martes, 9 de agosto de 2016

7913. SANSEACABÓ.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Sanseacabó.
Tía Lita (nunca supo su nombre este menda) y tío Marco, tenían cinco hijas y esa casa era un manicomio. Todo estaba mal en esa casa, todo es todo, y los tíos miraban con paciencia de animal de tiro (de bueyes), las barbaridades cada vez más serias que hacían sus hijas entre más crecían, de las que, las menos graves, eran los tres nietos indocumentados que ya tenían. Una vez, tío Armando -el hermano de la jefa de disciplina del campo de entrenamiento en que fue amaestrado este López-, le preguntó a tía Lita si no le preocupaban sus hijas y contestó muy quitada de la pena: -¿Preocuparme… de qué? –no… pues de nada.

Las mejores cabezas, los analistas más prestigiados e imparciales, coinciden en que hoy el país es un despelote (ellos lo dicen bonito). Falla el gobierno en casi todo y encima, sin que sean ganas de andar desconfiando de todo nomás porque sí, pero parece que no se puede afirmar que entre los más destacados miembros de los que integran el poder grandote, sean dominantes las virtudes de la honestidad y veracidad y que no es exagerado suponer que algunos (nomás unos cuantos), sean unos redomados ladrones. Son.

Lo que no es muy acertado es pensar que no es por falta de ganas de hacer bien las cosas que estamos como estamos, sino que lo que sucede es que la circunstancia política, las tensiones sociales, las organizaciones levantiscas, les impiden hacer bien su trabajo -que básicamente consiste en cumplir la ley y hacerla cumplir-: no es que no quieran, es que no pueden, porque entonces significaría que como pueblo nos las hemos ingeniado para colocar o permitir que se coloquen en los puestos más importantes del gobierno a puros mensos. Y son muchas cosas, pero no mensos.

De algunos de ellos, seguramente pocos, se puede afirmar que son corruptos, frívolos, bajos, ruines, viles, inmorales, miserables, ligeros, zafios, cínicos, simuladores, insensibles, inicuos, abyectos, egoístas, comodinos, injustos, irresponsables, libertinos, soberbios, indignos, malhechores, timadores, viciosos, soberbios, traidores, mentirosos, estafadores, vengativos, codiciosos, insaciables, deshonestos, en una palabra, lo que se dije, ojetes; pero no mensos, eso no, ni flojos, que a diferencia del tango, en México, el músculo duerme, la ambición trabaja.

Entonces ¿por qué nuestros gobernantes no gobiernan y permiten el desbarajuste que vemos día a día?... porque les importa un pito lo que suceda pues se creen impunes e intocables y ¿sabe qué?... sí son impunes e intocables.

Si usted piensa que ya se les fue de las manos la situación, se equivoca… bueno, sí son un desgarriate algunos asuntos nacionales (no todos ni mucho menos), pero ¿quién le dijo a  usted que el país es motivo de sus desvelos? A ellos nuestros gobernantes, no se les ha desordenado ni tantito nada de lo que les interesa, sus negocios, sus compromisos, ese equilibrio de componendas cuya estabilidad, su cementante, su Kola Loka, es la corrupción compartida. Todos les saben a todos.

Casos tan sonados como el innombrable gobernadorcete veracruzano a ningún político con más de una semana de experiencia le sorprenden, bien lo saben, pero el caballerito de la insoportable figura aparte de caer tan bien como una diarrea con catarro, se dedicó a echarle carne a los perros con declaraciones y decisiones que parece le aconsejó su peor enemigo (él), hasta que, claro, los perros se le fueron encima… pero hay otros pocos  más iguales y alguno cuando menos, mucho peor y no pasa nada, porque nuestra clase política trepa a la piedra de los sacrificios no a los indefendibles, sino a los que conviene para no irse al fondo del pozo por querer ayudarlos y para aparentar que ¡nadie está por encima de la ley! No es el primer Gobernador que hierven en el perol del desprestigio y si lo llegan a meter a la cárcel (que no está tan fácil), tampoco sería el primero, lo que no altera el plácido curso del inmenso barco en que van muy quitados de la pena los demás tripulantes del crucero del amor al dinero y los privilegios.

Sin apasionarse (¡moderación!), piense usted qué gobierno nacional, del siglo XX para acá, lo llena de orgullo. Sin exaltarse haga una lista de 10 políticos mexicanos contemporáneos que estaría usted dispuesto a defender en un programa de televisión abierta sin temor a que no lo dejen regresar a su casa.

Que hemos tenido gobiernos de los que puede uno presumir, el del teclado no tiene duda (se le ocurre a este López, mencionar los de Calles, Cárdenas, Ávila Camacho, Ruiz Cortines… todos con sus prietitos son rescatables, pifias más, pifias menos; pero de Salinas de Gortari para acá, con toda honestidad ¿cuál le parece como para salir a fanfarronear?).

Y si de individualidades se trata, le aseguro que hay muchos políticos muy decentitos, lo que no quita que hoy y desde hace unos 30 años cuando menos, el país avanza y es respetable sin la aportación de sus gobernantes. Y en estos tiempos, absolutamente no es por mérito de sus gobiernos: al país lo carga la gente que diario le cumple a la vida, desde el que vende tortas de tamal en una esquina, al que se encierra en un laboratorio 12 horas diarias; del que traga lumbre en un crucero, al que compone sinfonías, escribe poesías, pinta o canta como Dios quisiera, porque Dios todo hace, pero el canto no se le da, fíjese y verá que no.

Sí, la gente carga al país y el país avanza por sus empresarios, muy patrióticos o nada patrióticos, por lo que sea, por ambición o altruismo 100% ‘proof’, pero invierten aquí, dan empleo aquí, chiquitos, medianos, grandotes y Slim, todos aportan y a esos no les gustan mucho, más bien detestan a los falsos empresarios que coludidos con políticos de mala ralea urden los inmensos negocios que constituyen la corrupción oficial estructural.

Ojalá y recapaciten los del gobierno en que a este paso, la gente y los empresarios se van a  dar cuenta que andan sobrando ellos y entonces sí, al grito de mucho ayuda el que no estorba, nos montan un independiente y sanseacabó.

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