miércoles, 24 de agosto de 2016

7976. ¡YA ESTÉNSE!

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

¡Ya esténse!
En la noche de los tiempos, es largo de contar, los cavernícolas decidieron que ya estaba bueno de vivir con el Jesús en la boca (aunque no sabían que vivían así, porque ni se imaginaban que iba a nacer Jesucristo), pero así vivían en sus cuevas, defendiéndose como mejor podían de la robadera y de los que abusaban de su fuerza; y nació el Estado, lo que suena elegante pero al principio nomás fue la aceptación de todos de que sólo el del garrote más grande mandaba -que es lo que simboliza el cetro de los reyes-, y sólo ése tomaba lo ajeno (los robaba, pero ya nomás uno, lo que es la exacción legal, los impuestos: tomar parte de lo que produce la gente con su trabajo). Los estudiosos lo dicen bonito: el monopolio de la exacción y el monopolio de la violencia, como atribuciones que exclusivamente ejerce el Estado.

Al paso de los milenios la vida en sociedad se complicó un poco, que no es lo mismo tener a raya a una tribu de 30 ateridos cavernarios, que a 120 millones de sonrientes tenochcas (o a más de mil millones de chinos o hindúes).

Al principio el que mandaba hacía lo que le pegaba la gana pero de milenio en milenio la cosa, aunque despacito, se fue sofisticando hasta llegar a acuerdos más o menos respetados, más o menos universales, como que la gente, a diferencia de los que gobiernan, puede hacer todo lo que no esté prohibido y los que gobiernan pueden hacer solamente lo que la ley les manda (aunque todavía el 25% de la población mundial vive bajo dictaduras de diferentes tipos, de militares a religiosas, unas benignas, otras atrabiliarias, pero dictaduras en las que no hay ni rastro de derechos humanos, ni respeto al derecho ajeno, diría don Benito).

Pero, a lo nuestro: el gobierno tiene el monopolio de tomar lo ajeno (los impuestos) y cuando haga falta, usar la violencia para que se respete la gente, toda la gente, todo el tiempo, que es para lo que están las leyes. Claro está que la violencia legal que ejerce el estado no es sólo repartir balazos o garrotazos, no, que de alguna manera es violencia legítima, privar a la fuerza a alguien de su libertad (porque por gusto no están en la cárcel), imponerle y cobrarle una multa por alguna falta (que se paga muy a la fuerza), quitarle una propiedad a alguien porque fue embargado o echarlo a la calle porque no pagaba la renta y hasta la simple obligación forzosa de cumplir las leyes porque si no, la fuerza pública las impone.

Simplifica el clásico del tema (Max Weber), diciendo que Estado es sólo el que mantiene exitosamente el monopolio de la violencia, por lo que podemos afirmar que el gobierno que no lo hace, esencialmente pasa a ser un estado no funcional (un fiasco, birria, despelote, como usted prefiera).

Sin embargo, cuando un gobierno abusa de la gente, cuando atropella el derecho de los que gobierna, cuando se criminaliza el Estado, la gente, según los sabios, tiene como recurso recurrir a uno de los ‘Derechos del Hombre’, que es sacudirse la opresión mediante el uso de la violencia no legal aunque sí legítima (si un gobierno es de asco, entonces con todo, como sea, hay que tirarlo). Esa violencia tiene muchos grados: de la guerra civil formal, pasando por la guerrilla, hasta los actos de sabotaje, plantones, bloqueos, manifestaciones y vandalismo.

Llegados a este punto conviene distinguir: el que actúa así contra el estado establecido tiene sólo dos caminos, uno lleva a la cárcel (y en casos más seriecitos, al cementerio), y el otro lleva al trono, al poder, al palacio de gobierno. Sólo la victoria da legitimidad al insurrecto (pregúntele a Hidalgo, Morelos y compañeros de picota).

No se vaya usted a creer que esto es nuevo ni resultado de lo listos que fuimos en el siglo XX o éste, no. Ya en 1635, Calderón de la Barca escribió ‘La vida es sueño’, que trata precisamente, del derecho de la gente a hacer su vida, su libertad para rebelarse contra un régimen opresivo; dice hablando de las guerras civiles: “a batallas tales / quienes vencen son leales / los vencidos, son traidores”; ¿ya ve?, lo mismo pero dicho bien: si ganan, héroes; si pierden, delincuentes. Fidel Castro ganó, Pinochet también, para que no vaya a imaginarse que todos los que triunfan son unos tipos buenecitos que hay que imitar.

El presidente Peña Nieto ha dicho que sin todos los niños recibiendo clases, su gobierno no le vuelve a dirigir la palabra a los líderes de la CNTE: está bien, es su papel. Los líderes de la CNTE han endurecido sus acciones y mantienen las escuelas cerradas, mientras el gobierno no resuelva sus peticiones: está bien, es su papel.

Nada más una cosa: esto es claramente trabar combate y si no, cuando menos es un claro reto al Estado. Tenga razón quien la tenga, por un lado, el gobierno intentando hacer valer una ley; la CNTE, intentando forzar su derogación.

Es obligación del Estado, si quiere prevalecer, dar solución a esto sin ceder ante el reto que se le hace. Si no lo hace, el gobierno federal abdicará a la esencia del Estado, y quedará probado que a este gobierno se le puede oponer violencia exitosamente. Será una caricatura de gobierno.

Nadie en su sano juicio quiere ver correr la sangre pero tampoco queremos comprobar que no tenemos un gobierno que garantice a como dé lugar el cumplimiento de la ley, porque mañana puede haber un llamado a no pagar impuestos y entonces sí, nos vamos todos al voladero.

Los líderes de la CNTE con lo mucho que entienden de estas cosas, deben saber que puestas así las cosas, es a ellos a los que toca mover su ficha, ceder que no es conceder, devolver la normalidad a la vida de todos, replantear en otros términos sus peticiones sin afectar a la niñez. Y el gobierno debe estar listo y bien dispuesto a mostrarse no generoso sino abierto a todas las propuestas y opiniones, aceptando que esto pasó porque si le piden las cosas legalmente, de manera pacífica y respetuosa como dice la Constitución, se limpian con la gente. Lo han hecho mucho. El momento es grave, es momento de parar. ¡Ya esténse!

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