lunes, 12 de septiembre de 2016

8052. TODO VIVE.

Reporte Z

Por Rafael Gomar Chávez.
Filósofo y periodista.
Desde Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

Todo Vive.

Lo que dejamos atrás y lo que tenemos por delante no son nada comparado con lo que llevamos dentro.
Ralph Waldo Emerson (1803-1882)
Poeta y pensador estadounidense.


Durante horas caminamos en silencio, a veces por llanuras iluminadas por el sol, a veces por sendas en penumbra. El sol se había levantado y brillaba intensamente, pero el bosque era tan denso en algunas partes que apenas unos rayos de luz lograban penetrar las tupidas ramas de los árboles. No había cansancio. Me sentía ligero como una hoja que levita en el aire y me parecía que en lugar de caminar a grandes pasos, flotaba. Me parecía que volaba.

A mi alrededor todo había cambiado, o mejor dicho, todo parecía más real, más vivo, yo mismo me sentía más vivo que nunca, podía escuchar los latidos de mi corazón, agitados por el ritmo de la caminata, sentía la sangre circular por mis venas y en cada una de mis células brillaba la energía vital que me animaba a seguir incansablemente.

Me sorprendió sentir la respiración de la Tierra, palpitaba desde su centro y con ella toda la creación se movía al ritmo del gran corazón universal. Las plantas más pequeñas, las piedrecillas, los insectos, los árboles y las rocas respiraban rítmicamente ¡las rocas respiraban! Aún los seres aparentemente inanimados tenían un corazón, todo alrededor participaba en la danza de la vida y por primera vez me sentí uno con el universo.

De vez en cuando el viejo me daba algunos gajos de la planta de poder que me llevó a ese estado de conexión con la naturaleza, con el universo. Caminábamos en silencio, el tiempo dejó de tener importancia y las palabras no eran necesarias. Me había desenfocado totalmente de la dimensión temporal entregado a la experiencia del momento presente. El viejo se detuvo bajo unos árboles para descansar un momento, desde donde estábamos podíamos ver el horizonte y las montañas, no tenía idea de dónde estábamos; bebimos un poco de agua y comimos algunos gajos de naranja, pero nada más. El viejo permanecía en silencio y lo mismo que yo parecía absorto en los sonidos que la naturaleza nos ofrecía en un concierto en el que el canto de los pájaros, el rumor de las hojas de los árboles, y la suave música del viento se unían en una perfecta sinfonía.

Al caer la tarde, el viejo preparó un cigarrillo con polvos y plantas secas que sacó de su morral. Parecía muy concentrado, al terminar de liar el cigarrillo, se puso de pie mirando hacia el sol que se ocultaba detrás de las montañas, sostenía el cigarrillo entre sus dos manos abiertas en una silenciosa ofrenda al astro que desaparecía lentamente. Después encendió el cigarrillo y me lo pasó para que fuera yo el primero en fumar. Así lo hice. Entre los dos fumamos el cigarrillo sin decir palabra. El magno concierto que la madre naturaleza nos ofrecía me hizo caer en un profundo estado de relajación, y me dormí como un bebé.

Cuando desperté ya estaba oscuro y hacía frío. El viejo había hecho una fogata y había leña para toda la noche, pero él no estaba. Sentí miedo, ¿Me había abandonado el viejo en la soledad de la montaña? ¿Cómo haría para volver al pueblo? Sentirme solo y abandonado en medio de la montaña me llenó de terror y la ansiedad crecía en mí como un tsunami incontenible. Quería gritarle al viejo. Miraba alrededor y los sonidos de la noche me aterrorizaban, las sombras de los árboles, me parecían viejas brujas que me acosaban jugando con mi terror.

Un gato que me pareció enorme me miraba silenciosamente. ¿Dónde estaba el viejo? ¿Por qué me había dejado solo en medio de la noche, en una montaña desconocida? ¿Cómo podría sobrevivir? Aterrado me envolví en la cobija porque comenzaba a hacer frío, la neblina comenzaba a cubrirlo todo, me acerqué al fuego. La noche apenas comenzaba. El gato enorme me miraba desde las sombras. Sentí que alguien se acercaba ¿Sería el viejo? ¿Quién más podría ser?

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