viernes, 12 de agosto de 2016

7927. CONFIAR EN LA DESCONFIANZA.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Confiar en la desconfianza.   
Los mexicanos somos un raro Narciso con cierto gusto por los estereotipos de nosotros mismos, unos trágicos, otros cómicos o hasta despectivos, y realmente no nos molesta tanto que nos ridiculicen que por eso no hubo, ni en los dorados tiempos del nacionalismo revolucionario -andando oficialmente de trompa con el tío Sam-, manifestaciones de protesta frente a la embajada yanqui, cuando la Warner Brothers sacó la caricatura del ratoncito ‘Speedy Gonzalez’ (ése, el que gritaba: “¡Ándale! ¡Ándale! ¡Arriba! ¡Arriba!”), ni jamás se averiguó para encarcelarlo, quién inventó el cliché del indio sentado contra un cactus, bajo un sombrerazo de palma, imagen viva de la pereza. Y si duda del grueso pellejo que portamos, recuerde el éxito de los Polivoces con ‘Chano y Chon’, ensarapados y bobos que no indignaron a nadie (para no meternos con la ‘India María’, quintaesencia de lo que hoy, en el discurso, es discriminatorio).

Nos contemplamos a nosotros mismos de varias maneras. Lo hemos comentado antes, somos machos pero chillones (¡oiga un bolero!); amables pero albureros; entrones pero dejados; ofrecidos pero  informales; humildes pero alzados; acomplejados pero soberbios; sostenemos nuestra palabra pero decimos mentiras como comer pepitas; católicos con casa chica; patriotas sin respetar la ley (y el que paga sus impuestos completos no lo cuenta para no desprestigiarse); comemos jotdogs, chop suey, hamburguesas, pizzas, palomitas, bebemos Coca, usamos tenis Nike, cachucha y camiseta de los Dodgers, le pusimos Lisbet a la nena y al niño Dylan… pero si vamos a viajar, empacamos una bandera y un sombrero de charro… se vaya a ofrecer en Madrid.

No nos une a los alegres compañeros de nacionalidad nada que rife parejo de frontera a frontera y de costa a costa. Ahora se dice que es ‘la riqueza de nuestra diversidad’, pero la verdad es somos un muégano social. No tenemos las mismas costumbres ni la misma comida (en Chihuahua, carne asada y burritos; en Mérida, quesos rellenos y cochinita pibil; en Oaxaca, chapulines; en Puebla, mole; en Veracruz, pescados; en Chiapas, cochito, sopa de chipilín y 147 cosas más todas muy buenas). No oímos la misma música ni parecida (de redoba, arpas o marimbas, a mariachis, rondallas y trovas). Ni nos parecemos mucho entre nosotros, que uno de Sinaloa ve chistosos a los yucatecos; los del Bajío le toman fotos a los de Acapulco; y los poblanos ven raros a todos.

Nada es factor común entre todos nosotros, ni los ‘símbolos patrios’, que entre los cien mil asistentes al Azteca no sacan en tres meses el himno completo y al que se pone de pie en su casa si suena en la tele, le dicen que no sea payaso. Se supone que el futbol es el deporte nacional pero lo que hay en todo el país, hasta en el pueblo más rascuache, son canchas de básquet; y aunque decimos que la mejor lucha libre del mundo es la mexicana, lo que llena cantinas es la trasmisión del ‘Super Bowl’, no una lucha del Hijo del Santo contra la Parka.

Si es usted de los que cree que sí hay algo que los mexicanos adoptamos universalmente y que además nos dio identidad nacional, pensando en la Morenita del Tepeyac, le tengo noticias, no es cierto, ni la Guadalupana, que en Jalisco veneran a la de Zapopan y no lo dicen, pero sostienen que la de ellos es más milagrienta; en Oaxaca tienen dos (es Oaxaca), la de la Soledad y la de Juquila; en Monterrey, la Virgen del Roble; en Puebla, la Señora de los Remedios; y si de peregrinaciones se trata, a la Basílica de Guadalupe nomás se va un día al año pero a San Juan de los Lagos, a ver a la Virgen de la Concepción, se va tres veces -el 2 de febrero, el 15 de agosto y el 8 de diciembre-… agüita pa’l calor.

Mentira también que todos somos fiesteros, que uno de Coahuila difícilmente sobrevive a una celebración de Año Nuevo en Chiapas; más mentira que a todos nos gusta el pulque que son raros los que lo han probado y lo mismo es falso que preferimos por sobre de cualquier cosa un tequila, que sólo consideramos obligatorio tomarlo cuando hay a la mesa un asturiano, recién llegado del aeropuerto y queremos verle la cara cuando se le incendie la garganta al echárselo de un trago, que es precisamente, como nunca lo bebemos.  

Sin embargo, pareciera que sí hay un factor universal entre todos nosotros. Este López a reserva de  opiniones más autorizada (de especialistas en psicología, pediatría o zoología, lo que nos toque), opina que los mexicanos, sin distinción de sexo, latitud, color, religión ni dieta, nacemos, crecemos, nos reproducimos y fallecemos, desconfiando, porque eso sí, somos muy desconfiados.

Desde nuestra vida intrauterina se nos enseña a no confiar en policías, políticos, banqueros, historiadores, aseguradoras, encuestadores, abogados, ginecólogos ni en urólogos o proctólogos que no nos haya recomendado un compadre, macho de machez fuera de toda duda. Desconfiamos de las instituciones y del recibo de luz.

Por eso nuestras leyes no paran de crecer: nuestros legisladores nunca confían en que ya son suficientes, porque no confían en nosotros y legislan contra la corrupción porque tampoco confían en ellos mismos.

No confiamos en nada ni esperamos que nadie se tome en serio cuando decimos ‘mañana te busco’, ‘había mucho tráfico’, ‘no te preocupes, yo te respondo’; por eso si alguien pregunta en el teléfono ‘¿a dónde hablo?’, respondemos ‘¿a dónde marcó?’, y no es difícil que esos duelos de velocidad mental acaben a mentadas de madre.

Por lo mismo hacer encuestas en México es tejer sin estambre: el mexicano no responde la verdad a un desconocido y a un conocido, a veces, de preferencia, no. La encuesta que publicó ayer el Reforma, diciendo que la gente calificó el trabajo de Peña Nieto con un 3.9 a diferencia del 6.3 que le otorgaron en abril de 2013, es del todo inútil: él desconfía de la encuesta y nosotros pensamos que ‘algo’ quiere el diario, que en nuestro modo raro de ser país, el chiste es seguir firmes en confiar en la desconfianza.

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