domingo, 28 de agosto de 2016

7991. EL COLLAR.

Reporte Z

Por Rafael Gomar Chávez.
Filósofo y periodista.
Desde Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

El Collar.

Lo que el maestro es, es más importante que lo que enseña.
Karl A. Menninger. (1893-1990)
Psiquiatra estadounidense.
Después de mi inesperado encuentro con el anciano que resultó ser un curandero, al regresar a mi cada busqué entre los libros amontonados el paquete que me obsequió el viejo en nuestro primer encuentro, lo encontré y lo abrí. Era sólo un collar, una artesanía muy sencilla elaborada con una cinta de piel, un aro cubierto de hilo café oscuro, unas plumas de una ave pequeña, y siete pequeñas piedras, la más grande de las piedrecillas estaba en el centro del aro, sostenida por un hilo  dorado, tejido como una red de 7 nudos.

La tela de araña de 7 puntos destacaba sobre un fondo dividido en  negro y rojo pintados sobre un trozo de piel, un rombo; desde el centro del rombo se iniciaba una espiral, símbolo que representa la ampliación de la conciencia, pero también representa un viaje a otros mundos, representa también el movimiento incesante, la renovación, el renacimiento.

Me puse el collar al cuello y sentí la caricia de las plumas en mi pecho.  Después de un rato percibí un calor muy agradable que irradiaba desde el centro del pecho, donde estaba el aro. Tal vez fue sólo mi imaginación, pero la sensación persiste con el paso del tiempo. Esa noche dormí como un bebé, porque últimamente había tenido problemas para dormir.

Y es que una pesadilla me perseguía, no era temor, sino asco lo que despertaba en mí ese sueño que se repetía una y otra vez. Me sentía intrigado por lo que podría significar ese sueño y el hecho de que se repitiera una y otra vez, me estaba enfermando de verdad. En el sueño era de noche, yo corría dando saltos cada vez más largos y altos, como un atleta, cada vez iba más rápido y más alto, hasta que al fin podía permanecer en el aire, pero eso duraba sólo unos segundos y tenía que hacer grandes esfuerzos para no caer, hasta que al fin, caía en una cloaca pestilente.

La cloaca era enorme, otras personas se debatían en un líquido pegajoso que impedía moverte con libertad, el olor era insoportable, miles de objetos flotaban en todas partes, todo lo que te puedas imaginar, los desechos de la sociedad de consumo. Era como una gran resbaladilla que nos llevaba a un mar de porquería en donde muchos luchaban por permanecer a flote. Me despertaba con asco y tenía que lavarme por la impresión de estar contaminado con la pestilente sopa de desechos.

Pero esa noche no hubo pesadilla. Al día siguiente me sentía muy bien y había tomado una decisión que apliqué de inmediato. Renuncié a mi trabajo y me dispuse a prepararme para tomar unas largas vacaciones. Era un excelente trabajo, me pagaban muy bien pero tenía que trabajar los 365 días del año a toda hora, desde las 12 del día hasta que se terminara la tarea, a veces a las 12 de la noche.

Con mis ahorros y un crédito había adquirido una pequeña casa y una motocicleta. Me gustaba ir por la carretera a toda velocidad, o por las veredas del monte, entre los árboles y las rocas. Sobre la motocicleta y en el campo o la carretera, sentía que mi sueño de volar era real.

Podría sobrevivir con el dinero ahorrado, mi papá insistía en que volviera a la universidad, pero a mí no me entusiasmaba la idea. Estaba entusiasmado con la idea de viajar a Perú, pero la vida me llevaría por caminos desconocidos y misteriosos.

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