viernes, 5 de agosto de 2016

7902. AL VOLADERO.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Al voladero.  
Para este López desde que más o menos entró en uso de razón, fue un problema creer que era en serio todo lo que le enseñaban en su casa, la escuela y el catecismo, porque con criterio de pantalones cortos le parecía que los grandes decían muchas babosadas y por la ingenuidad propia de la edad hacía preguntas que le acarreaban soplamocos, estrellita negra de mala conducta en la frente y que el señor párroco prohibiera su presencia en el salón de la parroquia, por lo que de la religión aprendió básicamente lo que le enseñó tía Rosita, entonces de 103 años de edad, admiradora de Torquemada, ese pionero de las carnes al carbón que para ella era sólo un fiel defensor de la fe.

Pronto aprendió el del teclado las ventajas de no preguntar; ya el tiempo le daría la razón en que no podía ser cierta la versión familiar del asunto de los Santos Reyes, que presentaba dificultades logísticas insuperables, con y sin la ayuda del Niño Dios (explicación de la abuela Virgen, la de los siete embarazos); también en que tenía que haber gato encerrado en la versión escolar de que Cortés con 550 soldados y 16 caballos conquistó a cuatro y medio millones de bravíos connacionales, y ¡claro que había gato encerrado!: los indígenas estaban encantados de la vida de quitarse de encima a los feroces aztecas que se los almorzaban en pozole, nomás dejándose bautizar con tantita agua en la cabeza y a veces aguantando azotes… pero ¡nomás de acordarse de la cazuela del pozole!; y ya se le concedería la razón al junta palabras de que no cometió ninguna falta cuando su definitiva expulsión del salón de la parroquia, por preguntar al curita ése cómo era posible que Jonás después de tres días de que se lo tragó la ballena, saliera por su boca y no por el otro lado, hecho mierda.

Aparte de barbaridades luego empezó a observar las contradicciones de ‘los grandes’ hasta que la evidencia lo hizo entender que no había nacido en una familia de mitómanos o esquizofrénicos, sino que así somos los mexicanos y México. Como pueblo, dóciles consumidores de mitos (“mitófagos”) y como país, con una historia oficial a ratos mitología y a ratos historieta (un poco  ‘Alicia en el país de las maravillas’, sin Alicia ni las maravillas), de manera que no poco de lo que en los papeles nos define y ordena estructuralmente, resulta ser artificial o fantasía.

Si le parece exageración eso último, nomás fíjese en el nombre oficial del país según la Constitución de 1917: ‘Estados Unidos Mexicanos’, sin relación ninguna con nada de la historia del país, que antes, ya independizados de España, tuvo otros nombres: ‘América Mexicana’ (según el Congreso de Chilpancingo en 1813); ‘Imperio Mejicano’ (de 1822 a 1823 para que el emperador Iturbide se sentara y se sintiera a sus anchas en el trono… el de reinar, no sea grosero); luego fue ‘Nación Mejicana’ (Constitución de 1823); ‘República Mejicana’ (Constitución de 1857); y luego la impúdica mala copia del nombre del vecino yanqui: ‘Estados Unidos Mexicanos’ (Trump no lo sabe, que alguien le diga para que le dé un infartazo).
 
Y ya que estamos con don Venustiano y la Constitución vigente, la de 1917, se confirma que origen es destino: el Congreso Constituyente se reunió en Querétaro del 1o de diciembre de 1916 al 31 de enero de 1917 (dos mesesitos les fueron suficientes… no había CNTE), y ya anunciando la naturaleza histriónica de nuestro Poder Legislativo (a la fecha), sesionaron en un teatro de nombre ‘Iturbide’, como el Emperador… sí, puro teatro y presidencia imperial.

Esa Constitución fue redactada por una sola persona, José Natividad Macías Castorena, cuatacho de Carranza, que por sus puros pantalones lo nombró presidente de la Comisión Legislativa del Congreso Constituyente (el señor Macías era un buen abogado de Guanajuato, que le ganó un pleito al poderoso dictador don Porfirio Díaz, quien lo invitó a litigar en la Ciudad de México y ya luego lo hizo diputado, de 1909 a 1911, que fue cuando conoció a Carranza, que también tenía curul, porfirista, claro, ¿qué tiene?).

Así se instaló firmemente el sistema presidencialista como lo conocemos y se determinó que somos una federación de estados libres y soberanos (pero con todo el dinero del erario bajo el forro de la voluntad del Presidente… ahí le piensa quién manda). También quedó claro que el Poder Supremo se divide entre tres poderes: el Ejecutivo que recae en una persona (el Presidente de la república), el Legislativo, dividido en cámaras de Diputados y de Senadores; y el Judicial, básicamente la Suprema Corte. Poderes completamente independientes entre sí (no se ría, es en serio). Los estados libres y soberanos se gobiernan también por tres poderes (nada más no tienen senadores locales, pero sí cada uno tiene su Poder Judicial y su Congresote local, muy independientes ambos de su Gobernador, faltaba más).

Pero los estados  se constituyen por sus ‘municipios libres’… algo anda sobrando, hay quien opina que los gobernadores… bueno, hay quien opina.

Así estamos organizados como país. ¿Funciona?... no. ¿Ha funcionado?... nunca.

En realidad somos un país centralista y todo cuelga de las gónadas del Presidente de la república, lo que aparentó darnos resultado a lo largo de varios decenios del siglo XX (el ‘milagro mexicano’), pero fue apariencia porque en realidad, lo que funcionó fueron acuerdos del propio régimen que resultó de la Revolución, el primero, de Calles en 1929, para repartir rebanadas de poder; el segundo, de Cárdenas en 1938, para el control clientelar y corporativo de las mayorías; el tercero, el de Alemán en 1947, para incorporar a la danza nacional al empresariado, que no resistiría al régimen a cambio de enriquecerse a su sombra. Fácil y sencillo, pero al precio de no permitir desarrollo político ni democracia verdadera. Todo era teatro.

Lo único malo de los sistemas políticos simples (los monarcas soberanos, los dictadores, el presidencialismo mexicano), es que basta que falle una persona y todo se va al voladero.

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