viernes, 23 de septiembre de 2016

8087. TAN FÁCIL Y TAN DIFÍCIL.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Tan fácil y tan difícil.
Magda se llamaba, todo tenía bonito, pero, inolvidables, su risa, sus ojazos verdes y su porte (Agustín Lara hubiera dicho que de sultana). Así era tía Magda, de lo mejorcito del lado paterno del berenjenal genealógico de su texto servidor, con un sólo defecto muy notorio: el marido, un tal Alejandro, grandote con cuerpo de sapo, cuello de sapo y cara de sapo, con una bocaza que le empezaba junto a las orejas, feo de dar agruras verlo. Dos virtudes tenía el señor, una, que la hizo fijarse en él: bailaba mejor que Gene Kelly; y la segunda, que la decidió a casarse: era rico como Creso, hijo, nieto y bisnieto de ricos, de esa clase de ricos que no se acaban su dinero ni haciendo estupideces. Tuvieron sólo una hija que por misericordia de Dios, salió a ella (es-pec-ta-cu-lar, la Magdita). Muchos años después de divorciada, contó la tía al del teclado, ya mayorcito, que se separó por las mismas dos razones: su sapo-marido sólo le servía para bailar y estaba convencido que ella tenía que ser feliz, muy feliz,  porque le daba cuanto dinero quisiera, “y el dinero, ¡tcht!, está bien, pero una, necesita algo más… hijito, que ya estás en edad de entender”. Pues sí (a lo mejor era rana el sapo, pensó este menda sin atreverse a decirlo, eran otros tiempos).

Ayer, releyendo el olvidado libro ‘Legitimidad y representación’ (editorial Grijalbo, colección Nuevo Norte), del brillantísimo gallego y en estas tierras casi desconocido Manuel Fraga Iribarne, político muy respetable a pesar de su franco franquismo (así de decente fue), en el que viene un discurso que pronunció en 1972, sobre la sociedad de consumo, se alborotó el confeti mental de este junta palabras, agravado por la lectura cotidiana de cuatro o cinco periódicos, sin mencionar las nueve o diez horas diarias de atención intermitente a los sitios de internet dedicados a la información del momento.

El desvarío del caso es porque la economía parece ser el principal afán de nuestros gobernantes (y los de no pocos países, por no decir todos), y que en torno a ella -en México-, hay satélites más o menos grandes, más o menos importantes, más o menos atendidos como van queriendo y pudiendo: la seguridad, la educación, la salud pública, la impartición de justicia, los derechos humanos, el combate a la corrupción y el polvo cósmico de  los asuntos políticamente correctos, que dicen los funcionarios públicos que les importan o les interesan, cuando sólo se incluyen en su discurso por estar de moda (por ejemplo: ayer se habló de hacer leyes federales sobre el uso de la bicicleta: sensacional).

La primacía de la economía entre los asuntos de la cosa pública cuenta con el aval de que la mayoría de las personas, pensando con sensatez, suponen que si crece el país, si produce más, si los precios son estables, si hay mayores inversiones, habrá más y mejor pagados empleos, disminución de la pobreza y la inequidad, optimización de los servicios públicos, mayor seguridad social y aunque no se vaya a volver rico todo mundo, todos viviremos mejor. Falso.

Con la pena pero, sí, es falso. Nunca ha producido el país más que ahora; nunca ha exportado más que ahora; nunca ha tenido mayor inversión extranjera; nunca hemos tenido tantos dólares en el tesoro nacional: las reservas del país en 1940, último año del sexenio de Lázaro Cárdenas, eran de 63 (sí: 63)  millones de dólares, mdd; en el último año de Salinas de Gortari -1994- teníamos seis mil mdd en el Banco de México; y ahora tenemos cerca de 180 mil mdd (esta es una historia de éxito, ¿no?, en escasos 76 años 2,857 veces más dólares); tampoco nunca hemos exportado más: 28 mil 400 mdd, en el sexto año del mismo Salinas de Gortari; y el año pasado: 188,436 mdd ¡663.5% más!)… y nunca hemos tenido tantos pobres, 55.3 millones, casi la mitad de la población (y de esos, están en la miseria 11.4 millones de personas). Algo anda mal… y no es que se deban repartir fajos de dinero por las calles, no es por ahí.

El gobierno informa sin mentir, sobre los avances de la economía y que devaluaciones de la moneda como las recientes, en tiempos no muy lejanos eran catástrofe, que caídas del precio del petróleo como las actuales, antes, hace no mucho, hubieran significado un desastre nacional. Sí es cierto. Tan cierto como que a pesar de eso, el país no va por camino andadero.

Imaginemos que nuestra economía fuera mucho más modesta pero que no hubiera un solo mexicano en pobreza. Imaginemos 119 millones de personas de clase media, todos bien alimentados, con adecuados servicios de educación y salud (el millón que falta para los 120 millones que somos, es porque siempre hay un pariente riquillo). Imaginemos eso. Imaginemos un país que produjera toda su comida… ¿en cuántos años, así, estaríamos con una macroeconomía igual y mejor que la actual?... (no sabe la respuesta el del teclado, pero sí sabe que en menos tiempo del que llevamos dando una en el clavo y un ciento en la herradura, fabricando comaladas de pobres y ofendidos).

No hay duda: tenemos funcionarios en finanzas públicas de alto nivel y capacidad; también campesinos, obreros y profesionistas, laboriosos y eficientes… entonces ¿por qué tenemos este crónico problema de pobreza, de falta de empleos y oportunidades; y las inmensas deficiencias de nuestra carísima estructura institucional?... ¡ah! es que el dolor de pies no se cura con gárgaras.

Bryan Stevenson, un famoso abogado de los EUA, activista en favor de los pobres y defensor de inocentes encarcelados (citado ayer por Carlos Puig en su columna ‘Duda razonable’ del ‘Milenio diario’), dice: “lo opuesto a la pobreza no es la riqueza; lo opuesto a la pobreza es la justicia”.

Este menda se ha llagado los dedos escribiéndolo (pero no hacen caso): el problema de México no es económico, es ético. No es de dinero el problema, es de decencia. Si el gobierno cumpliera lo único para lo que los tenemos (y a muy buen sueldo), eso que juran todos: cumplir y hacer cumplir la ley… tan fácil y tan difícil.

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