lunes, 3 de octubre de 2016

8117. RELATO DE UN VIAJE.



Por Isabel M. Glez.
Articulista y escritora.
Desde Puerto Vallarta,
Jalisco. México. Para
Tenepal de CACCINI


19 NOVIEMBRE, 2015.

Hablar de un pueblo mágico, nos hace pensar que sólo son alucinaciones colectivas de personas con una enorme imaginación, yo así lo pensaba hasta hace unos días que fui a conocer uno de ellos, les relatare mi historia, esperando les sirva de experiencia para ir a conocer uno de estos maravillosos lugares.


Nací en la ciudad de Zamora Michoacán, pero al cumplir seis años, llegue a vivir a la ciudad de Puerto Vallarta, un lugar caracterizado por su forma de vivir, entre calles empedradas, sus techos de teja, y su mezcla de lo antiguo y lo novedoso, te hacen sentir en un hueco por donde el tiempo ha quedado estancado, y que te ayuda a conocer la magia de una ciudad hermosa.

Muchas veces había regresado a Zamora de visita, pero el transitar por sus calles solo traía a mi memoria recuerdos, que daba un toque nostálgico a ese momento. Ahora fue una visita diferente, todo comenzó desde que escuché tantas pláticas acerca de lo lindo que era Patzcuaro, para mí  algo normal.


Al día siguiente el reloj marcaba las diez en punto, yo que soy tan especial para los viajes, me subía a un camión colectivo que hacía paradas en varios pueblos de la región y no en centrales establecidas, sino en paradas en la calle. Al bajar, recordé lo que era Quiroga, un pequeño pueblo donde ves fábricas funcionando y vendiendo juguetes, bolsas, entre miles de cosas más, para mí eso no era algo para asombrarme, tenía recuerdos antiguos sobre el lugar, pero ahí comenzó la aventura.


A algunos pasos de la plaza principal, se encontraba la parada de autos que te llevaban a mi destino, en la compra de un boleto, tuvimos un trayecto por la sierra donde si vas de noche puedes llegar a encontrar entre los caminos de árboles a lobos o coyotes que pueden hacerte caer en pánico, sin embargo no me toco ver a alguno y finalmente, llegamos a la central de Patzcuaro, debo decir que aun ahí pensaba que era un lugar común y corriente.


Salir de la central como un simple viaje, no me hacía querer seguir, un dolor de cabeza me mataba y el no ver nada único me obligaba a repetirme una y otra vez, debe ser mejor regresar. Pero las llantas comenzaron a girar, y el camino comenzaba a parecer algo nuevo, las fachadas de todo pintadas de un color tinto y blanco, sus letreros con el mismo tipo de letra en colores negro y rojo provocaban en mí cierto grado de curiosidad.


Bajar del auto y ver una pequeña plaza rodeada de puestos vendiendo cráneos de calavera hechos de azúcar y decorados, me hizo darme cuenta que nosotros los mexicanos somos los únicos en tomar la muerte como un motivo de festejo, llevándome a sentirme orgullosa de nuestra cultura. Al subir al hotel y ver un aspecto distinto a un hotel como mayan palace o incluso holliday inn, me hizo sentirme indecisa sobre cuántas noches permanecer.


El servicio tan atento y amigable, la gente que te hace sentir en casa y como si se conocieran de años, te hace querer ser parte de esto, fue desde aquí donde todo se originó, “El hotel posada”, perteneciente a los abuelos de José María Morelos, dejó en mí una imagen de tranquilidad y cultura, más adelante explicaré la razón.


Una decisión repentina se tomó, ir a Janitzio, el reloj ya marcaba las 2 aproximadamente, y yo veía frente a mi docenas de lanchas con nombres como “titanic”, “eva”, “esmeralda”, por designio divino no trabajó el titánica, de lo contrario no sé qué habría pasado. Me subí a mi lancha esperando a que se juntara mas pasaje para salir rumbo a la isla, pero resultó que había otra que salía en unos minutos y con su pasaje más completo, como alma que lleva el diablo, salimos a la otra lancha e inició el viaje, hasta llegar a medio lago, donde la gasolina se agotó, era frustrante para mí ver cómo se movía la lancha de un lado a otro bruscamente a causa de la corriente del lago, hasta que se lleno el tanque nuevamente y seguimos, al llegar a la isla, comenzó el subir hasta la cima motivándome el conocer el monumento a Morelos, esos cielos que solo Figueroa podía encontrar, esas vistas maravillosas y ese ejercicio que no cualquiera lo soporta me llevo a conocerlo, pagué mi entrada y subí poco a poco, hasta que dije no puedo, mi vértigo a las alturas, y escaleras tan juntas y empinadas que no te dejan apoyar bien el pie hicieron que me rindiera antes de subir a la mano donde se encuentra el mirador, sin embargo aunque no conocí lo principal de esta estructura, encontré lo mágico que hay en su gente, en eso niños que antes de intentar venderte algo te elogian haciéndote sonreír.


Salir de regreso a Patzcuaro era el siguiente paso, así que dije adiós a esas luces que se encendían iluminando esa isla paradisíaca. Al llegar de regreso, pude ver algunos edificios viejos pero mi celular no tenía batería para tomar una fotografía, llegamos a un café y pedí un chocolate italiano, que fue lo más delicioso que he probado en mucho tiempo, ese sabor semi-amargo en cada sorbo, te hace sumergirte en un mundo antiguo que te relata historias de siglos atrás.


Ir al hotel para recargar batería y salir a tomar fotos que me recordaran mi paso por estas tierras fue algo que no podré olvidar, encontrar locaciones de películas como “Maria Candelaria”, “Maclovia”, “la vida inútil de pito Perez”, me hicieron volver atrás en el tiempo.


Una noche en ese hotel donde bajando las escaleras encuentras una casa vieja perteneciente a modelos, saber que ahí no todos son cuartos con baño incluido, sino que también hay con baños comunitarios que tienes que ir a la parte de atrás del hotel para encontrarlos y saber que cada habitación te cuenta una historia que data de tiempos antiguos te hace valorar aún más.

Pero aquí no termina todo, partimos al regreso a Zamora, pero a medio trayecto queda ese pueblo mágico llamado Tzinzunzan, pisé tierra Michoacán nuevamente, y entré a un lugar lleno de arboles y pasto, donde desde que das el primer paso sientes un clima diferente al que sientes en la calle, avanzaba poco a poco y veía a los grandes árboles que tenían resina azul que te llamaba la atención, eso no me importo demasiado, hasta que escuché que no era un lugar común, antes había sido un cementerio, y si fijas tu vista en diferentes partes podías ver lapidas en forma de capillas, lápidas que aún tenían sus placas, pero seguí mi camino, a mi nunca me había producido miedo entrar a un cementerio, entré finalmente a un edificio antiguo llamado “Convento de Santa Ana”, en Patzcuaro llegue a uno pero era algo normal, y este también. Algunas puertas gigantes de madera, pasillos enormes y techos arqueados, conocí lo que era una cocina antigua donde todavía no existían las estufas como tales y eran estructuras donde ponías carbón, eso era lindo y emocionante para mi, pero llegue al final de ese piso y subía escaleras, llegue hasta donde se dividía el camino en dos pasillos, uno a cada lado, pero esa imagen era como estar en película de terror, fue donde dije ya no, no sigo subiendo, pero parte del recorrido fue la obligación, debía continuar, con una emoción que subía desde la boca del estomago hasta mi pecho, un frío que no era parte del ambiente y me hacía sentir escalofríos, una necesidad grande por respirar, con respiraciones profundas di otros pasos y llegué a conocer un cuarto, donde dormían los monjes, al entrar y ver esta escena no podías encontrar tranquilidad, se sentía subir cada vez más ese frío congelante que te sacudía de tu realidad, los truenos anunciando la lluvia sumaba terror al panorama. Era hora de salir, tuve un poco de tranquilidad y llegue a una iglesia donde las imágenes de santos es algo cotidiano de ver, mis pasos eran pequeños, tenía miedo de entrar y ver algo espeluznante, y llegue a la famosa vitrina donde está el Cristo que crece, ver ahí esa cara tan grande en la vitrina y ver la expansión en la caja, fue impresionante.

Al salir del espacio rodeado de arboles, mi alrededor cambió totalmente, ahora todo era menos fresco, ya no se sentía el frío que me invadía antes, y al cruzar la calle, frente a mí podía ver las pirámides construidas hace muchos atrás, llamadas “yácatas”, construcciones impresionantes.

Es por estas razones que un viaje te puede hacer querer vivir de viaje permanentemente, sentir esos fríos al amanecer y anochecer, experiencias únicas que te hacen sentir adrenalina en niveles exorbitantes, naturaleza que te hace sentir una parte insignificante de este mundo, pero sobretodo vivencias que te llenan el alma de recuerdos y momentos que siempre recordarás.

Los invito a vivir un recorrido por Patzcuaro / Janitzio / Tzinzunzan, es algo maravilloso que todos deberíamos vivir. Yo solo puedo decir que este viaje ha cambiado totalmente mi percepción acerca de este estado, mi estado natal, Michoacán.

Isabel M. Glez.

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