viernes, 19 de agosto de 2016

7962. EL CURANDERO.

Reporte Z

Por Rafael Gomar Chávez.
Filósofo y periodista.
Desde Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

El curandero.

Aunque viajemos por todo el mundo para encontrar la belleza, debemos llevarla con
nosotros para poder encontrarla.
Ralph Waldo Emerson  (1803-1882).
Poeta y pensador estadounidense.
 
Después del encuentro con el anciano misterioso en un pueblo indígena, me olvidé del paquete que me obsequió luego de darle un aventón. Pasaron semanas o meses, no lo sé. En aquellos años mi vida era una vorágine de experiencias y excesos que apenas me permitían ser consciente del transcurrir del tiempo. En una crisis de salud ocasionada  por mis excesos me vi en una situación crítica que me impidió pararme de la cama durante varios días, nunca, en cuanto a mí depende he acudido con un médico, en esa ocasión me sentía tan mal que hasta pensé en la posibilidad de vencer mi resistencia a los galenos. Cuando era niño mi madre tenía que arrastrarme para obligarme a ir con el médico, siempre me las ingeniaba para no ingerir los medicamentos, cuando se trataba de las temibles inyecciones, no había escape posible y me tenía que resignar.

En cuanto pude sostenerme por mi propio pie, después de días que me parecieron un infierno y en donde creí ver al mismo diablo, me dirigí al mercado, a los puestos de vendedores de plantas medicinales. Me sentía realmente mal, muy débil por los días que pasé en la cama.

Antes de llegar al área destinada para los vendedores de plantas, al doblar una esquina encontré un improvisado puesto de yerbas muy bien ordenadas sobre la banqueta. Un anciano estaba sentado en cuclillas, una posición que a mí me parecía muy incómoda, pero el anciano parecía estar bien.

“¿Tiene alguna planta para el hígado?”, pregunté al viejo. Sin responder, el anciano me alcanzó un paquete con una combinación de plantas mientras me decía: “Esto ayudará a tu cuerpo, pero tu mal no está sólo en el cuerpo, tu enfermedad viene de lo más profundo?” La voz del curandero me pareció conocida y cuando vi su rostro con una sonrisa maliciosa lo reconocí de inmediato. Era el viejo que me encontré hacía algunos meses en la carretera, en un viejo pueblo indígena.

“¡Es Usted!”, le dije sorprendido, el hombre sólo me miró y sentí que su mirada me penetraba como un cuchillo: “¿Qué importa quién soy? La pregunta no es quién soy yo, la pregunta más importante es quién eres tú. Algún día tendrás que enfrentarlo”. El anciano volvía a utilizar esa forma misteriosa de hablar que me dejaba sin palabras, pero esta vez algo se removió dentro de mí, algo como un malestar que estaba a punto de hacerme vomitar: “!Usted no sabe nada de mí¡”, le grité mientras le pagaba las yerbas.

“Tienes razón” dijo el anciano y continuó: “pero algo sé, algo que tú no sabes y que no quieres ver: estás mal, estás fragmentado y si quieres seguir adelante tendrás que enfrentar a tus fantasmas. Puedes evadirlo pero algún tendrán que hacerlo. Quédate con tu dinero. No lo necesito”, dijo.

En ese momento me sentí tan mal que me senté en la banqueta. Me sentía mareado y sudaba frío. El viejo me dio algunas yerbas: “Mastícalas y chupa su esencia”. Nunca había saboreado algo tan amargo, casi devuelvo el estómago, pero algunos minutos después comencé a recuperar el equilibrio y dejé de transpirar.

Mientras, el viejo recogía sus yerbas y se disponía a partir. Sus ágiles movimientos contrastaban con la torpeza de los míos, yo apenas tenía 25 años y el hombre parecía tener más de 70 años, pero sus movimientos eran como los de un gato. Traté de disculparme por el modo que le contesté: “Perdone, no debí de gritarle así”. El anciano me miró, sus ojos parecían los de un niño travieso, “No te preocupes”, dijo el hombre, “ya pasó. ¿Y el collar?”, me preguntó. No supe qué contestarle, ni siquiera recordaba el paquete que me dio en nuestro primer encuentro. “Úsalo y descubre qué es”, me dijo mientras cargaba un costal con sus yerbas.

“Me gustaría hablar con Usted, necesito su ayuda”, le dije venciendo mi orgullo. El anciano se volvió para mirarme y sin dejar de sonreír me dijo antes de alejarse: “Tal vez, tal vez volveremos a encontrarnos. La vida es un camino con muchas veredas. Adiós muchacho.” Al volver a mi casa busqué el paquete hecho con periódicos, me costó encontrarlo entre libros y objetos revueltos, era en efecto, un collar, pero ¿Qué significaban los signos dibujados en él?

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