lunes, 3 de octubre de 2016

8118. DEJAR DE MENTIR.

Por el Sr. López.
Periodista crítico.
Desde el Estado de
Chiapas. México. Para
Tenepal de CACCINI

LA FERIA

Dejar de mentir.
Un día como hoy, hace cinco años, decía este menda que la vida pública mexicana se compone de un batidillo en el que se revuelve de todo, desde costumbres religiosas hasta rituales políticos. El 12 de diciembre somos guadalupanos, el 6 de enero los Santos Reyes dominan la escena, el 3 de mayo la Santa Cruz (que el 4 es una santa cruda); el 2 de noviembre, el culto al hueso… y en el terreno secular, el 13 de septiembre honramos a los Niños Héroes; el 18 de marzo somos petroleros (ya podrían cancelarla, digo, por pudor); el 21 de marzo: juaristas; el poblano 5 de mayo sacamos el zacapoaxtla que llevamos dentro; el 16 de septiembre honramos a Hidalgo (el calvo de greñita atrás) y a Morelos (el de pañoleta); el 20 de noviembre festejamos en paquete a Madero, Villa, Zapata, Carranza y Obregón, celebrando sin darnos cuenta el nacimiento del PRI.

Tenemos también, día del cartero, del contador (¡háganme el favor!), del amor y la amistad, del bombero, de la madre, del padre, del locutor y del charro (sindicalistas, absténganse), del maestro (se repite lo del petróleo) y todos lo que se me olviden, incluido cada segundo viernes de octubre, el Huevo, porque, sí señor, tenemos Día del Huevo… ¡a güevo!

Ayer tocó turno a la conmemoración cuasi oficial del 48 aniversario del 2 de octubre de 1968, remate de esa falsa gesta que fue el “Movimiento Estudiantil”, batidillo de intereses políticos en el que los estudiantes pusieron el despelote, para beneficio de  los que estaban peleando por conseguir la presidencia: Luis Echeverría Álvarez y Emilio Martínez Manatou (secretarios de Gobernación y Presidencia).

Mole esperpéntico al que aportaron algunos ingredientes desde los EUA, para reventar un régimen creador de instituciones de educación pública que formaba una clase media ilustrada, pensante, tan peligrosa a la hora del expolio de un país (de ahí surgieron como hongos, “universidades” que ni el Club Quintito hubiera reconocido, y los post grados en los EUA, para troquelar el cerebro de la siguiente generación de gobernantes de México, cosa lograda con evidente éxito, hasta conseguir que seamos lo que ya somos, una “colonia autogobernada”).

Es cierto que ese carnaval estudiantil terminó en tragedia. Uno de los pocos líderes estudiantiles serios (si no el único), Luis González de Alba (fallecido este sábado 2 de octubre), escribió: “Otro mito es que hubo cientos o miles de muertos. Las dramáticas crónicas de Oriana Fallaci y otros periodistas y testigos crearon esta idea. Un reportaje de John Rodda del periódico británico ‘The Guardian’ dio la cifra de 325 muertos sin citar fuentes. El propio Rodda redujo posteriormente el número a 250. Un esfuerzo de los ex dirigentes del movimiento estudiantil por identificar a los muertos sólo encontró a 34 con nombre y apellido. Veinte de ellos están registrados en una lápida en la Plaza de las Tres Culturas. Quizá haya habido más, pero no habrían tenido parientes ni tampoco conocidos en el movimiento estudiantil. También hubo muertos y heridos entre los soldados”.

De esos soldados muertos no se ha dicho una palabra: entre nuestra clase política sin clase, es políticamente incorrecto. Es imperdonable y más imperdonable, que no se hable de los muertos que ahora está poniendo nuestro ejército en la absurda guerra contra el narco, ordenada por los EUA, aceptada bajunamente por Calderón y continuada por Peña Nieto. 

Del 2006 al 2012, murieron 362 militares; en la presente administración van 119 (Sedena, “Relación de personal fallecido en la aplicación de la campaña permanente contra el narcotráfico”), en total hasta ayer, 481 muertos, con nombre y apellidos; los heridos son centenares.

En lo que va de sexenio, nuestros militares han sido agredidos o emboscados en 1,240 ocasiones. De esto hay que hablar.

Hay que hablar de que los soldados que han violado la ley o los derechos humanos, han sido juzgados y condenados expeditamente por los tribunales militares; y que de los 15 delincuentes supuestamente ejecutados por soldados en Tlataya, según concluyó la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), sigue el juicio y no son pocos los indicios de que es calumnia, otra, que desacredita la última institución respetable que nos queda.

También hay que hablar de que las recomendaciones de la CNDH no son juicios y no pocas veces han resultado en pifias de las que no se habla, como no se habla de que nuestra CNDH es de la segunda más cara del mundo (1,466 millones de pesos en 2015), que se gasta el 70% en sueldos y el 30% en investigaciones, y emite recomendaciones sobre el uno por ciento, del total de solicitudes que recibe.

De esto hay que hablar: de funcionarios cobrando sueldos en oficinas con aire acondicionado y de soldados arriesgando realmente la vida.

Hay que hablar del infame regateo del gobierno federal y el Congreso para emitir una ley que haga legal la intervención del ejército en la lucha contra la delincuencia organizada. No les otorgan el amparo de la ley sabiendo que sin el ejército sería imparable la delincuencia organizada.

Hay que hablar de la pensión que reciben las viudas de los soldados muertos combatiendo por la seguridad de todos: 7,210.38 pesos mensuales, de acuerdo al Decreto 261 publicado el 7 de junio de 2013… ¡ah! y los gastos del sepelio. En tanto que en vida, los ministros de la Suprema Corte retirados, reciben una pensión vitalicia de 258 mil 679 pesos mensuales, más 130 mil pesos anuales de apoyo en gastos de alimentación.

De estas cosas hay que hablar.

Sin duda es una infamia que haya muerto gente en Tlatelolco, pero sin duda es mayor infamia que haya quienes hoy, 48 años después sigan lucrando con eso manchando a un ejército que no fue a matar muchachos ese 2 de octubre, que no hubiera quedado uno vivo.

¿Sabe qué?, ya va siendo hora de que se haga un monumento a los soldados caídos en esta guerra imbécil, que se declare un día nacional de luto por ellos. Y que no se olvide el 2 de octubre pero se empiece a dejar de mentir.

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