martes, 16 de agosto de 2016

7948. DR. VERDUZCO N° 30 NORTE.

Por Rafael Ceja Alfaro.
13 de agosto.
Docente y escritor.
Desde Zamora, Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

Una fachada común, pintada de blanco con guardapolvo rojo, tejas, ventanas y una puerta de entrada propia para cochera, no era cochera; con el tiempo se le dio ese uso, José, Placido y Luis se fueron pal Norte y cuando venían de visita, José y Luis, porque Placido ya nunca más volvió, dicen que sufrió un accidente y murió. Traían sus camionetas, bonitas y grandes como lanchas.

José y Placido eran hermanos hijos de don Faustino y doña Josefa, Benedicta y Luis hermanos entre sí, eran ahijados del mismo matrimonio. Estos últimos eran originarios de Parácuaro, sus padres habían muerto y fueron adoptados, favor que pagó Benny (Benedicta) quedándose soltera al cuidado de ellos.

Les decía, la casa tuvo buenas épocas, se dice Época de oro, durante años, mi tío Faustino sembraba muchas hectáreas de papa en el predio Casas de alto, por el rumbo a Ario de Rayón, más el apoyo de los hijos la casa lucía su esplendor.

El patio fue convertido en hermoso jardín con cuatro divisiones, o sea, cuatro jardineras repletas de multicolores flores que refrescaban la casa. En la pilastra del portal, donde terminaba el jardín y se entraba a la cocina, colgaba una enorme jaula habitada por un perico grandote y hablador, bueno para hablar, digo que bueno porque, aunque poco se le entendía no era grosero ni decía palabrotas. Mi tía Josefa le enseño a decir el nombre de mi papá: “Rrrrafail, Rrrrafail”

¡Ah! La cocina, primero el comedor con no recuerdo cuantas sillas y enseguida la chimenea con 5 fogones, en uno hacían las tortillas en comal de barro y en las otras grandes cazuelas también de barro, siempre había variedad que podía ser desde carne de puerco con chile, habas, lentejas o garbanzas guisadas, como también caldo de res y arroz; siempre había cazuelas llenas y siempre había visitas en la casa.

Ahí conocí a muchos de mis parientes, sobre todo a los que no vivían en La Sauceda, por ejemplo, mi tío Vicente que se quedó viviendo en Parácuaro, mis tíos Chema, Bernardo, Benjamín y muchos más. La correspondencia de muchas rancherías llegaba ahí y no podía faltar la que llegaba de los norteños para sus parientes de La Sauceda. Podían recogerla cada quien o por veinte centavos se las llevaba a domicilio don Celestino León (don Cele). Quienes llegaban a Verduzco 30 Norte se acomodaban en la pequeña banca junto al jardín, los que no alcanzaban banca, se sentaban en el fresco mosaico rojo, siempre brillante por las “trapeadas a rodilla” que le daba Benny.

Cada quien, con sus taquitos y su vaso de agua, de la que destilaban de un depósito de piedra porosa que goteaba de día y de noche y la depositaban en un cantarito de barro, fresca.

Atrás del comedor y cocina, estaba el troje con paja, carbón y leña que vendían, comercio que iniciaron después de que mi tío Faustino ya no pudo trabajar al caerle un tronco en sus piernas abriéndole serias heridas que además de resultarle unas desagradables y profundas llagas que con esmero y cariño le limpiaba mi tía Josefa, el golpe lo convirtió en un niño que todo el día peleaba con el perico, tirándole bastonazos a diestra y siniestra y cuando el perico lo veía seriamente enojado se refugiaba en su jaula.

Vivía también mi tía Chabela y casi siempre mi tía Juana, entre las cuatro, Josefa y Benny, fumaban todo el día, con el primer cerillo encendían uno y luego “se pasaban la lumbre con la bachicha” hasta que se retiraban a dormir. Tenían su pasatiempo pegando cuadros pequeños de tela para hacer coloridas colchas que luego a alguien regalaban, también tejían servilletas de punto de cruz con el mismo destino.

Toda la casa olía a Luchadores o Carmencitas, la comida, las tortillas, el agua, todo, pero todo estaba muy sabroso y pues como se pueden imaginar nadie tenía derecho a quejarse ante tanta hospitalidad y generosidad. Sin ánimo de ofender a ninguna mujer del mundo, les diré que, hasta la fecha, mi tía Josefa ha sido la única mujer que nunca aceptó escuchar o hablar de alguien, si alguien comenzaba a hablar mal de un ausente, de inmediato le decía “Ven comete un taco” y le cambiaba de tema.

Tantas anécdotas que me tocó ver y vivir, por ejemplo, ahí la esquina de las calles Dr. Verduzco y Juárez vendía don Chava una birria muy sabrosa, o una señora con unas tostadas con frijoles, repollo y salsa, o cuando venían los tíos del Norte y traían un proyector de películas y nos entreteníamos por horas, 3 ó 4 veces llegó Juan Gabriel a saludar a Benny que era su tía, pero hay una que aún me llega y fuerte.

Hoy pasé por ahí, la fachada está totalmente cambiada, desde luego, al gusto de los nuevos dueños, pero me atrajo el recuerdo y la coincidencia de que precisamente hoy, en uno de esos cuartos de la mencionada casa, hoy hace 45 años murió mi papá.

En esos tiempos cuando la palabra diabetes sonaba a cáncer, a lo último, a condena a muerte, cuando la dieta era: nopales, nopales y nopales, cuando la insulina era tanto como la aplicación de Los Santos Oleos, la única similitud con la diabetes actual es que no hay dinero que alcance.

Cuando se la detectaron a mi papá, recibió los primeros tratamientos aquí en Zamora, en una ocasión en que se agravó lo internamos en Guadalajara, después de casi dos meses lo trajimos más o menos bien, pero como |ya tenía la enfermedad muy avanzada con frecuencia lo internábamos en el Hospital Civil o lo visitaba un médico. Al ver la situación, mi tía Josefa nos invitó a que se quedara en su casa mientras pasaba la crisis, que para entonces además de salud también era económica.

Con agrado aceptamos y tanto mi papá, mi mamá y mis hermanos más chicos se acomodaron en dos habitaciones contiguas, yo vivía en un departamento desde hacía tiempo por mi trabajo.

Todas las mañanas antes de ir al trabajo los visitaba, ese día, un día como este, llego y al saludar mi mamá que nunca se le despegó me hace la seña de que estaba mejorando, efectivamente lo encuentro de buen humor y con ganas de ir al baño de vapor, le comenté que estaba muy débil y sería de gravedad una caída, entonces me dijo que quería confesarse, le pedí ayuda a mi tía Evelia (La Maestra) e invitó a un sacerdote de El Calvario.

Pasamos a mi papá a un reposet y ahí platicó con el cura, le dio la absolución, la comunión y se fue. Lo pasé nuevamente a la cama y lo acomodé en mis brazos para darle un poco de leche, ante la imposibilidad de sostener un vaso traté de darle con popote, un sorbo, un segundo sorbo y expiró.

Hoy hace 45 años.

Una escena parecida fue la muerte de mi mamá, que pudimos estar todos en su lecho de muerte y sobre el tema me comentaba un amigo si sería una bendición estar con ellos al morir. Será lo que sea, pero como duele despedirse de los seres queridos.

La realidad sigue siendo una ya muy famosa frase: “En vida hermano, en vida” no lo olvidemos.
Por hoy.

Rafael Ceja Alfaro

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Escribe un comentario sobre esta entrada: