martes, 4 de octubre de 2016

8124. EL PERDÓN.

Reporte Z

Por Rafael Gomar Chávez.
Filósofo y periodista.
Desde Michoacán.
México. Para
Tenepal de CACCINI

El Perdón.

Inscribe los agravios en el polvo, las palabras de bien inscríbelas en el mármol.
Benjamin Franklin (1706-1790)
Estadista y científico estadounidense.


Desperté sintiéndome ligero, a mi lado estaba el viejo curandero. “Hice un té de hierbas”, me dijo como si nada hubiera pasado. La primera noche en la montaña y me deja solo, abandonado. Empezaba a sentir como el resentimiento me subía desde la parte baja de mi cuerpo, entonces miré al viejo que me sonreía pícaramente y se me bajó el coraje. “Nunca me fui. Las batallas que viviste fueron internas, todo sucedió en  tu mente, en tus emociones, en tu corazón. Ahora sólo falta que me dejes ayudarte. Tómate el té y luego come un poco de peyote. Necesitas recuperar energía”.

No dije nada. Estaba sorprendido. No podía creer que todo hubiera sido un sueño, todo parecía tena real. Creía que al menos partes de las cosas vividas la noche anterior eran un sueño, pero no. “Entonces, ¿estuviste todo el tiempo aquí. Todo fue un sueño?”, le pregunté al viejo. “Así es muchacho, aquí estuve, sí todo fue un sueño, pero no por eso es mentira. El mundo de los sueños es una dimensión tan real como la vida misma. ¿No dicen que la vida es sueño? ¿No has tenido sueños tan reales que al despertar no crees que lo soñado era la verdadera realidad?”.

Tomé el té y comencé a masticar unos granos de peyote que el viejo me dio. Me dijo que me acostara derechito, relajado y luego me preguntó: “¿Me das permiso de ayudarte a liberar tus emociones? Contesté que sí y el viejo comenzó. Después de un momento de concentración el viejo me dijo: “Hablaré directamente con tu subconsciente y trabajaré con tu energía. Tú sólo relájate. Cierra los ojos”.

Mientras masticaba el viejo comenzó a pasar sus manos a lo largo de mi cuerpo, sin tocarme, mientras hacía esto hacía preguntas a los órganos de mi cuerpo, al hacerlo dejaba sus dos manos suspendidas unos momentos en la zona correspondiente al órgano con el que hablaba.

Así estuvo durante un rato, pasando la palma de sus manos de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Parecía que cantaba y de vez en cuando miraba al cielo. Me sentía muy relajado, todo parecía transcurrir entre sueños, como la noche anterior. Al rato me quedé profundamente dormido.

Cuando desperté el viejo ya estaba preparado para continuar el camino. Con un gesto me apresuró y me levanté. “¿Cómo te sientes?”, me preguntó el viejo, “Muy bien”, le dije. “¿Qué fue lo que me hizo?, el viejo acomodó su sombrero y me dijo: “Yo sólo te ayudé a terminar de romper algunas cadenas que te ataban. Tú habías hecho la mayor parte del trabajo en la noche, así que sólo te ayude”.

“¿Cuáles cadenas?”, le pregunté, sin entender del todo. “Las cadenas del odio, del resentimiento, las cadenas que mantienen atados a la mayor parte de los hombres. Perdonar a tus progenitores te liberó de tus cadenas, pero no hemos terminado, hay otras cadenas qué romper”. El viejo parecía haberse metido en mis sueños, ¿Acaso hablaba mientras luchaba con mis fantasmas? ¿Cómo pudo saber el viejo lo que soñé?

El viejo comenzó a caminar mientras me decía: “Todo me lo dijo tu subconsciente, para él no hay secretos. Apenas empiezas a descubrirte interiormente.”

El viejo tenía razón, caminamos hombro con hombro durante mucho tiempo, por primera vez hablamos y de nuevo, todo comenzó a respirar, porque todo en el universo respira, vibra y siente.

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