viernes, 26 de agosto de 2016

7985. 500 PASTELES NOMÁS PARA ÉL.

Por el Sr. López.
Periodista critico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

500 pasteles nomás para él.
Tía Maruca se casó con un macho de Jalisco con todos los requisitos necesarios para dar asco. Sólo él mandaba y decidía, no oía razones y era una ofensa seria a su calidad de ‘varón de la casa’, preguntarle el porqué de algo o sugerirle algo: él mandaba, punto. Tía Maruca, nacida allá por 1910, no tenía la opción de divorciarse, cosa escandalosa e imposible para las damas católicas de entonces, y como tampoco le apetecía ir a la cárcel por homicidio, lo que hacía era obedecer siempre, con especial interés en hacer lo que disponía ‘el señor’ en cuanto corría alegremente por sus venas el contenido de su reglamentaria botella de tequila vespertina, cosa casi cotidiana. Así, una vez regaló su caballo favorito (“me dijiste que se lo mandara al compadre Chano”); otra, el señor amaneció sin muebles en la casa (“tempranito se los mandé al señor cura, te mandó las gracias, que tú sí tienes palabra, dijo”); y la más grave fue cuando desayunando, preguntó por su hija mayor, hermosa doncella, su consentida, niña de sus ojos, alegría de su corazón, y la tía Maruca respondió: -Acuérdate que don Rutilio vino a pedirte permiso para que su hijo chico la cortejara pero te la jugaste en un albur y… tú mandas, viejo –cuando lo conoció este López, era un viejito muy callado que no probaba el alcohol.

En México nuestro sistema de gobierno es presidencialista. Es un sistema de gobierno, no es correcto ni incorrecto, depende de los contrapesos institucionales y de lo mucho o poco que se respete la ley. El sistema presidencialista es básicamente, aquél en el que la persona que es elegida como Presidente, simultáneamente es jefe de gobierno y jefe de Estado (el que representa a la nación). Este sistema funciona -cuando funciona-, mediante la división de poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial), pues no es prudente dar a una sola persona todas las canicas. Con un Poder Legislativo responsable y una Suprema Corte que se desempeñe con seriedad en cada país, se pueden evitar muchos achuchones a la población.

El presidencialismo es uno de los sistemas de gobierno más populares, cerca de 70 países, de los EUA al Chad, pasando por México y Zambia, son presidencialistas. Otros países no son ni nunca han sido, como Francia, donde el Presidente nombra al Primer Ministro, quien es el que gobierna con un gabinete de ministros que nombra el Presidente a propuesta de él, su Primer Ministro, y todos dan cuentas a la Asamblea Nacional (su poder legislativo) que, por cierto, puede destituir al gobierno con una moción de censura, así nomás, sin sombrerazos. Alemania tampoco es presidencialista; allá eligen a su congreso (‘Bundestag’), y el congreso se encarga de elegir al Primer Ministro y al Presidente. La Gran Bretaña es una monarquía parlamentaria… y en otros les funciona la dictadura de una persona, la de partido, la religiosa. De todo hay en este mundo.

En México nuestro presidencialismo es a la mexicana (créame). Era y es, más que presidencialismo, un ‘señor-presidentismo’ que en su apogeo durante el siglo pasado, desapareció del todo a los otros dos poderes: el Congreso funcionaba como porra oficial del Presidente y la Suprema Corte como un tribunal de viejitos decentes y buenas personas que colegiadamente absolvían de sus pecados constitucionales al señor-presidente.

Nuestro ‘señor-presidentismo’ en el dorado pricámbrico clásico, colocaba al señor-presidente por encima de la ley y la Constitución se rediseñaba al gusto de cada uno de los huéspedes de Los Pinos, hasta Fox y Calderón que no entendieron el ‘Manual de Operación y Funcionamiento del Poder Legislativo-Presidencial’, cuando el señor-presidente era los tres Poderes en una sola persona, versión tricolor-tenochca de la Santísima Trinidad (tres poderes en un solo patrón). Además, de 1929 al 2000, cada presidente, fuera como fuera, era ‘La Revolución’ encarnada por obra y gracia del Espíritu del Partido, y gracias a ellos y sólo por ellos, todo era mejor, todo, mérito del amo y señor, emperador sexenal. Así, el ‘señor-presidentismo’ ahogaba toda iniciativa y dejaba como única vía para el progreso político personal, la velocidad en doblar la espalda diciendo  que los lagartos sí volaban y que la hora era la que el señor-presidente dijera.

Sólo que el ‘señor-presidentismo’ tenía revés: el señor-presidente, siendo omnímodo todopoderoso y dador de toda gracia, era el responsable de todo, de la caída internacional del precio del petróleo al asalto en un callejón, y respondía por una sequía o los daños por un huracán. El ‘señor-presidentismo’, también estaba sujeto a la maldición de la Cenicienta, porque el señor-presidente, mágicamente, a las doce de la noche en punto de su último día de poder, pasaba de dios a demonio, de santón a paria. Ni modo.

El 1º de diciembre de 2012, el PRI retornó fugazmente a Los Pinos, fugazmente porque a los tres meses de su ascensión al poder, don Peña Nieto lo desapareció, cambiando todos sus principios y estatutos (XXI Asamblea General), conservando el nombre para el nuevo partido que nació heredando el nombre de su abuelo-partido no por respeto, sino disimular la cosa y porque la etiqueta tiene su mercado.

Lo que no pareció necesario a don Peña Nieto fue cambiar el modo de ejercer el poder, pues es requetebonito el ‘señor-presidentismo’. La firma del ‘Pacto por México’, con el PRD y el PAN con sonrisa de comer tostadas de pata, el 2 de diciembre de 2012, al día siguiente de su toma del poder, le confirmó que él era, como los de antes, el señor-presidente, doblador de todo lomo.

Bueno… pues por eso es que no puede ni quiere alegar don Peña que él nomás propuso las reformas; que fueron aprobadas por el Congreso de la Unión y los congresos de los estados y ahora que la CNTE tiene a punto de hervor a cuatro estados y la capital del país, ni pío dicen los legisladores, sabedores que el señor-presidente, debe ser el único que pase a la historia, porque a cualquier precio, son los 500 pasteles nomás para él.

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