miércoles, 14 de septiembre de 2016

8059. SANGRE, SALIVA Y TINTA.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Sangre, saliva y tinta.
Escandalizó a su menda, hace muchos más años de los que es prudente confesar, escuchar a un viejo zorro de la política nacional ya retirado, comentar en una reunión de amigos (amigos de él), que en México sólo había dos clases, los que ponen y los que agarran; que la democracia era un cuento inaplicable; que la corrupción era el aglutinante de los intereses políticos, al que debíamos la paz; y que nosotros y todos los países de Latinoamérica se construían a palos y mentiras, en la proporción que hiciera falta. “Por estos canallas estamos como estamos”, pensé iracundo (sin dejar que se me notara, que estábamos comiendo muy bien… y de gorra).

Pasaron los años… bueno, no pienso que sea correcto nada de lo que dijo ese señor, pero parece que no se equivocaba mucho.

Nuestra democracia nos ha servido hasta el momento y nada más, para saborear el regreso del PRI al poder, poder ya abiertamente compartido con un amasijo de intereses políticos y económicos, que amplió la base depredadora, que antes se constituía por una cincuentena de influyentes y hoy son legión: algunos, no todos, pero no pocos de los integrantes de los gobiernos federal, estatales y municipales, la casta dorada de cierto empresariado cuyo hábitat es el frondoso árbol del poder político, líderes sindicales, novísimos órganos autónomos; y socios, hijos y amigos de todos ellos, que todos meten mano al cajón.

La corrupción industrial-estructural de estos tiempos deja como a señoritas del XIX bordando crochet, a los políticos de antaño, que se conformaban con hacerse de un par de ranchos, una buena casa en la Ciudad de México y un coche de 8 cilindros; en tanto que los de ahora, necesitan jet, batería de camionetas blindadas, casas en el extranjero, y que en cualquier banco del mundo los espere en la banqueta, el director general sudando y sonriendo, para abrirles la portezuela de su limusina. Hasta ahorita y sin prueba en contrario, este es el resultado obtenido de nuestra transición a la democracia.

Por otro lado, ningún político actual recurre seriamente, no a la violencia (eso nunca se recomienda), sino a ninguno de los medios de resistencia y desobediencia civil que en cualquiera de sus presentaciones, doblan a cualquier gobierno (cualquiera), porque sabe que a la larga o a la corta, si persevera, si respeta las reglas de este juego de saqueadores, con tantita suerte, tocará los dinteles de la gloria de la corrupción de altos vuelos, que tiene todas las ventajas, destacadamente, que es legal, como conseguir  exenciones fiscales de decenas de miles de millones (con menos riesgo que pasarse un semáforo de madrugada).

Como está organizada nuestra política, si el actual Sistema Nacional Anticorrupción (ya vigente desde julio de este año), de verdad impidiera cometer cualquier acto de corrupción, se desmoronaría la estructura de gobierno del país. No tendrían el menor interés en participar en la cosa pública la mayoría de ellos (la mitad más uno, es mayoría). Veríamos las sedes de los partidos, abandonadas, igual que edificios de secretarías y paraestatales. No habría cachetadas por conseguir ser candidato a nada y algunas empresas emigrarían, huyendo escandalizadas por la falta de oportunidades de negocio; y, sí: algunos bancos extranjeros cerrarían sus puertas. Nos guste o no, es el salpicadero general de los lodos de la corrupción lo que explica en buena medida la cohesión y funcionamiento de no poco de esto que llamamos gobierno y realmente es un aparato general de expolio.

Es interesante pensar un poco en lo de las dos clases de mexicanos: los que ponen y los que agarran. Mexicanos de poner somos todos los que pagamos impuestos, los que le damos para su refresco al agente de tránsito, los que dan mordida al inspector para poder vender abanicos en un crucero, los que revenden al rayo del sol productos pirata que importa un gargantón, libres de toda contribución aduanal, los que tienen que juntar la cuota voluntaria para inscribir a sus hijos en la escuela pública y “gratuita”: la masa, todos nosotros, el peladaje. Mexicanos de agarrar son los que forman la clase de los privilegiados, los millonarios que pagan menos impuestos que un cartero gracias a despachos de especialistas fiscales, los que reciben pensiones de 300 mil pesos mensuales, los que explotan concesiones exclusivas, los que monopolizan el contrabando nacional, los que compran todo lo se le roba a Pemex para venderlo en establecimientos oficiales a precios oficiales: la casta propietaria de ya casi todo.

Y si tiene duda de a qué sector pertenece, recuerde la ley contra el lavado de dinero, promulgada un olvidado 17 de octubre de 2012, con su entrada en vigor el 17 de julio del siguiente año, nueve meses después, nueve meses, plazo adecuado para que tomaran sus previsiones aquellos a los que afectaba, a los de agarrar.

Esa ley, lejos de poner en riesgo los negocios ilegales de la casta dueña del país, ni significar ningún límite al trasiego de los miles de millones que los delincuentes hacen a través de la banca extranjera rumbo a México, se diseñó como instrumento auxiliar de las autoridades fiscales para que el mexicano “simplex”, los que ponen, tenga más difícil evadir el pago de nada, lo que estaría bien si todos pagaran todo lo que les toca. Comprar una casa, una joya, un coche, a partir del 2013 y después de ciertos montos (nada espectaculares), automáticamente es clasificado como operación sospechosa (vulnerable, lo define esa ley) y notarios, vendedores, empleados bancarios, quedan obligados a ser informantes oficiosos de la autoridad, como cuando la Inquisición, país de delatores y perseguidos, el Gran Hermano hecho realidad.

De los palos y las mentiras podríamos hablar largo, no hace falta: sabido es. Vea lo de la CNTE, la feria de mentiras mutuas, de ambos lados… y palos a los de a pie, lo de siempre. Revise el resto de América Latina, vea lo que pasa hoy en Brasil o Venezuela.


Somos países hechos con sangre, saliva y tinta.

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