a mucha gente decir: ¿no que no pasa nada?... pues, con la pena, pero nunca ha pasado nada. Lágrimas y sangre, sí; cachiporrazos, encarcelados y asesinados, también; pero el curso del Estado no ha hecho cambios drásticos a consecuencia de movimientos, manifestaciones o huelgas generales.

Se atribuyen a sí mismos los dirigentes del ‘movimiento estudiantil de 1968’, haber cambiado el rumbo de la política y del gobierno del país. Rara conclusión después de que salvo honrosas excepciones, la mayoría de sus líderes se incorporaron al propio gobierno o a la política mexicana, hecha a la mexicana, y pocos se han caracterizado por mantener sus convicciones (se repite lo de las excepciones honrosas… hay, debe haber).

Sin embargo el cambio de los tiempos, la simple inercia, la influencia indirecta de los sucesos en el extranjero, y sí, por supuesto, también lo que pasando no pasa en el país, van cambiando para mejor, el modo en nos gobiernan.

Hoy, los maestros de la CNTE con sus actos, se den cuenta o no, sea o no su intención, les guste o no, aportan al menos algo que importa: el gobierno es cada vez menos capaz de hacer lo que le venga en gana. Así, aunque sea de a poquitos las cosas van a mejor, pero sin cambios dramáticos, sin golpes de timón.

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