lunes, 5 de septiembre de 2016

8025. LA MONTAÑA SAGRADA.

Reporte Z

Por Rafael Gomar Chávez.
Filósofo y periodista.
Desde Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

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El hombre es un pedazo del universo hecho vida.

Ralph Waldo Emerson. (1803-1882.

Poeta y pensador estadounidense.


Un sentimiento indefinible me llevó a buscar al anciano indígena en el pueblo donde lo dejé la primera vez. Era una madrugada de septiembre y el campo estaba en plenitud, durante el viaje al pueblo indígena comenzó la lluvia, afortunadamente al poco rato con la llegada de los primeros rayos del sol, dejó de llover.

No fue difícil comenzar la búsqueda, comencé en una tienda en donde pregunté por el anciano y al mismo tiempo calenté mi cuerpo con un café de olla.  El tendero me dijo que el lugar donde vivía el curandero no estaba cerca, pero me orientó porque conocía al anciano.

Realmente estaba lejos, luego de más de una hora por un camino de terracería encontré la cabaña del anciano por las señas que me dieron en el pueblo. Me estacioné a un lado del camino y recorrí un sendero que llevaba a una cabaña rodeada de un jardín con flores y plantas, una gran variedad de plantas.

Al llegar saludé en voz alta: “¡Buen día! Hay alguien en la casa!”, repetí el saludo pero nadie contestó, así que me senté en una piedra, cerca del jerdín. Mientras esperaba al anciano miraba atentamente las flores y las plantas, los insectos, las mariposas, todo comenzaba a cobrar vida.

Estaba abstraído observando el trabajo de unas hormigas, cuando sentí en el hombro la mano del viejo. No parecía sorprendido, pero estaba alegre. “¡Qué bueno verte!”, “Llegas en el momento justo para partir, me dijo golpeando suavemente mi hombro mientras me conducía al interior de la choza. El viejo traía un mecapal con un canasto repleto de plantas que poco después acomodó cuidadosamente sobre una mesa, separadas por especies.

Al poco reto me acercó una taza de té mientras seguía con sus tareas. Al poco rato, tomó un morral, se cruzó una cobija sobre el hombro y me dio otra a mí. “Vámonos, antes de que el sol se levante debemos estar en camino”, dijo.

En ningún momento me preguntó si quería acompañarlo, sólo tomaba decisiones sin tomar en cuenta mi parecer. Pero me encontraba en un estado de fascinación tal que no opuse ninguna resistencia. Comencé a molestarme cuando pasaron más de dos horas y el anciano no daba muestras de querer parar en la caminata cuesta arriba que habíamos tomado.

Me armé de valor y a punto de desfallecer le dije mientras me dejaba caer sobre una pequeña colina: “!Oiga, podemos parar un momento!”, “!Se puede saber a dónde vamos?”.

El anciano se detuvo para reír abiertamente, cuando terminó dijo, “Es mejor que cambies de actitud, el viaje apenas comienza”. “Pero, ¿A dónde vamos? ¿Cuánto tiempo nos llevará llegar?”.

Con su característica sonrisa maliciosa el curandero me miró fijamente a los ojos y me dijo: “No sé a dónde vamos, espero que tú lo descubras porque vamos en busca de tu destino, ¿No es por eso por lo que veniste? Esto último me lo dijo acercando su rostro para mirarme fijamente: “¿No es por eso por lo que veniste?”, repitió y luego me pasó un juage con agua fresca y cuando terminé de beber puso en mi mano una planta. “Mastícala poco a poco”, me dijo el anciano.

“Pero no vamos a comer? ¿Eso es todo?” pregunté mirando la planta en mi mano, eran como dos pequeñas rebanadas de pizza, verdes, pero tan pequeñas como un grano de maíz. “Es más que suficiente por ahora”, dijo el viejo y continúo la caminata. “¡Vámonos, es tiempo de seguir adelante!”.

Me eché a la boca el magro alimento y seguí al viejo resignado a caminar quién sabe cuánto tiempo. Pero algo cambió de pronto. Apenas comenzaba a subir a la montaña sagrada.

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