lunes, 26 de septiembre de 2016

8092. LA CATARSIS.

Reporte Z

Por Rafael Gomar Chávez.
Filósofo y periodista.
Desde Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

La Catarsis.

Quien quiere a su madre no puede ser malo.
Alfred de Musset (1810-1857)
Poeta francés.


Era de noche y me encontraba solo en la montaña. El viejo, el curandero, me había abandonado en medio de la nada. Estaba desesperado y tenía miedo, o mejor dicho estaba aterrorizado. Lloraba preguntándome qué iba a hacer cuando una voz conocida se escuchó a mi espalda: “Hola, hijo”. Era mi padre, o mejor dicho, el fantasma de mi padre: inmóvil como una estatua de piedra, su voz era como un trueno que estallaba en mis oídos, su mirada era como un cuchillo que me atravesaba, y sus palabras, como un golpe de mazo en mi cabeza.

“¿Qué haces aquí? ¿Otra vez estás llorando? ¿Cuándo vas a dejar de llorar como un cobarde? ¡Tienes que ser un hombre!”, una tras otra, las palabras de mi padre se repetían en mi cerebro, como un eco grave y constante. Enfurecido tomé la rama más grande y gruesa que pude encontrar entre la leña y con ella me lancé a golpes contra el fantasma de mi padre mientras le gritaba palabras terribles de resentimiento que no puedo recordar.

Al final sólo quedó un puño de escombros y un niño asustado. Ví a mi padre como era y me dí cuenta que era como yo: luchaba contra sus fantasmas como un niño, a palos y maldiciones. Sentí compasión por él y comprendí que al liberarme yo también él se  liberaba de alguna forma misteriosa.

Mi padre fue mi único apoyo, cuando mi madre nos abandonó siendo yo apenas un niño, él trató de ser padre y madre a la vez; nunca pudo superar el abandono de mi madre y su resentimiento me contagió y crecí odiando a mi madre y junto a un padre que nunca tuvo el valor de rehacer su vida. Eso lo hizo duro y frío, no recuerdo una caricia, una palabra amable, afectuosa de mi padre, pero al menos siempre estaba ahí, junto a mí, con su caparazón de indiferencia y frialdad. Abracé a mi niño-padre y juntos lloramos y nos perdonamos mutuamente.

Tenía hambre y sentía como mi estómago se retorcía de dolor, no había nada para comer, imaginé o vi un conejo noctámbulo, traté de matarlo a pedradas para comer su carne, no me importaría comerlo crudo, masticar sus entrañas y rasgar sus tejidos, traté de atraparlo con mis propias manos y me lancé sobre él, pero el conejo era hábil y escapó; mi necesidad de comer carne seguía creciendo. El deseo se intensificaba cada vez más, hurgué en la tierra para buscar lombrices pero todo fue inútil. El dolor me hizo vomitar varias veces. Terminé agotado.

De pronto, llegaron a mi mente las imágenes de hermosas mujeres con las que gocé de los placeres del sexo sucio y volví a sentir en mi carne el deseo de poseer aquellos cuerpos sensuales, esos cuerpos eran lo único real, y en ese momento me arrastré en la tierra dominado por el deseo. Sólo quedó una mujer, la más hermosa, hicimos el amor como salvajes, besé su cuerpo caliente y de sus labios bebí una miel dulce y amarga que me enloqueció, de pronto, cuando la mujer y yo nos revolcábamos en unidos en lo más íntimo de nuestros cuerpos, descubrí con horror, que era mi madre. Me aparté avergonzado y ví en el rostro de mi madre los rostros de todas las mujeres pasaron por mi vida sin dejar huella, como mi madre, las mujeres con las que había tenido relaciones sexuales no habían significado nada.

Ella también estaba vacía. Lo ví en sus ojos. No había encontrado el amor, seguía siendo una mujer solitaria y triste. Me miró profundamente y me abrazó, por primera vez en toda mi vida sentí que me amaba y que se arrepentía de haberme dejado. En posición fetal y en brazos de mi madre que quedé profundamente dormido mientras ella besaba mi frente, mi cabello con una ternura que nunca antes sentí. La luz del amanecer se asomaba en el horizonte.

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