domingo, 14 de agosto de 2016

7937. NORBERTO RIVERA, EL INCENDIARIO.

Enviado por SINEMBARGO.
Desde la Cd., de México. Para
Tenepal de CACCINI

Por Antonio Salgado Borge.
Agosto 12, 2016 - 12:02 a.m.





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¿Por qué Norberto Rivera ha decidido, innecesariamente, jugar a ser más papista que el Papa y oponerse beligerantemente a un derecho civil dentro de un Estado laico? 
Foto: Cuartoscuro.

Bien se dice que entre los enemigos más peligrosos es preciso incluir a aquellos que se hacen pasar por amigos, y también a los que tenemos dentro de nuestra casa. El Cardenal Norberto Rivera, un hombre que lleva décadas hundiendo el proyecto de su propia Iglesia en México, cumple cabalmente con ambos requisitos. Y es que con sus radicales posiciones contra el matrimonio igualitario, Rivera parece decidido, justo cuando va de salida, a enturbiar aún más su legado y a endosar a sus sucesores la más pesada de las cargas.

Durante décadas, Norberto Rivera ha dado pruebas sobradas de su frivolidad y de su indiferencia ante muchos de los indignantes problemas sociales de nuestro país. Lo mismo con sus silencios que con sus respaldos, el Cardenal ha avalado la perpetuación de un estado de cosas que, por lo menos, parece resultarle cómodo. Sin embargo, súbitamente Rivera ha decidido poner en pie de guerra a sus bases. Y no crea que lo ha hecho para combatir la corrupción o el tráfico de influencias, ni para revertir la desigualdad, ni para exigir el reconocimiento de los derechos de los indígenas -o tantas otras causas justas que podía enarbolar-, sino para oponerse al matrimonio civil entre dos personas del mismo sexo.

En semanas recientes, el semanario Desde la Fe, controlado por Rivera cuya misión es “orientar en la fe a la comunidad católica de México y la aplicación de ésta en la vida cotidiana, así como mantener informada a la Iglesia Particular”, ha publicado una serie de artículos que pretenden demostrar a sus lectores no sólo los supuestos “peligros” del matrimonio igualitario, sino lo “antinatural” y “diabólico” que implica la homosexualidad misma. Estos textos, plagados de mentiras, falacias y despropósitos –incluido un tratado sobre el “diseño” y “funciones naturales” del ano- contienen afirmaciones tan inverosímiles que si no fuera por sus alcances reales podrían ser consideradas verdaderamente jocosas. Si bien es cierto que estas publicaciones han sido catalogadas por buena parte de los mexicanos que las conoce como comedia, no debemos olvidar que, como todos los discursos que acuden a la noción de otredad, éstas incitan al odio e, indirectamente, a la violencia. Particularmente preocupante es que estos despropósitos estén siendo reproducidos incesantemente a lo largo de todo el país gracias a una reducida pero ruidosa red de militantes ultraconservadores.

Resultaría sospechoso, por decir lo menos, que Rivera esté actuando por el genuino convencimiento de que está defendiendo una causa social verdaderamente importante. A estas alturas nadie en su sano juicio podría esperar que un hombre que ha sido criticado lo mismo por su frivolidad general que por sus acciones o inacciones concretas se transforme repentinamente en un dedicado justiciero. No debemos perder de vista su ofensiva indiferencia ante el sufrimiento de millones de mexicanos o su constante cercanía a poderosos impresentables, ni su supuesta protección a Marcial Maciel y la impunidad que han gozado otros sacerdotes pederastas.

En el caso de los matrimonios igualitarios, a Rivera le hubiera bastado permanecer tan pasivo como siempre y dejar que la discusión sobre el tema siguiera su curso. Finalmente, en parte con su discurso, y en parte con su no-discurso –es decir, con su silencio-, el propio Papa Bergoglio ha asumido una posición notoriamente abierta ante este tema; no sólo Francisco no lo ha tomado como bandera, sino que gracias a algunas de sus iniciales declaraciones incluyentes, este Papa suele ser tomado como un referente de tolerancia y amor por los muchos católicos que están a favor de los matrimonios igualitarios. Es precisamente por ello que la pregunta obligada es ¿por qué Norberto Rivera ha decidido, innecesariamente, jugar a ser más papista que el Papa y oponerse beligerantemente a un derecho civil dentro de un Estado laico?

Tanto Rivera como los jerarcas de su red deben saber que no están actuando a favor de los intereses de su propia Iglesia. No me refiero al amor, la solidaridad o la tolerancia –conceptos vivos para muchos católicos, pero vacíos para algunos jerarcas de la iglesia- sino al éxito futuro de la organización a la que pertenece. Por lo menos, está claro que le tiene sin cuidado la pérdida de fieles presentes o futuros; a pesar de que ocho de cada diez mexicanos son católicos la aprobación al matrimonio igualitario se acerca al 70 por ciento, y que este porcentaje sólo será mayor con el tiempo. Sería ingenuo pensar que Rivera cree genuinamente que su cruzada puede revertir este fundamental paso en el camino de nuestro progreso ético.

Y es que la contradicción presente en los números presentado no es un secreto; ésta se siente en las calles, en los medios de comunicación y en las redes sociales. Guste o no estamos ante nuevo tipo de católico más abierto y tolerante, capaz de poner el amor a su prójimo por encima de las voces de sus jerarcas. Recurro a una experiencia personal al considerar que representa a grandes rasgos lo que puede leerse en las redes sociales y en las calles. A pesar de que no pertenezco a ninguna religión, durante años fui profesor en una institución de educación superior de inspiración católica a la que respeto profundamente. Al igual que muchos mexicanos, la mayoría de mis amigos, compañeros y familiares son fieles practicantes católicos. En este sentido, me ha parecido verdaderamente fascinante –y alentadora- la forma en que muchos de los católicos que conozco, en particular los más jóvenes, han tenido la capacidad de poner entre paréntesis el discurso “oficial” que representan Rivera y sus allegados para manifestar su solidaridad al matrimonio igualitario. Algunos incluso afirman que han dejado de asistir a las ceremonias oficiadas por sacerdotes que replican este discurso, otros más dicen que gracias a esta polémica se han enterado de la cuestionable trayectoria de figuras como el Cardenal.

Me parece que Norberto Rivera es mucho más sagaz que lo que los sinsentidos publicados en Desde la Fe demuestran; ciertamente es un hombre informado y tiene que saber el efecto que su cruzada está generando. En este caso el Cardenal sería consciente de que con sus acciones contra el matrimonio igualitario no sólo está lastimando nuestro tejido social, que ha enarbolado la bandera de una causa perdida, que está alienando a fieles de su iglesia y que será recordado en el futuro como un retrógrada intransigente.

Desde luego que una posibilidad es que nada de esto le importe; que su apuesta sea incrementar el volumen del conflicto a cualquier costo y mantener la crispación. Recordemos que esta coyuntura le ha permitido a Rivera mostrar un músculo político y amenazar a candidatos o legisladores que apoyen este tipo de matrimonios. De esta forma, el Cardenal, cual líder sindical charro, estaría en condiciones de ofrecer su apoyo a algún partido conservador, como se le acusa en la prensa de haber hecho en Aguascalientes.

Si esta es su verdadera apuesta, Norberto Rivera la está basando en un mal cálculo. 2018 está más lejano de lo que parece y en el México Millennial, lejos de ser un activo, la asociación con el ejército ultraconservador del Cardenal terminará por ser un lastre para cualquier partido o candidato en la elección presidencial. Claro que lo anterior poco importaría si consideramos que quemar las naves siempre será una opción para quien se despide y desea ver desde lejos como sus jefes y sucesores fracasan; y que tirar la casa por la ventana no parece una gran apuesta cuando no lo que queda por perder es poco o nada.


Es maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Cuenta con estudios en filosofía. Es profesor universitario y columnista en el Diario de Yucatán desde 2010. En sus escritos suele tratar algunos de los momentos de apertura y cerrazón de nuestra especie derivados de eventos relacionados con la política, la ciencia y la tecnología.

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