lunes, 8 de agosto de 2016

7910. CON LA GENTE, ESTÚPIDOS.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Con la gente, estúpidos.
Tía Herminia (lado materno-toluqueño de este López), se casó allá por los años 30 del siglo pasado, con un señor Tulio, tío Tulio, que a media familia le caía regular y la otra mitad se reía de él, de frente, a sus espaldas y de costado. El problema de tío Tulio era que pretendía ser duque de la Casa de Borbón, casa reinante de España (por lo que en la familia, algunas malas lenguas le decía tío Bombón). En la sala de su casa colgaban cuadros de genealogías, diplomas, nombramientos y hasta cartas firmadas por el renunciado rey  Alfonso XIII (Alfonso de Borbón y Habsburgo-Lorena), todo mandado hacer por él en los venerables talleres de los portales de Santo Domingo en pleno centro de la Ciudad de México (decían las mismas malas lenguas). Vivía para eso y vivía de milagro de un no muy próspero negocio de importación de ‘ultramarinos finos’, precisamente de España. Es el caso que de repente se supo que estaba metido en un pleitazo legal defendiendo lo que le correspondía de un tío carnal suyo de Hidalgo que murió intestado y sin hijos, dejando una gordísima fortuna hecha con una extensa  cadena de pulquerías del Bajío. Ganó y se notó, claro, el dinero siempre se nota, pero aunque desaparecieron de su casa los cuadros aquellos y que jamás volvió a mencionar su ducado, ya para siempre fue ‘el duque de Pulques’. Sin dinero y con dinero nadie lo respetó nunca al tío Pulques.

Achacar al actual Presidente de la república el desprestigio de la política, los políticos y el gobierno en general, no es del todo justo. Algo han puesto de su parte, cierto, pero no como para lo que se piensa, se dice y se escribe en contra de todos ellos y de las instituciones.

Sin que se vaya usted a enojar ni ofender, hemos de reconocer que en algo todos somos responsables, los mexicanos de ahora y los del pasado, por nuestra tendencia a aparentar (que no es reciente).

Hacemos como que no nos damos cuenta que la conquista la hicieron los indios y la independencia los españoles, que Cortés sin tlaxcaltecas, hubiera acabado con todo y caballo en el perol del pozole de Moctezuma, y que la independencia se organizó a escondidas en el templo de la Profesa y que sin el alto clero, los criollos, los militares realistas, Iturbide el primero, hubiera quedado como quedaron Hidalgo y los demás independentistas de la primera hora: con las cabezas cortadas colgando de las cuatro esquinas de la alhóndiga de Granaditas. Pero, eso sí: detestamos la conquista y adoramos la independencia. ¡Viva!, ¡viva!, aunque ya consumada la independencia, los señores independentistas se dividieron en tres bandos, los que querían traer como monarca a un Infante de España (un Príncipe hijo del rey Fernando VII), los que querían que fuéramos república y los que querían montar a Iturbide como monarca (que fueron los que ganaron). Pero, eso sí, ¡viva!, ¡viva! la independencia… nos encanta echar cuetes.

Ya luego Santa Anna se rebeló, Iturbide dijo ‘ahí está arpa ya no toco’ y se impuso la república, sí, pero otra vez divididos, ahora en dos, los centralistas (los criollos ricos y alto clero) y los federalistas (los criollos y mestizos de clase media), y ganaron estos gracias a las intrigas del embajador de los EUA, el renegrido y de infausta memoria, Joel R. Poinsett; y como don Vicente Guerrero se aventó la puntada de expulsar del país a los españoles, y se fueron con todo y su dinero, el país quedó en la chilla.

Como sea: nos independizamos para ser república federal por influencia del gobierno yanqui, contra nuestras tradiciones y costumbres. ¡Viva!, ¡viva! la federación… pura apariencia otra vez, que todo lo cocinaron menos de 50 tipos y apechugó todo el país.

Luego de muchos achuchones se impuso el liberalismo juarista, que logró por buenas razones imponer que México fuera laico, sí, por buenas razones pero sin pedir opinión a nadie y dando la espalda a nuestra realidad otra vez: el país era católico. Y a vivir aparentando que de veras la religión estaba fuera del ámbito político (como ahora).

Llegó don Porfirio… y más aparentar: aparentar que éramos laicos, que éramos federación, que el gobierno era elegido por el pueblo, aunque nadie lo tomaba en cuenta para nada (como ahora). Y tan campantes nos echamos 30 años de dictadura que terminó cuando un hijo de hacendado rico entre los ricos se le puso al brinco a un don Porfirio que ya nomás quería su cocol. Y fue la Revolución.

Revolución que debió terminar el 25 de mayo de 1911 cuando don Porfirio abdicó (renunció, pero como era muy parecido a un rey, digamos que abdicó), pero se armó la rebatiña que llamamos revolución, pleito por el poder de militarotes profesionales y de militarotes improvisados. Terminó hasta 1929 el baño de sangre y se impuso (por el apoyo yanqui), un nuevo régimen que fue realmente, un neoporfirismo con fecha de caducidad, primero cuatrienios y luego sexenios, que nos gobernó hasta el año 2000, con un conservadurismo que hubiera reventado de orgullo a los conservadores del siglo XIX, oficialmente liberal y federal, sin respetar casi nada del liberalismo juarista, con un centralismo de facto que no soñaron los criollos ni los peninsulares, tan autoritario que llegó a tener (y tiene) tufo de monarquía. Pero, aparentando que es el régimen que ‘nos dimos’ los mexicanos.

De la Colonia a Juárez, al pueblo nadie lo tomó en cuenta. En el porfirismo, igual. En la Revolución, tampoco. En el régimen de todo el siglo XX, con todos los avances sociales que hubo, se decidía cupularmente. El resultado de la pérdida de la hegemonía absoluta del PRI, fue el desconcierto social, por eso se aclamó a Fox como a Iturbide, a Santa Anna, a Juárez, a Porfirio Díaz, a Obregón y Calles… pero… ¿Fox?

Peña Nieto creyó que se podía reimplantar el priísmo clásico y ese modelo de gobierno se agotó y no se puede repetir, no en este tiempo de información masiva instantánea en que aparentar es imposible. Ahora para gobernar, si se quiere de verdad gobernar, es con la gente, estúpidos.

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