domingo, 11 de septiembre de 2016

8042. ACTA DE DEFUNCIÓN.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Acta de defunción.
Joaquín se llamaba el abuelo de Elena, la abuela de este menda (lado paterno, los de Autlán de la Grana, Jalisco). Ese Joaquín nació en 1813 cuando México se llamaba Nueva España y Jalisco era el Reino de Nueva Galicia (que incluía Aguascalientes, Nayarit y Zacatecas). El señor nació con Virrey y murió tomando plácidamente el fresco en el pasillo del patio de su casa de rancho, en 1904, a los 91 añitos, con Porfirio Díaz atornillado a La Silla presidencial. Así de joven es nuestro país. Bueno, pues contaba ella que su abuelo era un señor alto y bigotudo, recio sin llegar a grueso, que “harta bala echó”, pues de joven se batió no pocas veces con chichimecas y ya mayorcito, entró gustoso a la Guerra de Reforma y a combatir las invasiones (yanqui y francesa). Viudo dos veces,  tuvo “más hijos que pelos en los bigotes”, con el auxilio de otras señoras aparte de sus tres esposas. Dueño de vastas tierras, a las familias de las mamás de sus hijos supernumerarios, daba tierras, aperos y lo que hiciera falta para salir de pobres ellos y ser más rico él, y a los críos, el apellido, que a todos registraba y bautizaba como legítimos, lo que era posible porque el señor mandaba en la alcaldía y la parroquia, en su casa y la región: -“Y a ver quién era el macho que le decía que no a nada” -decía la viejita, agregando sonriente que en cambio, su papá de ella ya nomás mandaba en su casa y que su esposo, mi abuelo Víctor, no, él nomás opinaba y a veces le hacía caso, a veces no: -“Y míralo, tan contento” –lo señalaba alzando las cejas con su mirar siempre alegre.

Después de 31 años de régimen porfirista, ese que a trancas y barrancas, a las chuecas y las derechas, dio a México algo parecido al progreso, el orden y la paz, Plutarco Elías Calles implantó en el país el presidencialismo a la mexicana como edición revisada y mejorada de la dictadura de don Porfirio, con defectos, virtudes y genialidades, sin ninguna intención de ser genuinamente democrático, pero cuidando las formas y el discurso.

Ese presidencialismo, de partido único, corporativista y sin dogmática (más allá de un nacionalismo un tanto folclórico y las fronteras cerradas a casi toda importación para que el consumo interno favoreciera la creación y consolidación de una industria nacional), ese régimen que llamábamos ‘el sistema’ que conocimos muchos de los que aún consumimos oxígeno, nunca dijo don Plutarco que era para siempre, porque no decía tonterías.

Lógicamente los que disfrutaban de las mieles del poder total en manos de un solo hombre, los beneficiarios del sistema, sin siquiera proponérselo, deseaban que el estado de cosas siguiera y hacían lo posible porque así fuera. La simple dinámica social, los desequilibrios e inconformidades que propiciaba el régimen, la influencia inercial de los hechos internacionales y desarrollo de las ideas en el extranjero, junto con la creciente necesidad del imperio del capital de contar con más fuentes de insumos, mano de obra y consumidores, lo fueron debilitando (y encima, la clase política cada vez más anémica, pues no era necesario para llegar a la cima del gobierno, compitiendo duramente con los que tuvieran la misma ambición, de modo que nuestros políticos cada vez eran de menor talla y peso). El ’68 sí influyó pero realmente fue un episodio más de una saga de larga data, de luchas obreras y campesinas a las que se agregaban en número creciente los de una clase media cada vez más arrinconada.

Así las cosas, por acumulación de errores las finanzas nacionales se fueron al voladero en tiempos de López Portillo y ya no se pudo evitar abrir el país al juego económico del mundo del capital, cosa que hizo de la Madrid al firmar el protocolo de adhesión al Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT) el 24 de julio de 1986, con el apoyo entusiasta del empresariado.

Cuando lo del GATT, el presidencialismo puro y duro de antes, venía a la baja hacía ya mucho, con Díaz Ordaz sufrió reveses, con Echeverría se cayó en la mofa, con López Portillo en la frivolidad, con de la Madrid era un chiste (y más después de los sismos del 85 que lo paralizaron, haciendo evidente que el Presidente no era un dios dador de toda gracia); y eso, con un Estado cada vez con menos recursos qué repartir, con mayores demandas que no podía resolver… y apareció el duende que pensó seriamente que el cambio de rumbo económico se podía aprovechar para restaurar el presidencialismo: Carlos Salinas de Gortari, genial y abyecto a partes iguales (abyecto políticamente, no piense mal).

Ya Presidente, Salinas hizo todo lo que el imperio del capital quería: vendió todo lo que pudo de las industrias del Estado, reprivatizó la banca y creó una nueva clase financiera improvisada y rapaz; y para su beneficio personal, creó un partido paralelo al PRI (Pronasol, que repartía millonadas a través de una estructura muy eficiente), debilitando al mismo tiempo y cuanto pudo al PRI, desmontando sus sectores (el de los trabajadores, CTM, desecho a fuerza de contener los salarios; la CNOP, sin recursos para paliar las necesidades de los sectores medios; el campesino, la CNC, al modificar el artículo 27 constitucional, esfumando el ejido).

Cuando finalmente Salinas consiguió el Tratado de Libre Comercio, al fin de su quinto año de gobierno, creyó que era su apoteosis personal, impuso a su candidato personalísimo, Colosio, y se dispuso a quedarse con el país, nomás para él: un callismo modernizado y con mejor corte de cabello. Sí, qué fácil: le mataron al candidato, le mataron al secretario general del PRI (Ruiz Massieu), le estallaron una guerra (el EZLN); su sucesor desmontó de un plumazo Pronasol, reventaron la economía nacional, retirando masivamente capital, y el nuevo redentor de la patria acabó en paria.

El segundo y último intento de resucitar-restaurar el presidencialismo lo ha protagonizado Enrique Peña Nieto. El presidencialismo ha muerto, anote usted que el 31 de agosto del 2016 es la fecha de su acta de defunción.

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