martes, 6 de septiembre de 2016

8028. LA OTRA MITAD.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

La otra mitad.
En la familia materno-toluqueña de este menda, tío Ricardo no era bien visto pues todos sabían que no le incomodaba portar una cornamenta envidia de un reno siberiano (15 astas, un metro de ancho), sin ningún pudor ni queja. Una vez, ya viudo, uno de esos que siempre hay le preguntó cómo había aguantado tal cosa y respondió como lo más natural: -Ella me era del todo indiferente y guisaba muy sabroso –de pena ajena. 

México se ha construido desde el siglo XIX, con una sociedad indiferente al gobierno y los gobernantes, sin confundir indiferencia con tolerancia, porque no somos tolerantes. Indiferencia es no distinguir, no sentir inclinación ni rechazo por nada, muy diferente a tolerar lo que se distingue como inadecuado, incómodo o malo. Se puede tolerar un dolor de muelas, no se puede ser indiferente a él.

Nuestra sociedad es indiferente a su gobierno como secuela lógica de ser colonia tres siglos (y colonia española), en la que el principio era que el pueblo estaba para obedecer y punto; haga memoria nomás del bando que publicó el virrey Carlos Francisco de Croix, el 25 de junio de 1767 en la Ciudad de México, que terminaba con estas dulces palabras: “(…) de una vez para lo venidero deben saber los súbditos del gran monarca que ocupa el trono de España, que nacieron para callar y obedecer y no para discurrir, ni opinar en los altos asuntos del gobierno” (ni opinar).

Sume a eso que México recién independizado era un archipiélago de entidades locales muy poco identificadas por cosas comunes aparte del idioma y la religión, lo que permitió, junto con la  indiferencia del pueblo al gobierno, que pasaran cosas como la pérdida a favor de los EUA de más de la mitad del territorio nacional en 1848, mediante la firma del Tratado de Guadalupe-Hidalgo, a iniciativa de un presidente interino (de apellido Peña, para más datos), aprobada por 48 diputados y 33 senadores de un Congreso de muy dudosa legalidad (por no decir que era una puesta en escena, con legisladores de representación del todo ilegítima), sin respetar ni las formalidades de discusión.

La población estimada del país entonces, era superior a los ocho millones, perdió el país más de dos millones y medio de km2: Texas, parte de Tamaulipas -entre los ríos Nueces y Bravo-, California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México y parte de Colorado, Kansas y Wyoming. ¿Hubo alguna reacción popular?... no, ninguna. El gobierno de México firmó el Tratado con el negociador por parte de los EUA, Nicolas Trist, sabiendo que ya había sido destituido y no tenía facultades para firmar nada (otro por cierto: don Trist escribió a su familia que se había sentido avergonzado durante las negociaciones por ser “un abuso de poder de nuestra parte”… bueno, a alguien le molestó el asunto). Cinco años después Santa Anna vendió la Mesilla, 76,845 km2… pelillos a la mar.

En el siglo XX, por la propia inercia del cambio de los tiempos y -disculpe usted-, gracias al régimen de partido único, poco a poco y al principio aunque fuera nada más como discurso, pero se fue haciendo como se pudo y sobre la marcha, una identidad nacional. Destacadamente contribuyó a ello la explosión de vida cultural que fue nuestro siglo XX, junto con la creación de instituciones oficiales que fueron haciendo presencia actuante y eficaz en todo el territorio, hasta llegar a esto de ahora, en que también ayuda la tecnología con la comunicación masiva instantánea que ofrece, aunque su uso intensivo aparentemente sea sólo para el intercambio de banalidades, porque también sirve para que cada vez más gente se entere de los asuntos de la cosa pública y así sea con comentarios soeces, exprese su rechazo, aunque aún no se traduzca nada de ello en acciones cívicas concertadas que metan en cintura a quienes nos gobiernan, que por lo pronto han tenido que aprender a cuidarse más y a apechugar conciertos, serenatas y recitales de mentadas de madre. Ya es algo.

Sin embargo a tuitazos, feisbucazos o periodicazos, no se altera el rumbo del barco. Es obvio que el gobierno va por su lado y la ciudadanía por el suyo. Nuestro país es una de las primeras economías del mundo (como es, siendo la once de entre 214 países que existen), y lo es no gracias a nuestras autoridades, pero sin ellas no sería posible, seamos sinceros, que algo como el TLC, con todos sus defectos y virtudes, no puede hacerlo nadie sino el gobierno. Pero también debemos aceptar que somos coleros en otras cosas más importantes o al menos igual de importantes que la producción y exportación de bienes: la desigualdad es una brecha que crece, la pobreza de amplísimos sectores es aparentemente imparable, la mala calidad de la educación pública, la inseguridad, la corrupción de nuestros cuerpos de seguridad, la muy deficiente impartición de justicia y tantas cosas más.

Supuestamente somos una democracia, cuando la verdad y a la vista de los sucesos de los últimos dos o tres decenios, esto parece una ineptocracia, cuatachocracia, indignocracia, mitocracia, impostocracia, pandillocracia, todo, menos el gobierno del pueblo, para el pueblo, y nuestros gobernantes -con las excepciones bla, bla, bla-, lejos de demócratas sinceros y esforzados, son una rica selección de falsócratas, descarócratas, impudócratas y cleptócratas.

Y como estamos, definir a nuestro gobierno como una cleptocracia ya es piropo, pues qué no daríamos por gobernantes eficientes, ordenados, serios, aunque no fueran honrados como un carmelita descalzo.

Sin redentorismos, nuestra clase política, las organizaciones civiles que ya existen, las universidades, los intelectuales, activistas, nuestros juristas, deben revisar si de verdad el modelo de gobierno funciona. Dejemos en paz lo que nos distrae de lo importante: de acuerdo, estos son una birria, pero ya se van, y nosotros acá, pandos de gusto leyendo ‘memes’.

Lo hacemos nosotros o de fuera nos lo imponen y sorpréndase, algunos de nuestros políticos de ahora trabajan para ese proyecto, total nomás es la otra mitad.

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