lunes, 22 de agosto de 2016

7963. NO SE ASUSTEN, QUE ES PEOR.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

No se asusten, que es peor.
Tía María fue la primera señora divorciada en la familia materno-toluqueña de este menda; en su momento fue un escandalazo (por ahí de 1930), pero ya viejita, decía que se decidió cuando perdió la esperanza de que cambiara su marido o cuando menos que dejara la bebida. En cambio, tía Lolita, aguantó 57 años a un esposo egresado de las academias Juan Charrasqueado, batracio desobligado y patán, porque ‘nunca perdí la esperanza de cambiarlo’, y se le murió siendo cada día más malo. Esperanza, desesperanza, actitudes ante la vida, modos de reaccionar.

La esperanza es un estado de ánimo que resulta de creer posible lo que se desea, que el objetivo propuesto se puede alcanzar, que lo que se hace rendirá el fruto esperado, porque esperanza es de esperar.

Desesperanza es lo opuesto. Es un cinco a cero en el último minuto del partido… ni esperanzas. Y no se puede achacar al equipo que va perdiendo con semejante marcador, que ya ‘se desanimó’ o que ‘ya perdió la esperanza’. Debe seguir pateando el balón con la esperanza de meter aunque sea de churro un golecito, pero, de ganar, nada, ni esperanza.

Hay situaciones en la vida en las que se cae en la desesperación, entendida como el estado de ánimo resultante de la pérdida total de la esperanza, ante el que cada quien reacciona de diferente manera, conforme a su personalidad: con rabia, con tristeza, con resignación, haciendo el ridículo, limosneando comprensión, negando el fiasco, enojándose con la vida. 

Hay quienes, de carácter recio, asumen la absoluta pérdida de esperanza de continuar con un proyecto o conseguir su objetivo, y renuncian sin mayores aspavientos, como hizo Porfirio Díaz ante lo obvio y presentó su renuncia al cargo de Presidente ante el Congreso. También hay de otra de ralea, los que ante la ya evidente falta de esperanza de su proyecto, nomás salen corriendo, como Victoriano Huerta o huyen de otra manera y se pegan un tiro, como dicen que hizo Hitler, dicen.

Por supuesto hay quienes con ese heroísmo que brota del hígado, sin esperanza de conseguir el triunfo o salvar el pellejo, siguen y siguen, hasta merecer sentido homenaje y estatua; sin olvidar a los que sabiendo imposible la victoria, terminan lo emprendido, nomás por cumplir a cualquier precio con su encomienda, como John Stephen Akhwari de Tanzania, que en 1968, en México, llegó último en la carrera del maratón, tan tarde que ya había terminado la ceremonia de clausura de la Olimpiada, cojeando y con un hombro dislocado… ovacionado de píe por los que quedaban en el estadio de Ciudad Universitaria; y cuando le preguntaron por qué no abandonó la carrera, declaró: “Mi país no me envió acá a 10 mil millas, para comenzar una carrera; me envió 10 mil millas para terminarla”. Uno de a de veras, que no debe confundirse con los soberbios que mantienen la esperanza contra toda esperanza, y porfían en que es posible lo que ya es del todo imposible, nomás por no dar su brazo a torcer.

Otra cosa son los estadistas de tomo y lomo que aguantan a pie firme la adversidad: Benito Juárez, con el país invadido por los franceses, estando a salto de mata, sabía que jurídicamente él era Presidente de la república y que era muy importante no abandonar el territorio (estaba agarrado con las uñas en el último metro de país, en ‘Paso del Norte’, hoy Ciudad Juárez), sabía bien que no debía rendirse, ni renunciar, reconociendo de facto al gobierno que quería imponer el invasor; porque también sabía que los yanquis en cuanto terminaran su guerra civil iban a hacer el berrinche de su vida viendo que ya hacían frontera con Francia (América para los americanos), y lo iban a ayudar a echarlos a patadas, como fue; viejo zorro, don Benito. En otro caso: Winston Churchill, sabiendo bien que no había manera de aguantar el empujón a la Alemania nazi, se dedicó a mantener vivo el patriotismo del pueblo y a cantarle a Hitler que le iba a salir carísimo invadir la Inglaterra (“…defenderemos nuestra isla a cualquier precio. Combatiremos en las playas, en los lugares de desembarco, en los campos y en las calles; combatiremos en las montañas… jamás nos rendiremos”; discurso del 4 de junio de 1941 ante el Parlamento británico), y don Hitler mejor se contentó con aventarles bombas, pero no los invadió (con esos modos del Churchill, mejor no).

Los jefes de Estado pueden y deben reconocer derrotas y cambiar planes, asumir sus errores y el costo de ellos. Pueden incluso reconocer su incapacidad y llamar a que los sustituya alguien mejor. Pero lo que no pueden ni deben es continuar con el timón habiendo perdido la esperanza, desesperados. Mala cosa, muy mala, un jefe de estado que pierde el nervio, se desanima, se desespera.

La esperanza a veces se pierde por dejarse dominar por la cólera que nace de la soberbia que impide reconocer errores, entonces se toman decisiones desesperadas o peor, no se toma ya ninguna decisión: nos vamos todos al abismo, “pa’ que se eduquen”. Es un después de mí el Diluvio en versión de fracasado.

También es síntoma de desesperación negar la realidad. Un Presidente que empieza con la cantaleta de que la prensa informa mal, que la realidad es otra, que hay harta cosa  a todo dar y que nomás no se habla de ellas por el puro gusto de hacerlo retobar, es un Presidente que da muestra de que tal vez está desesperado.

Y la declaración del sábado pasado de la prima del Presidente y secretaria general del PRI, Carolina Monroy, diciendo que hay un ejército de aliados leales que defenderán el proyecto de nación de Peña Nieto y que no permitirán un sólo agravio más al señor Presidente de la república, confirma que empiezan a dejarse dominar por la desesperación.

Los que no están de acuerdo con el personal proyecto de nación que don Peña Nieto nos recetó y los que lo critican, no son desleales ni lo agravian… no se equivoque, señora, lo bueno se defiende solo y ni somos tan exigentes, mire, con que empiecen clases los maestros, todos contentos. No se asusten, que es peor.

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